juancorre

9.4.08

Pelos/Pelis


En el sillón de cortar o esperando en los sofás me lo paso pipa. Los cuatro pelos que me quedan me gusta llevarlos bien arreglados. No entiendo y me cabrea que, sin asomo de aparente recochineo, me pregunten qué corte quiero o, una vez, qué hacían con mi flequillo.

Me gustan los calvos, me dan morbo; es algo reciente, nada que ver con mi alopecia que comenzó siglos ha, entre exámenes y sesiones de filmoteca. Soy feliz así (bueno, para ser más exacto: mi infelicidad no deriva de mi poco pelo) y me molesta cuando mis tíos siguen preguntándome si me doy o me echo algún mejunje y, peor, sugieren que si va a más puedo tirar de peluquín. [Al principio me prepararon una mezcla de ortigas silvestres maceradas en alcohol, oído en la tele, y, por darles gusto, me lo eché. Perdí más pelo intentando quitarme el verdor extrañamente aceitoso que llegó hasta mis orejas que lo que (no) gané con el remedio casero]

Hace unos meses, de camino a casa, necesitaba un corte y elegí la primera peluquería que encontré por el barrio, regentada por un inmenso tangerino con cuerpo de boxeador y aficionado a los culebrones, al que tomé apego por su sonrisa y sus manazas tan atentas con mi poco pelo. Hablábamos poco, se alegraba al verme entrar. Un día desapareció y en su lugar, dándole al local una flamante decoración que incluía su título de coiffeur y un cartelón con los nuevos precios, estaba otro moro, más diligente y avispado.

No aguanté la espera, el nuevo cada vez me gustaba menos. De camino a casa, ya sin la rabieta del abandono del boxeador, me metí en otra, también marroquí. El aspecto era cutre, qué más me daba. Mohamed, el gordito que la atendía apenas hablaba español, lo justo para entenderse. Me costó acostumbrarme (soy un hombre de rutinas) pero ahora siempre voy allí. Es la típica coiffure árabe: pequeña, el apéndice de un escaparate sencillo de molduras rojas, y ocupada por dos sofás que apenas dejan espacio al movimiento. Me gustan los detalles: las fotos en el espejo, la tirita elástica en mi cuello, el esmero que ponen en el corte, un amigo perenne (fan de Zapatero) con el que hablé de móviles y trabajo…

Una tarde, en plena faena, se presentó una chica negra, sudamericana. Preguntó a Mohamed por alguien, a quien no lograba localizar, ni atendía sus llamadas. Mohamed dijo (más o menos, como cualquier frase en español) que hacía tiempo que no lo veía. La chica siguió hablando, como amigos de siempre. Cuando se fue, Mohamed me confesó que no la conocía, ni sabía de qué habían estado hablando.

Otro día llegaron un sudamericano y un moro, por separado. Hablamos de las recientes revueltas en el barrio, las que llenaron de humo mi corrala y destrozaron el barrio esa noche (y que casi normalizaron en minutos los servicios de limpieza, qué resueltos) Llamamos nazis a los que comenzaron la batalla, etc. De reojo, entre corte y corte, miraba el reflejo en el espejo del chico moro, guapo a rabiar. Al levantarme, era su turno, lo ví al completo, un príncipe bereber en Lavapiés, serio, vehemente, cautivador… Me despedí, en plan padre, diciéndole que no se metiera en líos, si con esos ojos no podía ser más que un bendito.

Hace poco me acomodé en los sillones junto dos señores más que obesos (apenas cabía en el hueco que me dejaban) En el sillón, sobre un altillo, se sentaba incómodo un adolescente en chándal. Los gordos (y yo) no quitaban ojo a los tijeretazos de un corte rabioso y espectacular: una especie de cresta asimétrica, a lo cola de caballo y con los laterales rapados. Cuando oí al chico hablarle al peluquero en español, me pregunté cómo cóño le había indicado su corte (al entrar, ya iniciado el proceso, pensé que todos eran marroquíes) Los señores asentían en silencio. Al acabar, el chico les preguntó si les parecía bien y dijeron que sí (yo también dije algo; me encantaba) y se pusieron los tres a hablar en otro idioma, supongo que hindi o de la zona (ahora que los tenía delante, no a mi lado, me parecieron hindúes o paquistaníes)

Yo, para mi desgracia, me hice lo de siempre: Uno a los lados y atrás. Tres arriba. Patillas finas.



PELIS:

Yo soy La Juani. (En grupo donde Paco). Un espanto, al igual que Dani Martín, que sale mucho en todo el metraje. Da igual, ningún actor salvaría tal chapuza. Buena banda sonora, en general.


Death Sentence. (Recomendada/grabada por Quique) Pasada de rosca pero muy entretenida por imprevisible y por su capacidad de provocar adrenalina a chorros. ¿Puedes divertirte cuando en la misma película se destroza una familia? Si, pero no. Kevin Bacon, estupendo, y cañón , en todos los sentidos, cuando se pone destroyer.

8.4.08

Little Amsterdam

Hace unos años, de camino a Philadelphia, recalé en Schiphol unas horas. Supongo que por mi aspecto, porque no había abierto la boca todavía, un chico (si, bien guapo) me preguntó en español (con acento portugués) si le podía hacer una foto. Claro. Y, lo mejor, me pidió una foto mía, con su propia cámara predigital. Posé, como mejor pude, entre el asombro y el rubor. Salí, como siempre en estos casos, disparado y unos milisegundos después, como casi siempre, renegando de mi poco arrojo y rapidez mental. La enésima vez que debería haberla cazado al vuelo… y me escapo.

Johan trabaja en KLM y como acababa esa noche (de hace dos semanas) poco después de la llegada de mi vuelo, quedamos en ir juntos a la casa de Nadia, mi host en Ámsterdam (que viajaba por Sudamérica). El tranvía, casi vacío, nos dejó en un barrio residencial de bloques grises de poca altura. En principio la casa de Nadia me pareció bonita, pero un tanto básica, desatendida. Después le ví la gracia y, por así decirlo, me cayó bien. [Una casa vacía. Es casi inevitable hacerse una idea de su dueño observando los objetos que contiene. Fotos de estudio de un adolescente negro, de su infancia... Comida, la mitad indescifrable, en la nevera. Decenas de ungüentos y productos de belleza en el baño, como muchas mujeres, a medio usar, desplazados por nuevos botes y reclamos. Etc. Lo miré todo sin tocarlo, de pasada, respetando la habitación cerrada de Nadia, tan negra como ¿su dueña?]

Por la mañana me acerqué al centro siguiendo la vía del 17. Dos hermanas mejicanas me preguntaron por la casa de Ana Frank; nos acercamos juntos. Seguían una especie de gincana cultural de dos semanas, espantadas de los precios europeos (y eso que no habían llegado a Madrid) Las dejé en la cola, no quería esperar. Me acerqué a la Dam, céntrica y rodeada de calles comerciales. De ahí a la estación central y el barrio rojo que, aunque lo sepas de antemano, impresiona ver tantas putas en los escaparates. Por el escenario, por lo extraño de estar a centímetros de una mujer desnuda, por la urgencia del paseo o no sé porqué, me parecieron irreales, maniquís sexuales sin gracia (claro, no me excitan las mujeres y, casi, ni los desnudos) Olía, toda la ciudad (otro tópico, pero cierto) a porro. Y, por seguir ahí, y según Johan: ¡todo el mundo tiene una bici!

El resto del viaje es lluvia y nieve. Un frío horrible, soportable, y el agua (sin caer a cántaros, pero siempre presente) que se colaba en mi poncho de plástico (odio los paraguas) y que abandoné por aburrimiento. Una pena, porque la ciudad debe lucir radiante y preciosa en días soleados, perfecta para pasear entre sus canales.

Por la noche, con mi mapa chorreando y borroso me acerqué al Prik (un bar gay más: muchos grupos de amigos y risas, lo de siempre). El Cuckoo's Nest era de otra calaña, más directo. Me senté sobre un taburete con una cerveza, posicionándome y observando el percal, poco apetecible. Respondí a la sonrisa de un chico que parecía un poco achispado. Mientras hablábamos, Ahmed (de Marrakech) rozaba su paquete con mi pierna y le propuse bajar a las cabinas. Nos entendimos, pero no rematamos, problemas logísticos. Después de otro malentendido volé hacia el de Barderij, muy recomendable. La barra en forma de u (mira que me gustan) era gobernada por una señora cincuentona, con ropa de su edad dorada. El público, de la quinta de la camarera (aunque salpicado de alguna pareja joven, mixta) charlaba con empeño, como en un bar de pueblo. Sonaba una especie de folclore holandés (supongo) como remate a una decoración sobria en madera, alterada sólo por unas lámparas de cristales blancos arracimados. O estaba borracho (que puede) o me pareció el bar más acogedor del universo. Y eso que lo observaba desde mi taburete, incapaz de pegar la hebra con nadie.

Me da pereza escribir más (tampoco la noche dio mucho de si).

Descubro, nunca es tarde, que Little Britain está hecha del humor que valoro y que disfruto. Me muero de risa con subtítulos.