juancorre

8.7.08

La Marsellesa


Marseille, Place Castellanes, 5 juillet 08


En el metro una chica dormida y con auriculares llevaba en su regazo Middlesex en polaco.

Ayer eché de menos la llamada de mi padre (siempre apocado al aparato y engañosamente más cercano y tierno) para felicitarme. Qué mierda.

Aún así, estoy bien, contento, disfrutando de la buena racha viajera (¡cómo me gustó Rusia!)
Marsella ha sido un pellizco de verano, de mar azul, sol, mástiles y flores. Saint Charles, diáfana y acogedora (con lo hoscas y temibles que son todas las estaciones), acaba en unas escaleras espectaculares desde las que se divisa la ciudad al completo y que hacen de puerta de entrada. El camino hasta la Canebière está plagado de cafés al estilo mediterraneo: todas las sillas se orientan hacia la calle, se observa al transeúnte entre sorbo y sorbo.

Cuando me releo me avergüenzan tanto (paréntesis), pero no puedo evitarlo.

La mezcla (de razas, etc) es evidente en Cours Julien, una plaza cercana a mi hotel llena de restaurantes y tiendas de instrumentos musicales. Los camareros colocaban los servicios de cristal multicolor, encendían las velas: una gozada. La cena, a la altura. Después, paseando oí el sonido de una cabina telefónica. ¿Por qué no atender la llamada? Así fue:

Yo: Alló
Ella: Alló
Yo: Ça va?
Ella: Ça va. Bien
Yo: Sorry, I don´t speak French.
Ella: Oh… Are you English?
Yo: Ehh… Yes! What´s your problem?
Ella: I don´t have problems. I want sex.

Y colgué. Luego, para variar, me arrepentí: debería haber seguido, no perdía nada. ¿Quién era, me había visto desde una ventana, lo hacía habitualmente al azar, le funcionaba alguna vez?

En mi calle decenas de parejas bailaban tango. De todas las edades, razas y aspecto (¡mezcla!) Y, la verdad, con pasión y estilo. Fascinado me senté en las escaleras de un teatro junto a más público y delante de un improvisado cartelón: “Rue du Tango”. A veces, con ceremonia y cortesía, alguien sacaba a bailar a algún cercano a mi. ¡Todo el mundo bailaba bien! Al alejarme, en otro grupo, un par de profesores lo intentaba con los que pasaban. Hice lo que pude ante la insistencia de una turista de Zaragoza, maja a rabiar, pero soy un pato en esto del baile.

El sábado me acerqué a la playa. Qué agua tan azul y limpia. Recorrí andando y descamisado los cinco kilómetros de la Corniche, donde está el banco más largo del mundo. En ciertas zonas rocosas, grupos pequeños disfrutaban del agua cristalina. Me gusta el verano y la playa, las vespas, las viseras, los bañadores, la piel morena, el color de la sandía (me aburre el sabor), la cerveza con limón, el mar. Crucé el puente de la Falsa Moneda, las fortalezas y llegué al Vieux Port, el punto de partida del desfile del Orgullo Gay, qué casualidad.

Seis carrozas caseras y ni una sola musculosa. Pero lo que en principio parecía un grupo de amigos acabó en una horda de laskards, familias, etc reivindicando miles de cosas (que no entendí)y con muchas ganas de fiesta. Bailamos lo más duro de Daft Punk (qué bien suena ahora) y el resto de hits bailongos, pinchados con mucho tino.

De noche, en el Mineshaft, conocí a Juan Marcos (eso me dijo), de abuelos andaluces y español titubeante. Tenía los ojos más tristes del mundo; pero todo era triste en un bar vacío, con toda la parafernalia leather en desuso (es decir: salas con slings vacías, una gran cruz de cuero, etc). En la barra, tres parroquianos tirábamos de cerveza. Una octavilla invitaba a una futura fiesta de cumpleaños del jefe (uno de los presentes, supongo) con champán…en familia. Un chico llegó con su mochila, subió raudo al piso superior y bajó en cuero negro integral. Con pesar rechacé los envites de Jean-Marc: “me gusta mucho hacer amor”.

9.4.08

Pelos/Pelis


En el sillón de cortar o esperando en los sofás me lo paso pipa. Los cuatro pelos que me quedan me gusta llevarlos bien arreglados. No entiendo y me cabrea que, sin asomo de aparente recochineo, me pregunten qué corte quiero o, una vez, qué hacían con mi flequillo.

Me gustan los calvos, me dan morbo; es algo reciente, nada que ver con mi alopecia que comenzó siglos ha, entre exámenes y sesiones de filmoteca. Soy feliz así (bueno, para ser más exacto: mi infelicidad no deriva de mi poco pelo) y me molesta cuando mis tíos siguen preguntándome si me doy o me echo algún mejunje y, peor, sugieren que si va a más puedo tirar de peluquín. [Al principio me prepararon una mezcla de ortigas silvestres maceradas en alcohol, oído en la tele, y, por darles gusto, me lo eché. Perdí más pelo intentando quitarme el verdor extrañamente aceitoso que llegó hasta mis orejas que lo que (no) gané con el remedio casero]

Hace unos meses, de camino a casa, necesitaba un corte y elegí la primera peluquería que encontré por el barrio, regentada por un inmenso tangerino con cuerpo de boxeador y aficionado a los culebrones, al que tomé apego por su sonrisa y sus manazas tan atentas con mi poco pelo. Hablábamos poco, se alegraba al verme entrar. Un día desapareció y en su lugar, dándole al local una flamante decoración que incluía su título de coiffeur y un cartelón con los nuevos precios, estaba otro moro, más diligente y avispado.

No aguanté la espera, el nuevo cada vez me gustaba menos. De camino a casa, ya sin la rabieta del abandono del boxeador, me metí en otra, también marroquí. El aspecto era cutre, qué más me daba. Mohamed, el gordito que la atendía apenas hablaba español, lo justo para entenderse. Me costó acostumbrarme (soy un hombre de rutinas) pero ahora siempre voy allí. Es la típica coiffure árabe: pequeña, el apéndice de un escaparate sencillo de molduras rojas, y ocupada por dos sofás que apenas dejan espacio al movimiento. Me gustan los detalles: las fotos en el espejo, la tirita elástica en mi cuello, el esmero que ponen en el corte, un amigo perenne (fan de Zapatero) con el que hablé de móviles y trabajo…

Una tarde, en plena faena, se presentó una chica negra, sudamericana. Preguntó a Mohamed por alguien, a quien no lograba localizar, ni atendía sus llamadas. Mohamed dijo (más o menos, como cualquier frase en español) que hacía tiempo que no lo veía. La chica siguió hablando, como amigos de siempre. Cuando se fue, Mohamed me confesó que no la conocía, ni sabía de qué habían estado hablando.

Otro día llegaron un sudamericano y un moro, por separado. Hablamos de las recientes revueltas en el barrio, las que llenaron de humo mi corrala y destrozaron el barrio esa noche (y que casi normalizaron en minutos los servicios de limpieza, qué resueltos) Llamamos nazis a los que comenzaron la batalla, etc. De reojo, entre corte y corte, miraba el reflejo en el espejo del chico moro, guapo a rabiar. Al levantarme, era su turno, lo ví al completo, un príncipe bereber en Lavapiés, serio, vehemente, cautivador… Me despedí, en plan padre, diciéndole que no se metiera en líos, si con esos ojos no podía ser más que un bendito.

Hace poco me acomodé en los sillones junto dos señores más que obesos (apenas cabía en el hueco que me dejaban) En el sillón, sobre un altillo, se sentaba incómodo un adolescente en chándal. Los gordos (y yo) no quitaban ojo a los tijeretazos de un corte rabioso y espectacular: una especie de cresta asimétrica, a lo cola de caballo y con los laterales rapados. Cuando oí al chico hablarle al peluquero en español, me pregunté cómo cóño le había indicado su corte (al entrar, ya iniciado el proceso, pensé que todos eran marroquíes) Los señores asentían en silencio. Al acabar, el chico les preguntó si les parecía bien y dijeron que sí (yo también dije algo; me encantaba) y se pusieron los tres a hablar en otro idioma, supongo que hindi o de la zona (ahora que los tenía delante, no a mi lado, me parecieron hindúes o paquistaníes)

Yo, para mi desgracia, me hice lo de siempre: Uno a los lados y atrás. Tres arriba. Patillas finas.



PELIS:

Yo soy La Juani. (En grupo donde Paco). Un espanto, al igual que Dani Martín, que sale mucho en todo el metraje. Da igual, ningún actor salvaría tal chapuza. Buena banda sonora, en general.


Death Sentence. (Recomendada/grabada por Quique) Pasada de rosca pero muy entretenida por imprevisible y por su capacidad de provocar adrenalina a chorros. ¿Puedes divertirte cuando en la misma película se destroza una familia? Si, pero no. Kevin Bacon, estupendo, y cañón , en todos los sentidos, cuando se pone destroyer.

8.4.08

Little Amsterdam

Hace unos años, de camino a Philadelphia, recalé en Schiphol unas horas. Supongo que por mi aspecto, porque no había abierto la boca todavía, un chico (si, bien guapo) me preguntó en español (con acento portugués) si le podía hacer una foto. Claro. Y, lo mejor, me pidió una foto mía, con su propia cámara predigital. Posé, como mejor pude, entre el asombro y el rubor. Salí, como siempre en estos casos, disparado y unos milisegundos después, como casi siempre, renegando de mi poco arrojo y rapidez mental. La enésima vez que debería haberla cazado al vuelo… y me escapo.

Johan trabaja en KLM y como acababa esa noche (de hace dos semanas) poco después de la llegada de mi vuelo, quedamos en ir juntos a la casa de Nadia, mi host en Ámsterdam (que viajaba por Sudamérica). El tranvía, casi vacío, nos dejó en un barrio residencial de bloques grises de poca altura. En principio la casa de Nadia me pareció bonita, pero un tanto básica, desatendida. Después le ví la gracia y, por así decirlo, me cayó bien. [Una casa vacía. Es casi inevitable hacerse una idea de su dueño observando los objetos que contiene. Fotos de estudio de un adolescente negro, de su infancia... Comida, la mitad indescifrable, en la nevera. Decenas de ungüentos y productos de belleza en el baño, como muchas mujeres, a medio usar, desplazados por nuevos botes y reclamos. Etc. Lo miré todo sin tocarlo, de pasada, respetando la habitación cerrada de Nadia, tan negra como ¿su dueña?]

Por la mañana me acerqué al centro siguiendo la vía del 17. Dos hermanas mejicanas me preguntaron por la casa de Ana Frank; nos acercamos juntos. Seguían una especie de gincana cultural de dos semanas, espantadas de los precios europeos (y eso que no habían llegado a Madrid) Las dejé en la cola, no quería esperar. Me acerqué a la Dam, céntrica y rodeada de calles comerciales. De ahí a la estación central y el barrio rojo que, aunque lo sepas de antemano, impresiona ver tantas putas en los escaparates. Por el escenario, por lo extraño de estar a centímetros de una mujer desnuda, por la urgencia del paseo o no sé porqué, me parecieron irreales, maniquís sexuales sin gracia (claro, no me excitan las mujeres y, casi, ni los desnudos) Olía, toda la ciudad (otro tópico, pero cierto) a porro. Y, por seguir ahí, y según Johan: ¡todo el mundo tiene una bici!

El resto del viaje es lluvia y nieve. Un frío horrible, soportable, y el agua (sin caer a cántaros, pero siempre presente) que se colaba en mi poncho de plástico (odio los paraguas) y que abandoné por aburrimiento. Una pena, porque la ciudad debe lucir radiante y preciosa en días soleados, perfecta para pasear entre sus canales.

Por la noche, con mi mapa chorreando y borroso me acerqué al Prik (un bar gay más: muchos grupos de amigos y risas, lo de siempre). El Cuckoo's Nest era de otra calaña, más directo. Me senté sobre un taburete con una cerveza, posicionándome y observando el percal, poco apetecible. Respondí a la sonrisa de un chico que parecía un poco achispado. Mientras hablábamos, Ahmed (de Marrakech) rozaba su paquete con mi pierna y le propuse bajar a las cabinas. Nos entendimos, pero no rematamos, problemas logísticos. Después de otro malentendido volé hacia el de Barderij, muy recomendable. La barra en forma de u (mira que me gustan) era gobernada por una señora cincuentona, con ropa de su edad dorada. El público, de la quinta de la camarera (aunque salpicado de alguna pareja joven, mixta) charlaba con empeño, como en un bar de pueblo. Sonaba una especie de folclore holandés (supongo) como remate a una decoración sobria en madera, alterada sólo por unas lámparas de cristales blancos arracimados. O estaba borracho (que puede) o me pareció el bar más acogedor del universo. Y eso que lo observaba desde mi taburete, incapaz de pegar la hebra con nadie.

Me da pereza escribir más (tampoco la noche dio mucho de si).

Descubro, nunca es tarde, que Little Britain está hecha del humor que valoro y que disfruto. Me muero de risa con subtítulos.

11.3.08

Edu

Cuando volví de Brujas, con un ojo dolorido por algo que se metió bajo la lentilla, encontré un mensaje de Edu, con planes para esa noche. El novio indonesio de Marc estaba muy bitchy con un paisano suyo de visita (“Ésa vive en el campo, cuidando vacas y atrapando mariposas”. Esa vivía en un barrio periférico de Bruselas) Con mis gafas y el ojo muy dañado apenas los veía, fibrosos y dinámicos, revoloteando a mi alrededor, como las mariposas que (no) cazaban.

Edu, tan solícito y atento como siempre, me llevó de cafés en una zona céntrica que no había visitado por mi cuenta. Nos tomamos una Chimay blue, sabrosa, densa y fuerte, una cerveza a saborear y disfrutar (hecha por los monjes del pueblo de Sebastien). Edu es un libro abierto. La primera impresión es extraña: parece frío y contenido, muy formal (su forma tan parisien de vestir…) Y lo es, pero también es amable, complaciente y disfruta como guía y se agradece mucho. Se empapa de los sitios donde vive y lo comparte gentilmente, con un entusiasmo comedido, en voz baja. Le encanta Bruselas: todo son ventajas, excepto que ¡todo el mundo está de paso y le da rabia esforzarse en una amistad con alguien que se va a ir, fijo!

Nos llevó, junto a cuatro hispanohablantes a un restaurante en plena Grand Place, de comida belga tradicional. Pedí una especie de guiso de carne asada en una salsa semidulce de frutas, con puré de verduras. Muy rico. El grupo me cayó bien, muy heterogéneo y a medio formar, divertido. Esperamos por una mesa en un bar [Goupil Le Fol: en écoutant de la bonne Chanson Française à texte, dans un décor abracadabrant] abarrotado de decoración: los pocos centímetros cuadrados libres de cuadros (muchos de la reina Fabiola) y adornos, estaban llenos de firmas y corazones de los clientes. Se oía canción francesa, Brel, Piaf, Barbara… Pedimos licores destilados de frutas, suaves y contundentes. A la una y pico, entre la sequedad del aire y que mi córnea seguía mal, volvió el dolor terrible a mi ojo derecho y tuve que escaparme a casa, frustrando mi pretensiones de cancaneo belga (otra vez será). Edu me acompañó y me indicó en un plano sitios a visitar el domingo (un mercadillo callejero, calles de tiendas y antigüedades, la tienda oficial de Tintin, chocolaterías)

Por la mañana, después de pasear mandé un mensaje a Edu, ilusionado por que viera su casa nueva. Me esperó en Botanique y compramos unas Chimay antes de llegar a su piso en obras, donde esperaban los obreros: sus suegros y un primo, creo, de Denis (su novio entomólogo, especializado en abejas y de ruta por Omán en su búsqueda). La casa, a la que se accede por un ascensor propio, tiene tres salones con chimenea consecutivos, una cocina con terraza y dos dormitorios. La luz de anteayer, difusa por una humedad pre-tormenta, iluminaba cada habitación a caricias, intentando quitar peso a lo precario de la obra y animando a los obreros a mimar las estancias, tal y como estaban haciéndolo. Desde el salón se avista una iglesia real (con tumbas de reyes, según Edu) inmensa, en tonos gris claro, que da a una plaza irregular. Comimos pizza turca y pasteles entre aperos y paredes recién enyesadas, de pie, intentando no agobiar a Edu en su labor de intérprete. A Edu sus suegro lo ven medio turco y lo parece en una foto de carnet que llevaba como marcador en su libro (es la persona con más pelo en la cabeza que conozco, es tan espeso que parece opaco y sólido) Brigitte, la suegra, me enseñó una foto de Denis postadolescente, clavado al padre, aunque ella se empeñó, muy orgullosa, en que se parecía más a ella. Acabamos hablando de belgas ilustres, de música… Le comenté que había visto hacía poco una actuación de Jane Birkin y me preguntó que si todavía seguía plana (tocando sus pechos) quizá celosa por haber sido el amor de su idolatrado Gainsbourg. Cuando le pregunté que si éste también era guapo (no, vease la foto) me dijo “¿Para qué? Dios no necesita ser guapo”. Me despedí, medio celoso de esta familia belga rural que adora a Edu, el novio de su hijo.

10.3.08

Sebastien


Hace cuatro años, en esas horas muertas estivales que tanto me gusta pasar en el pueblo, apareció de repente en la plaza un grupo numeroso de ciclistas, altos y rubios. Era la hora del café y la partida, únicos remedios contra la galbana. En eso estaríamos cuando, rojos de cansancio, varios ciclistas intentaron hacerse entender con Jesús, detrás de la barra. No recuerdo cómo pero acabé traduciendo las demandas del pelotón que me iba diciendo Sebastien, encantado de hablar en inglés con alguien. Charlamos de su viaje (una especie de ruta de Santa Teresa) y de la imagen que tenían de los españoles después de un atropello sin consecuencias, pero con malas maneras por parte del camionero, a uno de ellos. Saciaron hambre y sed ( Sebastien, absorto conmigo, apenas bebió agua) tomaron algunas fotos de las mesas de dominó y mus y se pusieron en camino. Me ofrecí a acompañarlos un rato con mi bici, pero a los dos kilómetros, harto de una rara y molesta lluvia, me volví, intentando memorizar el correo que Sebastien me ofreció a última hora. Me gustó, tenía algo en su porte y su sonrisa, algo franco y limpio, claro como sus ojos. Una especie de flechazo, supongo que ante casi cualquier persona ajena al pueblo que me sonriera. En el café, de vuelta, pedí un boli y apunté lo que pensé era su correo, harto difícil.

Logré contactar, no sin esfuerzo y probando a escribir variaciones de lo que había apuntado, hasta que Sebastien contestó. Me dijo que había sido una tarde muy especial, de las mejores del viaje, por mi conversación. La verdad es que me emocioné y no quise hacerme ilusiones (ni siquiera era mi tipo: tan joven y rubio) pero notaba cierta corriente entre los dos, mucho entusiasmo alimentado por triviales charlas al messenger durante meses (quería estudiar una ingeniería y después irse voluntario para Médecins Sans Frontières. Otra mañana me reprendió porque fui a trabajar sin haber dormido, de empalmada, etc) Me estaba creando una especie de amor virtual sin frutos, entre mi arrebato y mi secano sentimental prolongado, que acabó extinguiéndose por si mismo.

El viernes, casi saliendo del trabajo camino al aeropuerto, me acordé de Sebastien y le escribí con mi plan y mi móvil. Ya en casa de Marc (mi anfitrión de ebab) recibí un sms de Sebastien y quedamos esa noche en la Grand Place, después de varios mensajes cada vez más entusiastas por ambas partes. Ni siquiera estaba seguro de recordarlo, hacía tanto tiempo…Me esperaba, junto a su novia, bajo la bandera belga de la torre mayor. Parecía cambiado o distinto a lo que recordaba: ahora un pelo castaño imposible y alocado, cuerpo más hecho, los mismos ojos sonrientes y claros. Estudiaba en una ciudad al sur, cerca de su puebloy de Charleroi, pero estaba esos días visitando a su novia en Bruselas. Se marchaba al día siguiente (fue pura casualidad nuestro encuentro) Buscamos una estatua a la que si acaricias se cumple un deseo (en obras) el Manneken Pis (preguntamos y ¡nadie sabía dónde estaba!) y al final un bar donde había cientos de cervezas distintas. Éramos tres turistas en una ruta propia de turistas.

Sebastián es una especie de doncel, en todos los sentidos. Piel blanca y fina, labios gruesos, ojos verdes grandes, pelo castaño y libre, como ciertos retratos medievales. Su guapa novia también tiene pinta de princesa de cuento. Estuvo un año en un centro de acogida para niños, en Mejico y hablaba español con soltura. Nos sentamos los dos frente a ella en un banco, con una cerveza oscura y rica, servida en una botaza de cristal por la que había que pagar una fianza. Cierto: estábamos contentos de vernos de nuevo. Hablamos mucho. Después de medianoche, claro, tenían que irse porque salía el último tranvía al apartamento de ella.

Di un paseo a solas. Encontré un edificio con una luminaria impresionante, un rascacielos multicolor y juguetón, fascinante. Cerca de casa dos moros me pidieron un cigarrillo y uno de ellos se ofreció a dormir conmigo, en español. Estaba tan agotado que le dije que no con una sonrisa.


12.12.07

Pasillos

No pudo ser. Me entero ayer de que mi padre murió horas antes o después de Fred Chichin. O sea que viajó, suponiendo un cielo o un infierno, muy bien acompañado y no podrá resistirse al charme del francés genial (él, que era más de toros y pelota vasca)

Después de angustiosas y terribles horas de enfermedad y noticias sin esperanza por parte de los médicos (que no quiero recordar: sólo fueron tres semanas, el pobre) nos queda la tristeza, en mi madre más profunda y desolada. Los demás, mis hermanas y yo, seguimos con nuestras vidas de ajetreo y encuentros. Mi madre se despierta sola y le da tantas vueltas al asunto que, creo, resumen en la frase que dijo al levantarnos hace unos días, colofón de sus meditaciones y pesadillas: “Qué cosas…”, su impotencia y sobriedad castellana.

Leo a Kapuściński, por primera vez, un libro de sus viajes por la antigua URSS. Encantado con su visión de la vida y de la gente y con la forma en que las describe. Quiero ser como él y tener sus ojos polacos. Sus exposiciones son sobrias, pero líricas y poderosas, siempre humanas, siempre asequibles, amenas. En la que transcribo, se hace la descripción del frío intenso por parte de Tania, de casi diez años, a la que el autor conoce casualmente en las calles de Yakutsk, Siberia. Líneas antes se lee un diálogo entre ambos, deslumbrado aquel por la viveza e inteligencia de la niña. Y yo por la lectura del libro al completo.

[La imagen de los pasillos de a continuación supongo literal, no literaria. De ahí parte de su fuerza y fascinación. Es lo que le replicaTania cuando él se queja del frío del momento]

“Al gran frío, me explica, se lo reconoce por una niebla clara y luminosa que queda suspendida en el aire. Cuando la persona la atraviesa, en la niebla se forma un pasillo. El pasillo tiene la forma de la silueta de la persona que pasa. La persona pasa, pero el pasillo permanece, se queda inmóvil en la niebla. Un hombre grande y macizo forma un pasillo grande, y un niño, un pasillo pequeño. Tania forma un pasillo estrecho, porque es delgada, aunque, para su edad, es un pasillo alto, cosa comprensible, pues es la niña más alta de su clase. Gracias a estos pasillos, Tania sabe cada mañana si sus compañeras han salido ya para la escuela: todas conocen el aspecto de los pasillos de sus amigas y vecinas más próximas.

Cuando ve un pasillo ancho y bajo, de líneas claras y definidas, es señal de que ya ha pasado por allí Klavdia Matvéievna, la directora de la escuela.

Si por la mañana no se ve ningún pasillo que por su medida corresponda a la estatura de un alumno de primaria, eso significa que el frío es tan intenso que se han suspendido las clases y los niños se quedan en casa.

A veces se ve un pasillo que es muy desigual y que de pronto se corta en seco. Eso significa, Tania baja la voz, que ha pasado por allí un borracho, ha tropezado y se ha caído. Cuando el frío aprieta, muchos borrachos mueren por congelación. Entonces un pasillo así parece un callejón sin salida.”

20.11.07

Trenes y hospitales


A Isabel, guapa caboverdiana y antigua vecina de mis tíos, se le antojó un caramelo y rebuscó en su bolso. Encontró uno (supongo toffe, que me encantan) y antes de desenvolverlo se le cayó al suelo del vagón. Con fastidio se agachó a recogerlo y, en ese preciso momento, todo estalló alrededor y (ya no se acuerda bien) al terminar su indeseada reverencia, se encontró sorda y rodeada de muerte, sangre y terror.

Por el contrario, Paulita, hermana del casi octogenario Alejandro, eterno vecino de mis tíos, tuvo menos suerte. Con sólo tres meses dormitaba sobre un asiento [imagino en aquellos trenes de posguerra, con olor a ajo y sudor y de camisas abrochadas hasta arriba. De Truman Capote: "Hemos pasado algunas aventuras", le escribió a Cecil Beaton "de las que la más sorprendente ocurrió entre Granada y Algeciras, cuando de golpe toda la gente del tren empezó a gritar y a tirarse al suelo: ¡bandidos! Las balas silbaban. Lo que pasa es que no eran bandidos. Sólo eran unos españoles que habían perdido el tren y disparaban para que parase. A un hombre le dieron en la cabeza. Un país precioso"] cuando un brusco frenazo empujó a su tía, gorda de peso y sayas, sobre Paulita “reventándola por dentro”, que murió a los tres días del fatal viraje.

Ambas historias se dan en un tren, las dos hablan de vida y muerte y me las contaron en la misma sala; una de segunda mano (no la propia Isabel, aunque debe haber salido en televisión varias veces: lo “merece”) y la otra por Alejandro, que ya ni se acuerda de su hermanita, la que murió bajo un desafortunado culo inmenso.

Es más fácil, cómodo y tranquilo pensar en la vida que en la muerte, la propia y la de los demás. Al final, y lo sé, es un tópico, el que pierde es el que desaparece. Los demás sobrevivimos y los echamos de menos de vez en cuando, con intensidad variable, con melancolía y desesperación. Pero ahí vamos, encantados de ver nuestra cara, aún sin definir, al despertarnos cada día. Incluso volvemos a ilusionarnos con la propia vida, como parece natural, y a disfrutarla sin preguntarnos cómo.

Mi padre, con el que tengo más desencuentros que alegrías, está enfermo [Hay unas fotos preciosas, en blanco y negro y con superficie granulada, en las que me sostiene en brazos mientras acariciamos los animales de nuestro corral: vacas, cerdos…]. Me deprime que no sepa la gravedad (espero poca, seguro que estaremos pronto en casa toda la familia) y que sea medio feliz con nuestras visitas, que aparentan normalidad para espantar nuestro propio miedo. Su antiguo compañero, un divertido bocazas, tenía la enfermedad de los topillos, no sabe cómo ni cuándo. El nuevo no acaba de gustarme, tiene mala hostia. La tele va a monedas, un engaño manifiesto. La doctora que lo atiende, guapa a rabiar, es amable y servicial.