La Marsellesa
Marseille, Place Castellanes, 5 juillet 08
En el metro una chica dormida y con auriculares llevaba en su regazo Middlesex en polaco.
Ayer eché de menos la llamada de mi padre (siempre apocado al aparato y engañosamente más cercano y tierno) para felicitarme. Qué mierda.
Aún así, estoy bien, contento, disfrutando de la buena racha viajera (¡cómo me gustó Rusia!)
Marsella ha sido un pellizco de verano, de mar azul, sol, mástiles y flores. Saint Charles, diáfana y acogedora (con lo hoscas y temibles que son todas las estaciones), acaba en unas escaleras espectaculares desde las que se divisa la ciudad al completo y que hacen de puerta de entrada. El camino hasta la Canebière está plagado de cafés al estilo mediterraneo: todas las sillas se orientan hacia la calle, se observa al transeúnte entre sorbo y sorbo.
Cuando me releo me avergüenzan tanto (paréntesis), pero no puedo evitarlo.
La mezcla (de razas, etc) es evidente en Cours Julien, una plaza cercana a mi hotel llena de restaurantes y tiendas de instrumentos musicales. Los camareros colocaban los servicios de cristal multicolor, encendían las velas: una gozada. La cena, a la altura. Después, paseando oí el sonido de una cabina telefónica. ¿Por qué no atender la llamada? Así fue:
Yo: Alló
Ella: Alló
Yo: Ça va?
Ella: Ça va. Bien
Yo: Sorry, I don´t speak French.
Ella: Oh… Are you English?
Yo: Ehh… Yes! What´s your problem?
Ella: I don´t have problems. I want sex.
Y colgué. Luego, para variar, me arrepentí: debería haber seguido, no perdía nada. ¿Quién era, me había visto desde una ventana, lo hacía habitualmente al azar, le funcionaba alguna vez?
En mi calle decenas de parejas bailaban tango. De todas las edades, razas y aspecto (¡mezcla!) Y, la verdad, con pasión y estilo. Fascinado me senté en las escaleras de un teatro junto a más público y delante de un improvisado cartelón: “Rue du Tango”. A veces, con ceremonia y cortesía, alguien sacaba a bailar a algún cercano a mi. ¡Todo el mundo bailaba bien! Al alejarme, en otro grupo, un par de profesores lo intentaba con los que pasaban. Hice lo que pude ante la insistencia de una turista de Zaragoza, maja a rabiar, pero soy un pato en esto del baile.
El sábado me acerqué a la playa. Qué agua tan azul y limpia. Recorrí andando y descamisado los cinco kilómetros de la Corniche, donde está el banco más largo del mundo. En ciertas zonas rocosas, grupos pequeños disfrutaban del agua cristalina. Me gusta el verano y la playa, las vespas, las viseras, los bañadores, la piel morena, el color de la sandía (me aburre el sabor), la cerveza con limón, el mar. Crucé el puente de la Falsa Moneda, las fortalezas y llegué al Vieux Port, el punto de partida del desfile del Orgullo Gay, qué casualidad.
Seis carrozas caseras y ni una sola musculosa. Pero lo que en principio parecía un grupo de amigos acabó en una horda de laskards, familias, etc reivindicando miles de cosas (que no entendí)y con muchas ganas de fiesta. Bailamos lo más duro de Daft Punk (qué bien suena ahora) y el resto de hits bailongos, pinchados con mucho tino.
De noche, en el Mineshaft, conocí a Juan Marcos (eso me dijo), de abuelos andaluces y español titubeante. Tenía los ojos más tristes del mundo; pero todo era triste en un bar vacío, con toda la parafernalia leather en desuso (es decir: salas con slings vacías, una gran cruz de cuero, etc). En la barra, tres parroquianos tirábamos de cerveza. Una octavilla invitaba a una futura fiesta de cumpleaños del jefe (uno de los presentes, supongo) con champán…en familia. Un chico llegó con su mochila, subió raudo al piso superior y bajó en cuero negro integral. Con pesar rechacé los envites de Jean-Marc: “me gusta mucho hacer amor”.
Ayer eché de menos la llamada de mi padre (siempre apocado al aparato y engañosamente más cercano y tierno) para felicitarme. Qué mierda.
Aún así, estoy bien, contento, disfrutando de la buena racha viajera (¡cómo me gustó Rusia!)
Marsella ha sido un pellizco de verano, de mar azul, sol, mástiles y flores. Saint Charles, diáfana y acogedora (con lo hoscas y temibles que son todas las estaciones), acaba en unas escaleras espectaculares desde las que se divisa la ciudad al completo y que hacen de puerta de entrada. El camino hasta la Canebière está plagado de cafés al estilo mediterraneo: todas las sillas se orientan hacia la calle, se observa al transeúnte entre sorbo y sorbo.
Cuando me releo me avergüenzan tanto (paréntesis), pero no puedo evitarlo.
La mezcla (de razas, etc) es evidente en Cours Julien, una plaza cercana a mi hotel llena de restaurantes y tiendas de instrumentos musicales. Los camareros colocaban los servicios de cristal multicolor, encendían las velas: una gozada. La cena, a la altura. Después, paseando oí el sonido de una cabina telefónica. ¿Por qué no atender la llamada? Así fue:
Yo: Alló
Ella: Alló
Yo: Ça va?
Ella: Ça va. Bien
Yo: Sorry, I don´t speak French.
Ella: Oh… Are you English?
Yo: Ehh… Yes! What´s your problem?
Ella: I don´t have problems. I want sex.
Y colgué. Luego, para variar, me arrepentí: debería haber seguido, no perdía nada. ¿Quién era, me había visto desde una ventana, lo hacía habitualmente al azar, le funcionaba alguna vez?
En mi calle decenas de parejas bailaban tango. De todas las edades, razas y aspecto (¡mezcla!) Y, la verdad, con pasión y estilo. Fascinado me senté en las escaleras de un teatro junto a más público y delante de un improvisado cartelón: “Rue du Tango”. A veces, con ceremonia y cortesía, alguien sacaba a bailar a algún cercano a mi. ¡Todo el mundo bailaba bien! Al alejarme, en otro grupo, un par de profesores lo intentaba con los que pasaban. Hice lo que pude ante la insistencia de una turista de Zaragoza, maja a rabiar, pero soy un pato en esto del baile.
El sábado me acerqué a la playa. Qué agua tan azul y limpia. Recorrí andando y descamisado los cinco kilómetros de la Corniche, donde está el banco más largo del mundo. En ciertas zonas rocosas, grupos pequeños disfrutaban del agua cristalina. Me gusta el verano y la playa, las vespas, las viseras, los bañadores, la piel morena, el color de la sandía (me aburre el sabor), la cerveza con limón, el mar. Crucé el puente de la Falsa Moneda, las fortalezas y llegué al Vieux Port, el punto de partida del desfile del Orgullo Gay, qué casualidad.
Seis carrozas caseras y ni una sola musculosa. Pero lo que en principio parecía un grupo de amigos acabó en una horda de laskards, familias, etc reivindicando miles de cosas (que no entendí)y con muchas ganas de fiesta. Bailamos lo más duro de Daft Punk (qué bien suena ahora) y el resto de hits bailongos, pinchados con mucho tino.
De noche, en el Mineshaft, conocí a Juan Marcos (eso me dijo), de abuelos andaluces y español titubeante. Tenía los ojos más tristes del mundo; pero todo era triste en un bar vacío, con toda la parafernalia leather en desuso (es decir: salas con slings vacías, una gran cruz de cuero, etc). En la barra, tres parroquianos tirábamos de cerveza. Una octavilla invitaba a una futura fiesta de cumpleaños del jefe (uno de los presentes, supongo) con champán…en familia. Un chico llegó con su mochila, subió raudo al piso superior y bajó en cuero negro integral. Con pesar rechacé los envites de Jean-Marc: “me gusta mucho hacer amor”.






