juancorre

11.3.08

Edu

Cuando volví de Brujas, con un ojo dolorido por algo que se metió bajo la lentilla, encontré un mensaje de Edu, con planes para esa noche. El novio indonesio de Marc estaba muy bitchy con un paisano suyo de visita (“Ésa vive en el campo, cuidando vacas y atrapando mariposas”. Esa vivía en un barrio periférico de Bruselas) Con mis gafas y el ojo muy dañado apenas los veía, fibrosos y dinámicos, revoloteando a mi alrededor, como las mariposas que (no) cazaban.

Edu, tan solícito y atento como siempre, me llevó de cafés en una zona céntrica que no había visitado por mi cuenta. Nos tomamos una Chimay blue, sabrosa, densa y fuerte, una cerveza a saborear y disfrutar (hecha por los monjes del pueblo de Sebastien). Edu es un libro abierto. La primera impresión es extraña: parece frío y contenido, muy formal (su forma tan parisien de vestir…) Y lo es, pero también es amable, complaciente y disfruta como guía y se agradece mucho. Se empapa de los sitios donde vive y lo comparte gentilmente, con un entusiasmo comedido, en voz baja. Le encanta Bruselas: todo son ventajas, excepto que ¡todo el mundo está de paso y le da rabia esforzarse en una amistad con alguien que se va a ir, fijo!

Nos llevó, junto a cuatro hispanohablantes a un restaurante en plena Grand Place, de comida belga tradicional. Pedí una especie de guiso de carne asada en una salsa semidulce de frutas, con puré de verduras. Muy rico. El grupo me cayó bien, muy heterogéneo y a medio formar, divertido. Esperamos por una mesa en un bar [Goupil Le Fol: en écoutant de la bonne Chanson Française à texte, dans un décor abracadabrant] abarrotado de decoración: los pocos centímetros cuadrados libres de cuadros (muchos de la reina Fabiola) y adornos, estaban llenos de firmas y corazones de los clientes. Se oía canción francesa, Brel, Piaf, Barbara… Pedimos licores destilados de frutas, suaves y contundentes. A la una y pico, entre la sequedad del aire y que mi córnea seguía mal, volvió el dolor terrible a mi ojo derecho y tuve que escaparme a casa, frustrando mi pretensiones de cancaneo belga (otra vez será). Edu me acompañó y me indicó en un plano sitios a visitar el domingo (un mercadillo callejero, calles de tiendas y antigüedades, la tienda oficial de Tintin, chocolaterías)

Por la mañana, después de pasear mandé un mensaje a Edu, ilusionado por que viera su casa nueva. Me esperó en Botanique y compramos unas Chimay antes de llegar a su piso en obras, donde esperaban los obreros: sus suegros y un primo, creo, de Denis (su novio entomólogo, especializado en abejas y de ruta por Omán en su búsqueda). La casa, a la que se accede por un ascensor propio, tiene tres salones con chimenea consecutivos, una cocina con terraza y dos dormitorios. La luz de anteayer, difusa por una humedad pre-tormenta, iluminaba cada habitación a caricias, intentando quitar peso a lo precario de la obra y animando a los obreros a mimar las estancias, tal y como estaban haciéndolo. Desde el salón se avista una iglesia real (con tumbas de reyes, según Edu) inmensa, en tonos gris claro, que da a una plaza irregular. Comimos pizza turca y pasteles entre aperos y paredes recién enyesadas, de pie, intentando no agobiar a Edu en su labor de intérprete. A Edu sus suegro lo ven medio turco y lo parece en una foto de carnet que llevaba como marcador en su libro (es la persona con más pelo en la cabeza que conozco, es tan espeso que parece opaco y sólido) Brigitte, la suegra, me enseñó una foto de Denis postadolescente, clavado al padre, aunque ella se empeñó, muy orgullosa, en que se parecía más a ella. Acabamos hablando de belgas ilustres, de música… Le comenté que había visto hacía poco una actuación de Jane Birkin y me preguntó que si todavía seguía plana (tocando sus pechos) quizá celosa por haber sido el amor de su idolatrado Gainsbourg. Cuando le pregunté que si éste también era guapo (no, vease la foto) me dijo “¿Para qué? Dios no necesita ser guapo”. Me despedí, medio celoso de esta familia belga rural que adora a Edu, el novio de su hijo.

10.3.08

Sebastien


Hace cuatro años, en esas horas muertas estivales que tanto me gusta pasar en el pueblo, apareció de repente en la plaza un grupo numeroso de ciclistas, altos y rubios. Era la hora del café y la partida, únicos remedios contra la galbana. En eso estaríamos cuando, rojos de cansancio, varios ciclistas intentaron hacerse entender con Jesús, detrás de la barra. No recuerdo cómo pero acabé traduciendo las demandas del pelotón que me iba diciendo Sebastien, encantado de hablar en inglés con alguien. Charlamos de su viaje (una especie de ruta de Santa Teresa) y de la imagen que tenían de los españoles después de un atropello sin consecuencias, pero con malas maneras por parte del camionero, a uno de ellos. Saciaron hambre y sed ( Sebastien, absorto conmigo, apenas bebió agua) tomaron algunas fotos de las mesas de dominó y mus y se pusieron en camino. Me ofrecí a acompañarlos un rato con mi bici, pero a los dos kilómetros, harto de una rara y molesta lluvia, me volví, intentando memorizar el correo que Sebastien me ofreció a última hora. Me gustó, tenía algo en su porte y su sonrisa, algo franco y limpio, claro como sus ojos. Una especie de flechazo, supongo que ante casi cualquier persona ajena al pueblo que me sonriera. En el café, de vuelta, pedí un boli y apunté lo que pensé era su correo, harto difícil.

Logré contactar, no sin esfuerzo y probando a escribir variaciones de lo que había apuntado, hasta que Sebastien contestó. Me dijo que había sido una tarde muy especial, de las mejores del viaje, por mi conversación. La verdad es que me emocioné y no quise hacerme ilusiones (ni siquiera era mi tipo: tan joven y rubio) pero notaba cierta corriente entre los dos, mucho entusiasmo alimentado por triviales charlas al messenger durante meses (quería estudiar una ingeniería y después irse voluntario para Médecins Sans Frontières. Otra mañana me reprendió porque fui a trabajar sin haber dormido, de empalmada, etc) Me estaba creando una especie de amor virtual sin frutos, entre mi arrebato y mi secano sentimental prolongado, que acabó extinguiéndose por si mismo.

El viernes, casi saliendo del trabajo camino al aeropuerto, me acordé de Sebastien y le escribí con mi plan y mi móvil. Ya en casa de Marc (mi anfitrión de ebab) recibí un sms de Sebastien y quedamos esa noche en la Grand Place, después de varios mensajes cada vez más entusiastas por ambas partes. Ni siquiera estaba seguro de recordarlo, hacía tanto tiempo…Me esperaba, junto a su novia, bajo la bandera belga de la torre mayor. Parecía cambiado o distinto a lo que recordaba: ahora un pelo castaño imposible y alocado, cuerpo más hecho, los mismos ojos sonrientes y claros. Estudiaba en una ciudad al sur, cerca de su puebloy de Charleroi, pero estaba esos días visitando a su novia en Bruselas. Se marchaba al día siguiente (fue pura casualidad nuestro encuentro) Buscamos una estatua a la que si acaricias se cumple un deseo (en obras) el Manneken Pis (preguntamos y ¡nadie sabía dónde estaba!) y al final un bar donde había cientos de cervezas distintas. Éramos tres turistas en una ruta propia de turistas.

Sebastián es una especie de doncel, en todos los sentidos. Piel blanca y fina, labios gruesos, ojos verdes grandes, pelo castaño y libre, como ciertos retratos medievales. Su guapa novia también tiene pinta de princesa de cuento. Estuvo un año en un centro de acogida para niños, en Mejico y hablaba español con soltura. Nos sentamos los dos frente a ella en un banco, con una cerveza oscura y rica, servida en una botaza de cristal por la que había que pagar una fianza. Cierto: estábamos contentos de vernos de nuevo. Hablamos mucho. Después de medianoche, claro, tenían que irse porque salía el último tranvía al apartamento de ella.

Di un paseo a solas. Encontré un edificio con una luminaria impresionante, un rascacielos multicolor y juguetón, fascinante. Cerca de casa dos moros me pidieron un cigarrillo y uno de ellos se ofreció a dormir conmigo, en español. Estaba tan agotado que le dije que no con una sonrisa.