juancorre

27.6.07

Una buena aproximación a la felicidad

Hace tres días, siguiendo a un bombero semidesnudo encontramos la tumba de Lorca. Más o menos: alejándonos de Víznar nos cruzamos con un corredor de torso desnudo que nos dejó mudos, incluso a Paco que dice que es inmune. Sentados bajo los árboles lo vimos volver y desaparecer en una curva, así que tomamos el sendero hacia el centro de vigilancia y, en una hondonada, estaba el memorial en cruz del poeta, junto a unas minigradas. Entre las flores se veían mensajes sujetos con piedras. Si Lorca estaba cerca se echaría unas risas con la situación.

Primer año sin Mallorca, lo echaré de menos. Casi todos los veranos me escapaba unos días con Jorge, a su apartamento playero (lo ha vendido) Con Jorge todo es más fácil, esos días yo era feliz. No hacíamos nada especial, dejar que el tiempo pasara y tostarnos al sol, poco más.

Un día cualquiera. Desayuno en casa, zumo, frutas y café, alineados frente a la tele apagada. El día despierta y los hoteles cercanos siguen en silencio. Recogida de enseres playeros para ir al Mago. Recorremos los números gigantes del paseo de Calvià, en orden decreciente; cruzamos el campo de golf y el camino entre pinos hasta llegar a la cala, preciosa. Sin lentillas sólo distingo los cuerpos desnudos de cerca. Nos quejamos, día tras día, de los “textiles” por invadir territorio. Nado, es increíble. Bajo el sol hablamos, siempre de los mismos temas, qué más da. De vuelta, comemos en casa y me intento echar la siesta mientras Jorge ve el Tomate y demás.

Por la tarde bajamos a la piscina, hasta la cena. Después paseamos hasta Punta Ballena, encantados con los teenagers británicos, borrachos como cubas, en hordas, con sus minifaldas, sus Nike de velcro, sus cuerpos perfectos (efímeros: con cinco años más están barrigudos y abotargados) De vuelta a casa, agotados, comentamos nuestros desamores entre risas, incitados por tanta feromona.

Un día, siempre, toca excursión al norte (Deià, Soller, Valldemossa, La Calobra... ) y otro invito a cenar a Jorge en algún sitio fino (que los hay) Hay una visita obligada a José Luís, que cada día me carga más (no me creo sus fantasías y me incomoda hablar con alguien así, intangible)

Cuando llego siempre espera un queso Grimalt en la nevera, Jorge sabe que me encanta.

Lo mejor de esos días es que soy plenamente consciente de ser feliz; aunque parezca estúpido no es tan simple y no ocurre con frecuencia (nos damos cuenta a posteriori, en el recuerdo) Y, fijaos, con tan poco...

20.6.07

Everybody Is A Star


El tiempo vuela: hace mes y medio en Turquía, de copiloto en un coche alquilado con problemas en el cárter. Los turcos son guapos (la foto es en el Gran Bazar) y de buen carácter, de sonrisa fácil. Como buenos mediterráneos, te sablean a la primera de cambio, no con Israel cerca (yo habría pagado lo primero que me pidieran)

Yasin está mayor, mantiene ese aire lelo y sonriente: dice que tiene novia. Me informa del resto, Ali trabaja en un hotel cercano, etc, incómodo por el ceño, justificado, de Israel. Supongo que no volveré a Estambul, ya es suficiente.

Domingo noche, obligo a Israel a salir. Tek Yon, que significa “sentido unico”, es un pub perdido en Beyoglu al que vamos sin convicción, por tomar algo. No hay mucha gente, no está mal: bailes de espasmo adolescentes, niñatas, osos, gente mayor y variada. Desde un reservado oteamos cansados. Ahora soy yo el que me rajo (tengo la impresión de que los turcos no son para nosotros) y quiero dormir, pero Isra me dice que espere. Pega la hebra con dos veinteañeros; desde mi sitio parecen conversar y pasarlo bien. Me los presenta y tienen un inglés pésimo, peor que el nuestro: o sea que el diálogo que yo veía era un espejismo. Regla: sonreír siempre, aunque no te enteres de nada. La pista se va llenando: nos quedamos. No recuerdo el orden ni el momento del despegue... Alguien me mira y me pasa rozando. Está bien, pero no me decido. Otro, bajito, es más lanzado y nos besamos con ganas. Dice que le gusto mucho, qué majo, pero acabo apartándolo y le pregunta a Israel qué me pasa. De camino al baño me sonríe uno delgado y espectacular, muy guapo. Hablamos, con dificultad, repite: “you, me, hotel” Consulto con Israel que le echa un vistazo y me dice que me lance, pero no me decido, pensando en los problemas que tuve otras veces en esa ciudad, medroso. Sigue apoyado en una columna, con su chupa vaquera en los brazos y en camisa de rayas, sonriéndome. En los asientos, otro chico me dice que si quiero follar con su amigo. Digo que no y propone un plan alternativo para los cuatro, el Medusa. Muchas risas por la forma en que lo dice. Decido no marear la perdiz y no mirar a nadie más. Israel me presenta a unos libaneses divertidos y uno de ellos se me pone a bailar delante, qué bueno. Pues si, esa noche fui la estrella.

El resto del viaje más tranquilo. Cientos de fotos, ciudades perdidas y encontradas, costa y pescado fresco. Gallipoli, tumbas jóvenes y absurdas. Una de las siete maravillas enfangada, con patos criando entre los restos de columnas. Un embarcadero solitario frente al mar que cruzamos arrastrando un barquito con una cuerda...

Edurne, fronteriza con Bulgaria, me encantó. El patio de entrada a la mezquita principal, con arcos en rojo y blanco y la fuente para lavarse eran perfectos. Nos acercamos a Kirkpinar, el estadio donde se llevan a cabo las centenarias luchas en calzón de cuero y el cuerpo engrasado. Esa noche los gitanos celebrarían la llegada de la primavera con una hoguera y bailes a las cinco de la mañana. Nos fuimos, por no madrugar, a otra ciudad, no recuerdo el nombre, donde Israel jugó al billar con el Fran Perea turco mientras yo tenía una conversación, ¡en búlgaro!, con un señor sonriente, de ojos azules preciosos.

18.6.07

À Paris

. Les Halles, ayer, familia feliz

Viaje relámpago a París, esparciendo tristeza, desencanto y poco amor al ritmo de C'est Comme Ca. No acabo de levantar cabeza. Mi teoría: pensaba que podía vivir feliz sin amor (y/o sucedáneos) y la historia inexistente con Jose (que probablemente sea un capricho mío) me recuerda lo falto que ando del tema. Tanta célula madre y neurociencia y nadie investiga la forma de extirpar de nuestro cerebro la neurona (fijo que es sólo una) afectiva. Qué felicidad.

Llegué al Musée d’Orsay de casualidad, después de horas de pateo aleatorio y muerto de hambre. Buscando dónde comer me alejé de nuevo, de vuelta a Les Halles donde encontré un japonés abierto. Después me tumbé frente a Saint Eustache, tan gris como el fondo nuboso y como mi ánimo: mimetismo total. Sobre el césped familias felices, vagabundos y perros. Tarde para volver al museo me encontré con Le Depot, mítico local (“C'est le cruising-bar le plus grand d'Europe”) que Javi me había comentado hace poco. Entre desgana y curiosidad, escapando de la lluvia, me metí. Laberintos, cabinas, escaleras de caracol: para perderse. Se fue animando, yo también. Me lié con un chico rubio que se moría por mis piernas y pecho velludos. Me quedé otra hora, no tenía dónde ir y llovía. El sitio, igual que todos los de su estilo, tenía algo que no conocía: las razas. Había negros (muchos) moros, chinos, franceses y varios filipinos (o parecían) que me dieron un vuelco al corazón al pensar que eran niños en semejante antro.

El RER fue directo al aeropuerto, cruzando lluvias. La chica de facturación me enumeró líquidos prohibidos en perfecto español, con risas finales al llegar a maquillaje (igual pensó que realmente lo necesitaba). Una familia andaluza me sacó la sonrisa con los juegos estúpidos de un adolescente y sus hermanitas, intentando encestar bolas de papel, por puro aburrimiento. A veces me entretengo con una mosca volando. Al anunciar el embarque saqué mi tarjeta y un chico muy moreno, que llevaba un buen rato a mi lado, me enseñó la suya sin palabras. Lo arrastre hasta las monitores: su vuelo a Estocolmo había salido. Corriendo hasta un mostrador cercano de SAS, les pregunté qué se podía hacer y me aseguraron que harían algo por el chico, que no hablaba más que búlgaro. Para tranquilizarlo le dije “njama problem” pero se quedó perplejo. Me conmovió tal desvalimiento, pobre chico, dónde y cómo acabaría (eran las diez de la noche)

Espero acabar la semana mejor que la comienzo.



14.6.07

Plantas



Mientras organizo mi planta con un trozo de lana para que sus hojas se mantengan erguidas, llaman al timbre. Abro sin entender muy bien quién es. Viernes tarde. Javi y su nuevo novio francés, Juan. De paseo por Burdeos se cruzaron y hasta ahora, un mes después, viviendo juntos en una furgoneta. Dos espíritus libres vestidos de chándal, tal para cual.

Entre cervezas enfriadas aceleradamente, Javi me cuenta sus últimas andanzas. Es ingrato y difícil, sin oficio ni beneficio, pero me cae bien, pura química. Juan, de padres españoles, se aplica en escribir cinco postales a sus amigos franceses. Me fijo: comienza espaciando demasiado las frases para acabar apretándolas en el borde inferior, agotándolas. Apenas ha hablado: parece turco o rumano, el pelo rapado y un poco cascado: atractivo. Me parece verlo observando mis piernas en pantalón corto aunque también puede estar pensando qué escribir, abstraído. Mete las postales en sobres y pega los sellos.

Youtube: Les Rita Mitsouko. Juan se las sabe todas, es uno de sus grupos preferidos, está encantado, se anima. Después Indochine: nos traduce parte de las letras (¡Canary Bay es una historia de lesbianas!) Estamos a gusto y Juan resulta ser un tío inteligente, divertido y muy interesante. Han quedado y tienen que irse. Pero Juan da la espantada y dice que se queda conmigo. Yo no entiendo nada. Javi, digno e improvisando, le dice que se quede, que lo espera en Chueca. Al final se van juntos y quedamos en vernos después, sin asegurar nada. Qué gracia todo.

Una hora después me llaman porque Juan se ha dejado la visera en casa (supongo que adrede) y tenemos que quedar, fijo. Están en una casa y me propone vernos los dos en una esquina, para recoger la gorra de Juan. No puedo creerlo: celos. Yo me cabreo pero al final aparecen ambos, Javi y Juan, y nos vamos a la plaza a hacer botellón. Se une más gente conocida y lo pasamos bien, hasta las tres y pico.

Sabado: me despierto pronto y me decido por las exposiciones cercanas de Photoespaña. En el Círculo, Silvia Plachy, imágenes clásicas en blanco y negro, bonitas, humanas: le gusta la gente. En otra planta la alucinante muestra de Andrés Serrano, formalmente bella y nada escandalosa (o es que ya nos da igual todo). Me emociono con la serie Nomads: homeless en sus tronos. Delante de Heaven & Hell hay una chica explicándole el significado a su hija de unos ocho años. Me acerco y escucho (hablan de la Iglesia, el pecado...) Al terminar, me guiña un ojo y nos dice, a su hija y a mi, bueno, es lo que yo opino. Yo, para ayudar en plan cómplice, respondo que el arte es libre y que cada uno lo interpreta como quiere y nos sonreímos, con la niña observando desde abajo.

De camino a Telefónica me llama Álvaro: me he cruzado con él sin verlo. Se apunta, vía SMS, Fernando, de excursión por el centro. Zhang Huan y sus performances: está bien, pero estoy agotado y saturado de imágenes. Cañas en el Stop Madrid y comida familiar.

Tarde, de camino a casa, en la Gipsy Terrace, me encuentro a Dani y Moni (embarazada) con su niño, guapo e inquieto, Arantxa y Olivia, cada día más grande, y Nere y Dani. Me despido pronto para ducharme e ir al cumpleaños de María, donde hay gente a la que no veía hace tiempo. En taxi hasta la casa de Isra, en otro cumple más tranquilo, donde hay risas, encuentros, polivoyeurismo, teletaxis y charlas conceptuales de todos los niveles. Llueve.

Domingo tarde: limpio mi casa y quedo con Jose. Me gusta mucho y me quita el sueño durante tres noches, probablemente sin intención (no hay sexo, tiene novio...) Mierda de vida, se me pasará, pero estoy harto.