Una buena aproximación a la felicidad
Hace tres días, siguiendo a un bombero semidesnudo encontramos la tumba de Lorca. Más o menos: alejándonos de Víznar nos cruzamos con un corredor de torso desnudo que nos dejó mudos, incluso a Paco que dice que es inmune. Sentados bajo los árboles lo vimos volver y desaparecer en una curva, así que tomamos el sendero hacia el centro de vigilancia y, en una hondonada, estaba el memorial en cruz del poeta, junto a unas minigradas. Entre las flores se veían mensajes sujetos con piedras. Si Lorca estaba cerca se echaría unas risas con la situación.Primer año sin Mallorca, lo echaré de menos. Casi todos los veranos me escapaba unos días con Jorge, a su apartamento playero (lo ha vendido) Con Jorge todo es más fácil, esos días yo era feliz. No hacíamos nada especial, dejar que el tiempo pasara y tostarnos al sol, poco más.
Un día cualquiera. Desayuno en casa, zumo, frutas y café, alineados frente a la tele apagada. El día despierta y los hoteles cercanos siguen en silencio. Recogida de enseres playeros para ir al Mago. Recorremos los números gigantes del paseo de Calvià, en orden decreciente; cruzamos el campo de golf y el camino entre pinos hasta llegar a la cala, preciosa. Sin lentillas sólo distingo los cuerpos desnudos de cerca. Nos quejamos, día tras día, de los “textiles” por invadir territorio. Nado, es increíble. Bajo el sol hablamos, siempre de los mismos temas, qué más da. De vuelta, comemos en casa y me intento echar la siesta mientras Jorge ve el Tomate y demás.
Por la tarde bajamos a la piscina, hasta la cena. Después paseamos hasta Punta Ballena, encantados con los teenagers británicos, borrachos como cubas, en hordas, con sus minifaldas, sus Nike de velcro, sus cuerpos perfectos (efímeros: con cinco años más están barrigudos y abotargados) De vuelta a casa, agotados, comentamos nuestros desamores entre risas, incitados por tanta feromona.
Un día, siempre, toca excursión al norte (Deià, Soller, Valldemossa, La Calobra... ) y otro invito a cenar a Jorge en algún sitio fino (que los hay) Hay una visita obligada a José Luís, que cada día me carga más (no me creo sus fantasías y me incomoda hablar con alguien así, intangible)
Cuando llego siempre espera un queso Grimalt en la nevera, Jorge sabe que me encanta.
Lo mejor de esos días es que soy plenamente consciente de ser feliz; aunque parezca estúpido no es tan simple y no ocurre con frecuencia (nos damos cuenta a posteriori, en el recuerdo) Y, fijaos, con tan poco...


