Policía
Hace mucho, en los mismos años en que se tomaron las fotos que estuvimos viendo anoche con Paco, trabajé durante un verano en una heladería. Allí conocí a Antonio, brasileño, que era mi encargado e intentó ser mi amigo. Juntos nos desvivíamos por agradar al atractivo horchatero cada vez que hacía la visita semanal con los repuestos (se nos caía la baba al unísono, cómplices y en silencio) Me encantaba el helado de yogur; en los ratos libres (casi todos, porque nunca arrancó del todo el local) aburrido y solitario comía helado sin cesar, hasta casi aborrecerlo por hartazgo. En casa, cada tarde, refrescaba mis pies en un balde con agua y hielo, mientras veía “Matrimonio con hijos”. No mucho más: alguna visita accidentada de amigos y una vez que me robaron unos gitanos.De vez en cuando aparecía una china sonriente que me pedía por señas un vaso de leche caliente donde mojar un par de magdalenas que entresacaba de sus rosas y otros cachivaches que vendía. Me gustaban sus visitas, apenas hablábamos pero agradecía su sonrisa constante y sus gestos de saludo y despedida. Cuando compré mi piso, años después, me la encontré en la escalera ¡vivía allí! No podía creerlo, nos pusimos muy contentos. Estos años me he topado con ella muchas veces, en bares y en la corrala. A veces me ha regalado alguna rosa para levantar mi ánimo, bajo tras algún desaire nocturno, una vez un racimo de uvas que traía del mercado... Nunca supe su nombre porque ella apenas ha aprendido español en todos estos años; que yo sepa dice guapo, casa, bien, rosas. Tiene un punto loco en su expresión y mucho encanto. La perdimos de vista (Nere también se dio cuenta de que había desaparecido) hace algo más de un año.
Hasta el sábado: casi chocamos en un esquinazo de Cascorro y nos alegramos tanto que nos dimos más de un beso. Le pregunté dónde vivía y me señaló vagamente hacía un edificio cercano, diciendo “casa”. Nos miramos un poco y se despidió con otro beso y gritándome “guapo, guapo” que en este caso no sé si significa algo, pero se agradece igual. Supongo que vende mucho y parece feliz; eso espero.
El jueves, bajando del tren un policía me invitó a enseñarle el contenido de mi mochila. Entiendo la necesidad de estas cosas pero es desagradable y casi denigrante. En un pilar de cemento fueron vaciando mis cosas (un pan que ví en Málaga con muy buena pinta, un protector de labios diminuto que abrieron, mi neceser, ropa interior... poco más) y las de un chico negro (¿fue al azar?) mientras el resto de viajeros desfilaban viendo nuestras pertenencias y nuestras caras de espanto y cabreo. Supongo que es legal, pero deberían cuidar un poco las formas. En realidad me fastidia que me puedan confundir con un delincuente y por otra parte me encanta, de verdad. Llamé a Quique, en caliente, para ver si podía protestar o reclamar algo en la estación pero me convenció que era una batalla perdida, que lo olvidara.
Seguimos. El viernes después de salir del Barco, con varias cervezas encima, me puse a mear en una obra. Oí que alguien me gritaba “guarro, guarro” (igual con razón) y vi, al volverme, que eran dos policías desde un coche. Les pedí disculpas y nos pidieron nuestra documentación. Yo, que nunca la llevo encima, me veía en la comisaría, bien rodeado, pero, a lo tonto, fui retrocediendo y haciéndome el sueco mientras revisaban los dni´s de mis amigos. Y me libré, no se dieron cuenta: ahora sí llevo mi dni conmigo, no me vuelve a pasar.
El sábado me enamoré (de un chico con novio, mal plan) en un cumpleaños. Después de que un taxista me contara un viaje familiar a Córdoba me encontré con Paco en un bar donde pinchaba Agustín. El domingo voté tan dormido (espero que a IU) que necesité ayuda para encontrarme en las listas. Aún así entré en la sala y fui directo, claro, a la mesa donde estaba un chico muy guapo que no me encontró en su lista. Tuve que salir y revisar el listado para situarme. Votar en pleno Rastro tiene su gracia, incluso dormido.
Y para rematar me dejó colgado un ligue de hacía poco, que no me llamó y desconectó el teléfono, al menos las dos veces que lo intenté llamar. Cómo me afectan estas cosas, no sé si es normal o, como me dice Israel, debo racionalizar y valorar todo como lo es: sin importancia. Se me acaba pasando, pero me afecta mucho, no puedo evitarlo.



