juancorre

29.5.07

Policía

Hace mucho, en los mismos años en que se tomaron las fotos que estuvimos viendo anoche con Paco, trabajé durante un verano en una heladería. Allí conocí a Antonio, brasileño, que era mi encargado e intentó ser mi amigo. Juntos nos desvivíamos por agradar al atractivo horchatero cada vez que hacía la visita semanal con los repuestos (se nos caía la baba al unísono, cómplices y en silencio) Me encantaba el helado de yogur; en los ratos libres (casi todos, porque nunca arrancó del todo el local) aburrido y solitario comía helado sin cesar, hasta casi aborrecerlo por hartazgo. En casa, cada tarde, refrescaba mis pies en un balde con agua y hielo, mientras veía “Matrimonio con hijos”. No mucho más: alguna visita accidentada de amigos y una vez que me robaron unos gitanos.

De vez en cuando aparecía una china sonriente que me pedía por señas un vaso de leche caliente donde mojar un par de magdalenas que entresacaba de sus rosas y otros cachivaches que vendía. Me gustaban sus visitas, apenas hablábamos pero agradecía su sonrisa constante y sus gestos de saludo y despedida. Cuando compré mi piso, años después, me la encontré en la escalera ¡vivía allí! No podía creerlo, nos pusimos muy contentos. Estos años me he topado con ella muchas veces, en bares y en la corrala. A veces me ha regalado alguna rosa para levantar mi ánimo, bajo tras algún desaire nocturno, una vez un racimo de uvas que traía del mercado... Nunca supe su nombre porque ella apenas ha aprendido español en todos estos años; que yo sepa dice guapo, casa, bien, rosas. Tiene un punto loco en su expresión y mucho encanto. La perdimos de vista (Nere también se dio cuenta de que había desaparecido) hace algo más de un año.

Hasta el sábado: casi chocamos en un esquinazo de Cascorro y nos alegramos tanto que nos dimos más de un beso. Le pregunté dónde vivía y me señaló vagamente hacía un edificio cercano, diciendo “casa”. Nos miramos un poco y se despidió con otro beso y gritándome “guapo, guapo” que en este caso no sé si significa algo, pero se agradece igual. Supongo que vende mucho y parece feliz; eso espero.

El jueves, bajando del tren un policía me invitó a enseñarle el contenido de mi mochila. Entiendo la necesidad de estas cosas pero es desagradable y casi denigrante. En un pilar de cemento fueron vaciando mis cosas (un pan que ví en Málaga con muy buena pinta, un protector de labios diminuto que abrieron, mi neceser, ropa interior... poco más) y las de un chico negro (¿fue al azar?) mientras el resto de viajeros desfilaban viendo nuestras pertenencias y nuestras caras de espanto y cabreo. Supongo que es legal, pero deberían cuidar un poco las formas. En realidad me fastidia que me puedan confundir con un delincuente y por otra parte me encanta, de verdad. Llamé a Quique, en caliente, para ver si podía protestar o reclamar algo en la estación pero me convenció que era una batalla perdida, que lo olvidara.

Seguimos. El viernes después de salir del Barco, con varias cervezas encima, me puse a mear en una obra. Oí que alguien me gritaba “guarro, guarro” (igual con razón) y vi, al volverme, que eran dos policías desde un coche. Les pedí disculpas y nos pidieron nuestra documentación. Yo, que nunca la llevo encima, me veía en la comisaría, bien rodeado, pero, a lo tonto, fui retrocediendo y haciéndome el sueco mientras revisaban los dni´s de mis amigos. Y me libré, no se dieron cuenta: ahora sí llevo mi dni conmigo, no me vuelve a pasar.

El sábado me enamoré (de un chico con novio, mal plan) en un cumpleaños. Después de que un taxista me contara un viaje familiar a Córdoba me encontré con Paco en un bar donde pinchaba Agustín. El domingo voté tan dormido (espero que a IU) que necesité ayuda para encontrarme en las listas. Aún así entré en la sala y fui directo, claro, a la mesa donde estaba un chico muy guapo que no me encontró en su lista. Tuve que salir y revisar el listado para situarme. Votar en pleno Rastro tiene su gracia, incluso dormido.

Y para rematar me dejó colgado un ligue de hacía poco, que no me llamó y desconectó el teléfono, al menos las dos veces que lo intenté llamar. Cómo me afectan estas cosas, no sé si es normal o, como me dice Israel, debo racionalizar y valorar todo como lo es: sin importancia. Se me acaba pasando, pero me afecta mucho, no puedo evitarlo.

25.5.07

Semana de lluvias


No tengo nada especial que contar, a no ser que tire de viajes o de recuerdos, pero hoy paso.

Ayer, empapado, una señora, tan pija como sólo pueden ser por este barrio donde trabajo, me acogió bajo su paraguas en un semáforo camino a la piscina y me dijo señalando al suelo “Fíjate en las pompitas, estas lluvias van a ser largas”

En los vestuarios suelo coincidir con alguien, y no exagero, cuya espalda está curvada noventa grados. Más que su torso al completo es su columna, cuyo ángulo sobresale angustiosamente, como si de pequeño se hubiera tragado una escuadra. Hace unos días hablamos por primera vez y tiene unos ojos y una sonrisa preciosos, más impresionantes que su espalda.

Cada mañana me cruzo con un transexual que pasea dos perritos de lanas y que, en la misma posición día a día, charla con la quiosquera del barrio. La chica, ya señora, me suena de algún programa televisivo de hace siglos, de aquellos en los que el público intervenía y se indignaba, al estilo Manuela Trasobares. A veces pienso que me mira (con interés) al pasar; igual me lo invento.

En Málaga, hace tres días, pregunté en una cafetería qué podía desayunar. “Pues pitufo, viena, mollete” “No sé qué es ninguno de los tres” “Pues... ¡pan!” Vamos, que no hay que salir fuera para no entender un idioma.

Álvaro (y me da apuro porque sé que lee esto) es un regalo de los dioses. Los que lo conocemos y disfrutamos debemos ser buenos porque ahí esta él, como premio a nuestras buenas obras. El miércoles, mientras lo esperaba a las puertas del Stop, me escandalicé un poco del anacronismo marica de Chueca. Hablo de formas y estética, que el resto, obviamente, me da igual. Adolescentes atemporales, hablando con la misma afectación y pluma que se estilaban hace quince años, qué pereza. Ropa de marcas visibles pero de estilo mercadillo, miradas de reojo y taconeos varios. Igual es que hacía mucho que no iba, pura falta de costumbre. Nos escapamos al turco de los chaperos, que siempre tiene algo que ver: fauna de todo tipo, lo que me tira siempre. Después al Niké, un sitio popular en los sentidos bueno y malo de la palabra. Estaba Jorge Andrés, que sigue igual que siempre, física y circunstancialmente, con un amigo. Después de la última caña en Los Guarros (no se llama así, pero nunca recuerdo el nombre) nos fuimos a casa, yo vía Montera, plagada de putas del Este, clientes y demás peligros.

Duermo bien y sigo comprando billetes de avión. Me escapo a Munich en agosto, en busca de la retrospectiva de Gilbert & George que me perdí en la Tate de Londres [ Hace mucho, en Mikonos, vi una octavilla anunciando una exposición suya en Atenas. Recuerdo haber andado kilómetros por una especie de carretera urbana inacabable hasta llegar a una escuela de arte, agotado y cubierto de humo de camiones, donde habían habilitado varias salas inmensas para la muestra]

Siempre se habla de los efectos saludables de la risa, probablemente ciertos. Quizá lo realmente sano son esas situaciones y escenas que te hacen sonreír, menos numerosas, pero implican siempre bastante ternura, un lujo, y mucha empatía. Y, bueno, la carcajada es muchas veces puro teatro y sinsentido. A sonreir.

21.5.07

Infiernos


El infierno ni son los demás ni las fantasías lúdico-tenebrosas del Bosco. El infierno se llama metro en horas punta. Esta mañana, haciendo trasbordo en Alonso Martínez se había formado un tapón que avanzaba, a duras penas, como el vino en una servilleta de papel. Ambas escaleras, de bajada y de subida, estaban estropeadas y los usuarios nos las apañábamos para dar pasos de ameba rodeados de sudor, maletas y caras largas y hastiadas. En la cafetería de la esquina (¿quién quiere tomar café bajo tierra?) un bidón-papelera remataba la jugada e invitaba a la revuelta general y a derribarlo a patadas. En el andén, despejado, dos grabaciones simultáneas (una de los monitores y la otra de quién sabe dónde) atronaban y daban el golpe de gracia a los que hubieran superado las escaleras sin desquiciarse. Me gusta el metro pero, como todo relación amorosa, tiene momentos de alta exigencia en los que, como no puedo plantearme el abandono, me resigno a avanzar con la cabeza alta. Es el sitio perfecto para observadores continuos, una caja de sorpresas que, en horas menos concurridas, se puede disfrutar a conciencia.

Intentar dormir me quita el sueño, incluso después de probar varios remedios juntos: dormidina, vaso de leche caliente, rooibos, chocolate (éste por puro deleite) y no sé qué hacer. No hay nada grave que me preocupe, no lo entiendo. Lo peor de todo es que se acaba convirtiendo en costumbre y asocio mi casa madrileña al insomnio (en Turquía dormía más de nueve horas). Qué cruz, otro infierno.

El viernes, después de ver Zodiac, fuimos al Frontón. A las 2, después de casi tres horas de película (en general, no está mal) y sin apenas dormir me sorprendí a mi mismo con una sobredosis de energía y unas ganas tremendas de salir y tomar unas cervezas (Paco pensó en euforia sexual: esta vez no) El Frontón bulle y sorprende día a día, se está tan bien en sus sillones de escai, charlando y observando la fauna. Recemos por que nunca se malee un sitio tan libre y perfecto (y tan cerca de casa). Al salir, el portero llamó a un tal Luís (español y castizo) para que echara a un chico problemático y lo dejamos intentándolo mientras le gritaba en inglés perfecto y usando expresiones que nos dejaron boquiabierto (For God´s sake!) El sitio no tiene desperdicio. Fernando me prestó su móvil para llamar a Dani y seguir la fiesta, esta vez a la Escalera, otro referente del barrio. Llegué a las 5 a casa ¡y no me dormí durante horas!

Ayer me encontré a Javi, un ex de otro Javi y que cada día me cae mejor, y me comentó que me había visto en un perfil de bakala, en una foto en la que yo estaba tumbado en un sofá, en una especie de fiesta. No tengo ni idea de quién puedes ser el perfil y Javi no prestó atención, aunque estaba seguro de que era yo. Creo que ya lo he comentado, pero me encantaría hacer una (inmensa, supongo) colección de fotos en las que salgo de fondo

16.5.07

¿Vuelvo?



Tres días en mi pueblo, con un aire frío y desapacible, siguiendo con mi tumbona los pasos del sol que, justo cuando preparaba mi mochila de vuelta, se dejó ver, desafiante y nuevo.

Después de más de veinte años releo Cien Años de Soledad y entiendo mi fascinación adolescente. En realidad me sorprende y enorgullece que siga gustándome después de tanto tiempo, como si siguiera siendo el mismo chico de flequillo moreno, fan de los Smiths y vista de lince.

Como un homenaje a las palabras (en si mismas: renuncio definitivamente a colocarlas con gracia) retomo el diario. Apelo también al supuesto efecto benéfico de los diarios escritos, que yo asocié al shiatsu en el año pasado, cuando era más feliz que ahora. No es que sea infeliz, pero no estoy contento y (lo que es casi peor porque me conozco o conozco mis causas y efectos) me siento raro. No debería quejarme, pero lo hago porque quiero: de perdidos al río.

Mientras no escribía aquí, estuve fuera tres veces y pasé por situaciones que debería haber apuntado, en reciente: la mayoría son buenas y son el color sobre la apatía, el desánimo y demás grisuras, cuando hago balances equivocados (o no) de mi pasado. A veces me cuestiono la necesidad de recordarlo (“somos lo que recordamos, etc”) pero me dan rabia los momentos en blanco que los demás recuerdan y yo no y, como escribí anteriormente, quiero que esto me sirva de guía, si no aparece un virus apocalíptico y destructor de blogs y correos electrónicos y me deja definitivamente en gris o, peor, como las teles de las películas: necesitando golpetazos que estabilicen la pantalla. Cómo me quejo y enrollo, sólo para decir que soy incapaz de concentrarme.

El sábado por la noche tuve una cena con mi panda juvenil (veintitantos años) del pueblo. Algunos de ellos me aprecian y cuentan conmigo (a saber por qué, les doy poco a cambio: no sé qué contarles, soy de los que necesitan un rodaje previo) Bebimos, fumamos porros y recopilamos, unas sobre otras, muchas y variadas, expresiones que usamos allí y que alguna vez, pocas, me salen de forma espontánea en esta capital globalizada. Claro que, en ese estado, a nadie se le ocurrió tomar nota y hacer un listado; tendría mucha gracia. Más tarde, más colgados, todo derivó hacia el sexo, para variar. Cómo le gusta a los heteros hablar de pre, post y pseudos experiencias y cómo se tocan el paquete mientras lo hacen. La verdad es que era todo más inocente de lo que sonaba: la conversación acabó tal como empezó, sin más. Mari que, lo aseguro, aguantaba el tipo entre tanta testosterona locuaz, me contó una historia muy macondiana. En su pueblo, a treinta kilómetros del mío, han aparecido del cielo (creo que vía internet) una pareja madura de gays, que han reabierto una panadería olvidada. Uno catalán y otro italiano, separados y con hijos, animan las tardes aburridas de la sobria meseta castellana. Son alegres, parlanchines, con detalles (regalaron rosas el día del libro) y “tienen revolucionadas a todas las mujeres del pueblo”

Tengo que escribir más aquí , seguro que me sienta bien.