Noches
¿Qué hacer en los malos momentos? Dejarlos pasar, siempre acaban llegando los buenos. A veces comento con Marta lo aleatorio o químico de esos estados pero mi parte empírica se obceca en buscar causas y efectos.El viernes estaba huraño (que no es malo ni bueno). Improvisé una cena, donde lo mejor era el vino, para Álvaro e Israel. La verdad es que ninguno de los tres estaba muy dicharachero, ellos por cansancio, yo quién sabe por qué (aunque lo imaginaba) Paco, que está en el Chicote, me anima a acercarme, quiere que conozca a Teresa (que me había firmado y dedicado, a través de él, su precioso disco) Y yo, fan de toda la vida, me muero de nervios ante el encuentro, les pregunto varias veces si voy bien (plantado). Teresa, pequeña y pizpireta, me comenta que le habían hablado de mi y me apaño, más o menos bien, con un amago de conversación hasta que me escapo a por una copa y un vaso de agua para ella. De vuelta le confieso mis nervios y nos echamos unas risas. Ella acaba de conseguir un autógrafo de Concha Velasco y está tan feliz como yo con el suyo. Hablamos de narices y de operaciones, de un concierto suyo hace siglos en los que alguien se desmayó delante nuestro, de comidas y restaurantes, de tacones... Dice que tengo un punto Ibón (Paco me lo había dicho hace mucho) y que puede ser porque ambos somos cáncer. Quedamos en acompañarla a casa si no consigue un taxi en breve, se muere si tiene que volver andando (¡como en Llévame a dormir!) Me gustó, es rica, traviesa y abrazable.
En El Frontón apuramos la última cerveza, sin Pan, que estaba agotado. Es un bar que disfrutamos, siempre estamos de acuerdo en acabar allí de camino a casa. Me gusta que sea medio canalla y que no vaya de nada: moros, macarras, putas (no siempre) chicas con pelos cardados, algún gay despistado (o no: nosotros) camareros genuinos y música ecléctica, inspirada a ratos. Un bar cutre con mucho encanto donde la gente, si pides fuego, te enciende el cigarrillo en lugar de darte el mechero. Paco había dormido dos horas, admiro su aguante y su cara siempre fresca (habló de una crema casi milagrosa) y su buena disposición a la vida social. Arrellanados en los sofás nos dieron las tantas hablando de música, “bragas buenas a precio de malas” (se lo oí a un gitano voceando en el Rastro) un poco de despelleje sano y frivolidades varias: lo normal.
Desde la habitación de mi padre en el hospital hay unas vistas de Madrid alucinantes. Está bien, mejorando (no es nada grave) y sin tele, que es lo más extraño.
El sábado noche, al contrario, me sentía contento y sociable. Israel identifica todos mis estados de ánimo. Es más observador que yo, que no me entero de situaciones ni aunque me las estén gritando (y él ha sufrido mi autismo). En el Oui, bastante animado, recogemos al grupo que viene encantado de ver al Perro del Mar. Sandra tiene un maquillaje que con la luz negra le hace la cara de payaso, se le notan todos los brochazos. Pienso que igual es lo último en tendencias y no digo nada hasta que hablando veo que todos pensamos lo mismo y estamos, más divertidos que horrorizados, sin atrevernos a decírselo a ella. Fue genial, ella parlanchina y sin dejar de bromear y moverse y nosotros alucinados con su casual e inesperado maquillaje. Al parecer al darse cuenta buscaron una zona donde no hubiera ese efecto pero fue imposible. Acabamos, casi todos, en el Parabellum, que me encantó: buena música (no es tan fácil en Madrid) y chicos muy guapos (y heteros) un poco drogados, con ganas de fiesta.

