juancorre

15.1.07

Noches

¿Qué hacer en los malos momentos? Dejarlos pasar, siempre acaban llegando los buenos. A veces comento con Marta lo aleatorio o químico de esos estados pero mi parte empírica se obceca en buscar causas y efectos.

El viernes estaba huraño (que no es malo ni bueno). Improvisé una cena, donde lo mejor era el vino, para Álvaro e Israel. La verdad es que ninguno de los tres estaba muy dicharachero, ellos por cansancio, yo quién sabe por qué (aunque lo imaginaba) Paco, que está en el Chicote, me anima a acercarme, quiere que conozca a Teresa (que me había firmado y dedicado, a través de él, su precioso disco) Y yo, fan de toda la vida, me muero de nervios ante el encuentro, les pregunto varias veces si voy bien (plantado). Teresa, pequeña y pizpireta, me comenta que le habían hablado de mi y me apaño, más o menos bien, con un amago de conversación hasta que me escapo a por una copa y un vaso de agua para ella. De vuelta le confieso mis nervios y nos echamos unas risas. Ella acaba de conseguir un autógrafo de Concha Velasco y está tan feliz como yo con el suyo. Hablamos de narices y de operaciones, de un concierto suyo hace siglos en los que alguien se desmayó delante nuestro, de comidas y restaurantes, de tacones... Dice que tengo un punto Ibón (Paco me lo había dicho hace mucho) y que puede ser porque ambos somos cáncer. Quedamos en acompañarla a casa si no consigue un taxi en breve, se muere si tiene que volver andando (¡como en Llévame a dormir!) Me gustó, es rica, traviesa y abrazable.

En El Frontón apuramos la última cerveza, sin Pan, que estaba agotado. Es un bar que disfrutamos, siempre estamos de acuerdo en acabar allí de camino a casa. Me gusta que sea medio canalla y que no vaya de nada: moros, macarras, putas (no siempre) chicas con pelos cardados, algún gay despistado (o no: nosotros) camareros genuinos y música ecléctica, inspirada a ratos. Un bar cutre con mucho encanto donde la gente, si pides fuego, te enciende el cigarrillo en lugar de darte el mechero. Paco había dormido dos horas, admiro su aguante y su cara siempre fresca (habló de una crema casi milagrosa) y su buena disposición a la vida social. Arrellanados en los sofás nos dieron las tantas hablando de música, “bragas buenas a precio de malas” (se lo oí a un gitano voceando en el Rastro) un poco de despelleje sano y frivolidades varias: lo normal.

Desde la habitación de mi padre en el hospital hay unas vistas de Madrid alucinantes. Está bien, mejorando (no es nada grave) y sin tele, que es lo más extraño.

El sábado noche, al contrario, me sentía contento y sociable. Israel identifica todos mis estados de ánimo. Es más observador que yo, que no me entero de situaciones ni aunque me las estén gritando (y él ha sufrido mi autismo). En el Oui, bastante animado, recogemos al grupo que viene encantado de ver al Perro del Mar. Sandra tiene un maquillaje que con la luz negra le hace la cara de payaso, se le notan todos los brochazos. Pienso que igual es lo último en tendencias y no digo nada hasta que hablando veo que todos pensamos lo mismo y estamos, más divertidos que horrorizados, sin atrevernos a decírselo a ella. Fue genial, ella parlanchina y sin dejar de bromear y moverse y nosotros alucinados con su casual e inesperado maquillaje. Al parecer al darse cuenta buscaron una zona donde no hubiera ese efecto pero fue imposible. Acabamos, casi todos, en el Parabellum, que me encantó: buena música (no es tan fácil en Madrid) y chicos muy guapos (y heteros) un poco drogados, con ganas de fiesta.

3.1.07

Una mañana perfecta

Mi familia me agota: cualquier movimiento supone charlas interminables y, por ejemplo, colocar a la abuela en la mesa de la cena de Nochevieja se consigue después de negociaciones arduas y repetitivas. Y así todo; no es grave pero cansa tanta palabra desperdiciada y tanto problema inexistente. Así que a las dos estaba dormido, a falta de otro plan. Mejor: tenía que descansar de una semana de vacaciones bastante movida.

El lunes, año nuevo, me levanté fresco y recuperado. Quería acercarme al metro de Aluche, donde no recuerdo qué día concreto, suele haber un mercadillo ucraniano o polaco (no sé, en todo caso eslavo) y que da gusto ver. Desde la estación observé la plazoleta vacía y, sobre la marcha, decidí acercarme a la Casa de Campo. Hecho el trasbordo me metí en un vagón lleno de chicos medio bakalas (medio majos y medio guapos, también: “Como si viviera en un poblado, no me llegan las cartas ni las citaciones”) que parecían volver de marcha. Nos bajamos todos en Lago donde más gente esperaba botella en mano. Parecía haber una fiesta en los pabellones de exposiciones: sonaba house y los grupos iban hacia allá. Casi me choqué con un chico, conocido de Israel y del que me había enseñado unas fotos hacía unos días, al que reconocí por sus ojos grandes y su cuerpo menudo. No le dije nada porque, claro, él no me conoce a mi e imagino su sorpresa si lo saludo y en su estado after (eran las 12:30) Caminé hacia el lado contrario, lago y campo.

Hacía un día precioso: frío y neblinoso. Paseaban varias familias y algún corredor solitario. Subí a una loma para otear el skyline madrileño: la Almudena, el Palacio Real, las torres de Plaza de España ...difusos entre la bruma, un paisaje para alegrar a cualquiera. De hecho, un basurero sonriente me saludó muy amable. Decidí ir hacía la zona de cancaneo, en la que había estado dos veces, siempre acompañado y de la que Álvaro saca últimamente mucho provecho. Según sus indicaciones era fácil llegar: seguir al teleférico. El caso es que no me perdí pero no la encontré. Daba igual, estaba eufórico por el día y el paseo campestre. Algún atisbo, en zonas supongo cercanas: miradas de los paseantes. Desde el parking del teleférico se veían montañas rusas y aparatos del Parque de Atracciones; un chico alto y desgarbado me vio a mi. Me siguió durante 15 minutos, yo por un camino, él entre los pinos a 5 metros, como un espía aficionado. Yo ni quería nada (con nadie) ni había dado pie a su insistencia. Me crucé con varios rebaños de ovejas, me corté de hablar con los pastores aunque quería saber cómo es un zagal urbano. Un ecuatoriano borracho, camino al lago, con la cara tan tristona que ni la música que salía de su móvil podía remediar. Me dieron ganas de darle un abrazo, frotarlo y caminar hombro con hombro, parecía tan sólo... Se dirigió, y yo detrás, hacia el claro donde se juntan sus paisanos, muy pocos ese día y que se animaban con una canción de ¡Delfín! (no era su hit, quizá éste tenía más gracia: un dueto con una chica con voz achinada y marciana)

De vuelta al metro me paré a ver el percal de lo que seguía llegando. A estas horas (las 14:00) juro que el 100 % de lo que bajaba de los trenes eran gays: por su madrileña y ahora gaystream barba, sus pantalones caídos, sus vans y adidas, etc. Vistos en grupo los gays tienen (tenemos, supongo) algo gremial y repulsivo: siempre tan arreglados que da asco (por oposición cada día paso más de mi ropa y aspecto) Me quedé con las ganas de saber qué coño pasaba (a posteriori me enteré que había algo del Space a esas horas y allí) pero no pregunté. Ví llegar 5 metros y todos en el mismo plan: tropeles de gays. Seguro que la mezcla de éstos y los de barriada que fueron llegando antes fue divertida. Algunos grupos, más heteros, lucían galas y maquillajes ahora desastrados: desde fuera y sin drogas y alcohol se ve todo muy desolado y triste, con ternura. Me habría encantado llevar mi cámara y sacarles fotos. Algunos, allí y entonces, tenían cierto tono indolente y gatsbyano, con sus tacones y gasas (ellas) y sus levitas y corbatas (ellos) sucios y arrugados (en realidad, siendo sinceros, me estaba fijando en los más guapos, chicos y chicas)

En el metro de vuelta una joven sudamericana casi se cae al suelo al levantar a su niño del mismo; con el bamboleo del vagón no lograban tenerse en pie. Un señor, serio, con el pelo pajizo, cara rojiza y barba tan blanca y tupida que parecía postiza (aunque era propia) se prestó a ayudarles. Al verlo el niño gritó ¡Papá Noel! y el hombre (que realmente era clavado a la imagen de él que tenemos) se puso más colorado todavía, no del todo acostumbrado a esta escena que le habría ocurrido, seguro, más veces durante estos días. Todo muy navideño.