Paseo
Había decidido, ahí va, no deprimirme de vuelta a la rutina después de casi tres semanas argentinas y, mejor todavía, dejar el sexo, opción de moda entre algunos bonaerenses con atracón de psicoanálisis. Lo primero va bien. De lo otro me atrae la idea de ser yo quien elija, cuando muchas veces he sentido que me ocurría justo lo contrario: que el sexo me dejaba a mi.Todavía recuperándome del jet lag conocí a Rober el viernes, que me propuso ir a su casa. Mientras buscábamos un taxi le ofrecí la mía, que está más cerca del centro y de donde estábamos. Le encantó que (casualmente porque suelo comprar latas) sacara una botella de litro de cerveza. Me supo mal echarlo de casa de madrugada, pero necesitaba descansar a solas.
La reunión improvisada del sábado resultó un revival noventoso. Aparecieron Carlos y Ana, por separado (aunque viven en la misma isla apenas se ven allí) y hubo alguna cara rara porque alguno tardó más de lo normal en reconocer a otro. Ana estaba mejor que nunca, guapa con su pelo largo, delgada y estilosa. Carlos en su línea, ancha, que extrañó a los no habituales y no a mi, que lo veo regularmente cada año. Marta, en plan reinona, se explayaba en público, básicamente sobre alguien que acababa de irse y que me perdí pero que daba, al parecer, mucho juego.
Cuando todos se fueron, Isra y yo nos acercamos al reabierto Binomio, donde siguen regentándolo las dos panaderas tremendas que me ponen un poco nervioso. No dio mucho de si.
Dormí hasta tarde, aunque el día estaba soleado y espléndido; lo comprobé de camino a la panadería de la Fuentecilla, mi preferida.
Por la tarde llamé a Toño. Lo había retrasado tres días: sabía que estaba muy mal y me (nos) asusta enfrentarnos a la muerte. Como no respondió le envié un SMS, lo habitual cuando no podía hablar pero si echar un vistazo a su móvil y contestar tecleando, ofreciéndome a visitarlo al hospital, etc. Mientras respondía (en realidad nunca lo leyó) llamé a Rober, que me invitó a merendar a su casa. Con las manos en los bolsillos me esperaba en la salida del metro. Se le veía contento de enseñarme su casa, nueva y bonita, y de verme de nuevo. Yo también lo estaba y lo celebramos. Rober, no he preguntado por qué, no tiene pelos en todo el cuerpo y su piel es suave y desprotegida, así que con mi barba ibérica lo despellejo vivo, vaya plan.
Jorge me llamó, estaba de camino a Madrid con Pepa: Toño estaba muy mal, sedado y en las últimas. Así que me duché, despedí rápido y nos presentamos los tres en el hospital de Getafe, donde estaba toda su familia y Pedro, su chico. Es casi insoportable ver a alguien a quien quieres y aprecias destrozado e impotente, con los ojos llorosos, desgarrados. Qué haces, qué dices, ¿que lo sientes? Espero que ellos entendieran mi postura, entre nervios y lágrimas, de caricias y abrazos, no me salía otra cosa. No pensaba ver a Toño pero por un comentario de su padre me di cuenta de que era importante para ellos que yo lo viera y me despidiera y lo hice. Después de tanta congoja tampoco me impresionó tanto su aspecto desolador y creo que sólo le dije algo similar a ánimo, no te preocupes, entre lágrimas, apretando su hombro informe. El pobre aguantó una hora más: incluso su padre, entre tanto dolor, se dio cuenta de lo absurdo de la fecha, morirse el 20N, con lo “rojos” que son todos ellos (sólo consiguieron un ataúd con cruz, sin cristo, y pensaban taparla con flores; hay que joderse).
Más tarde llegamos a un momento de silencio, de “relax”, todos juntos en esa sala, mientras preparaban a Toño. Cuando se fueron hacia el tanatorio, Pepa nos acercó a tomar un taxi. Mientras esperábamos llegó un búho y lo cogimos, Jorge no lo había hecho nunca. Allí nos echamos unas risas, después de tanta tensión, petardeamos un rato. No pude dormir un segundo: me acordaba de Toño y de Rober, todo viejo y todo nuevo, muchas emociones con el jet lag recién superado.
