juancorre

19.10.06

Criogenética

No es la primera vez, ni será la última, en la que hable de determinismo, educación y genética. Por otra parte las tres palabras pesan tanto que juntas no significan nada, pura lucubración.

No sabría dónde posicionarme en relaciones sociales: a fuerza de salir conozco mucha gente. Pero no estoy seguro de que se me den bien. Si me relajo, la mitad de las veces, puedo ser un tío encantador y con recursos. Las otras, no me veo a la altura, me retraigo, aburro y aburro a los demás; esa es mi idea. Pero curiosamente, al igual de que nunca sabes qué día estás guapo (y no es un estado interior: hay días tristones y físicamente desastrados en los que sales triunfante) tampoco es evidente cuando tienes donaire. Por ejemplo me encanta que Brenda me considere achuchable, desde el primer día, en el que yo estaba flotando de sueño y huraño. Me ocurre con más gente, de la que me comentan que les he parecido un tío majo en ratos en los que me he visto fatal.

Hay algo, que no sé si se nace con o se hace, que se llama aplomo y que en el reparto estelar (suponiendo la primera posibilidad) me dejaron de los últimos. Es una de las pocas cosas que envidio en la gente: nunca estoy seguro de lo que hago, socialmente, y es todo un problema. Me fascina cuando alguien conoce a otro por primera vez y a los dos minutos están pegando la hebra como lo más normal del mundo. Yo suelo comentar lo típico y, acabado esto, me quedo callado, oteando posibles tormentas (por decir algo) Me gustaría ser más frívolo, inteligente y ocurrente y tener una frase rauda siempre, improvisar con gracia (cuando me ha ocurrido es muy reconfortante). Probablemente estemos todos igual de perdidos pero unos lo disimulan mejor. Etc. [Si hablamos de aplomo mis conocidos pensarían, casi seguro, en una persona que a veces lee esto y a la que no quitarían la sonrisa ni vientos ni granizos, así le va.]

Y el resto, yo hablo por mi, también tenemos encantos. Es verdad que la conciencia de los mismos resta puntos (no hay nada peor que alguien que se cree estupendo) pero el absoluto descontrol y estar en la inopia de las propias posibilidades es triste, sobre todo para los que andamos perdidos (o eso pensamos)

Amorosamente soy un párvulo: no aprendo y me fastidia, a estas alturas. Alguno dirá que todos estamos igual (como en la vida, etc) pero es un recurso estilístico, un eufemismo. Yo hablo de estadísticas: cantidad de novios, de polvos, de ligues ocasionales y/o más duraderos. Si sumo me pego un tiro (no vale responder que es mejor cantidad que calidad, que en esto último voy también de cráneo) Y ya no sé si es mi culpa (no hago todo lo que podría hacer) o del destino y la genética (no valgo para eso).

[Al final me ha quedado todo muy autocompasivo y no era mi intención; hoy no es un día ni triste, ni alegre. Nublado en Madrid y limpio, después de unas cuantas lluvias]

16.10.06

(re)Vuelos


Pues sí: perdí el vuelo de Bérgamo a Cracovia y me volví a Madrid. Todavía quedaba media hora para la salida pero no me dejaron subir y no me apetecía quedarme en Italia, ni con los italianos.

Después de meses semieufóricos llevo el último con desgana y, encima, sin el pastillazo del Este, que seguro me habría espabilado.

El sábado noche, mientras esperaba a Paco frente al Apolo me ilusionó ver a una pareja hindú sacando fotos con el móvil a su hijo, jugueteando con las nuevas fuentes de colores, los tres muy guapos. Paco, muy delgado y con barba, me dio detalles de su annus horribilus, quizá la primera vez que se me ha quejado de algo. Yo, tristón y prosaico, solo repetía que todo se pasa, que es cuestión de tiempo... Debo ser terrible dando consuelo. En La escalera de Jacob estaba Javi, un tío raro al que apenas conocía y que tardó milisegundos en pedirnos el móvil para quedar después si sus planes fallaban.

En el Chicote Paco era como de la casa, saludando a buena parte del público y camareros. Uno de ellos, Iván, nos invitó a todo, qué majo. Javi, claro, envió un mensaje y se presentó allí: venía de una performance rara en la CNT (me moría de risa con su crónica: definitivamente está loco) pero quería fiesta.
Se me hace raro salir con gente a la que no estoy acostumbrado; en esa línea, me ocurre lo mismo con los sitios nuevos, que necesito un tiempo de aclimatación y toma de contacto. Me pasó en The Angel, un disco-antro de gente, en general, con unos quilos de más y pocos prejuicios.Y eso que me gustó: gente bailonga, divertida y con ganas de ligoteo: las miradas se cruzaban como las balas de Matriz (estos “fuertes”, adelantados como siempre y conscientes de que desde el pedestal no hay manera) Apareció Javi el francés (ex de Carlos) siempre en el límite (y con cruces esporádicos) entre la simpatía y la pesadez, más redondo y dicharachero que nunca. Entre sus charlas (no siempre buscadas) las de Iván (que resultó llamarse Pan, como el dios) con quien hice buenas migas y que el público del local no era de mi target (y viceversa) debí ser el único sin amagos de triunfo esa noche (y Paco, que no estaba de humor: normal) Al cerrar desfilamos hacia lo que hubiera abierto, Pan seguido de su admirador, incansable y constante (supongo que lo consiguió al final). En El Jolibú éramos pocos aunque se fue llenando de gente, alguna extraña y alguna con pinta peligrosa. A las ocho estaba durmiendo en casa, más contento que al comenzar la noche: lo pasé bien.

Javi y Pablo, de los que hablaba en otra entrada, salen en una película porno. Me lo contaron ayer, un día poco afortunado entre ellos y yo (no hubo feeling, nos aburriamos mutuamente) Al parecer debieron permanecer más de una hora empalmados y en acción, para no sé cuanto durará su escena en la copia comercial. Eso sí, Pablo es el de la portada, lo he visto en la web de la productora. Me da pudor verlos follando, aunque aún no hay confianza y los puedo observar como desconocidos.

Quiero ver, entre otras, La Dalia Negra, aunque las críticas no han sido muy buenas.

11.10.06

Despistes y estrés

Va en serio: tengo que cuidar mi cabeza. A veces me cuesta recordar cosas concretas y me enerva tanto que me bloqueo y no hay manera. Me ocurrió en el trabajo hace unas semanas y con Israel, hablando de un amigo suyo, al que era incapaz de ponerle cara. Cuando leo me da la impresión de no asimilar nada e incluso en conversaciones me veo poco claro en mi discurso. Entre autismo y Alzheimer, vamos.

La penúltima, hace unas horas, es preocupante: un despiste mayúsculo. Hace tiempo me mandaron un cambio de horarios en un vuelo planeado para hoy, que acepté sin fijarme mucho en los datos. Con todo el equipaje, vengo a la oficina para volar después de comer y llamo al aeropuerto para confirmar el vuelo. ¡Y sale mañana! Escribo un correo meteórico para anular la reserva del hotel de esta noche, explicando las circunstancias. ¿Me habrán creído? Me han respondido dándome las gracias por avisarles.

Me quejo de estrés, no me extraña. Paradójicamente, y es el caso de ayer mismo, me agobio con cosas que disfruto, más bien con la velocidad con que las tomo:

Del trabajo a la biblioteca a devolver, sin acabar, dos libros que se me han atravesado. De ahí a ver Cabeza de Perro, en un cine de Gran Vía. Como el pase es media hora después de lo que indicaba internet me paso por la muestra de Martín Chambi, alucinante, y a la que volveré para disfrutar más tranquilo. El cine es a la vieja usanza: inmenso, escaleras de mármol, lámparas de araña barrocas y apenas veinte personas. Acostumbrado a las salas pequeñas y funcionales, este despilfarro añejo me da nostalgia. La peli, visible, descoloca y no acaba de funcionar: mezcla lo cañí y castizo con fondos de música pop actual, más cosmopolita. En realidad así es Madrid: cutre, provinciana, moderna y genial. El Bola está guapo haga lo que haga, tiene algo magnético, tan inherente a él como ser macarra (y su papel no lo es). Iba a decir que no, pero todo es justificable por ver a El Bola, guapo y perdido: lo mejor.

Al salir había gentío y luces para el preestreno de El Laberinto del Fauno, que tiene muy buena pinta. Pero escapé hacia casa, a preparar el equipaje. De camino tomé una trufa en La Mallorquina, de las mejores del mundo, un ritual que repito desde mis primeros años madrileños.

En casa planché mientras veía Anatomía de Grey, a la que me he enganchado últimamente. Al terminar me escapé a la Taberna del Avapiés, donde me esperaban Dani y Nerea con un grupo al que se habían encontrado. Hablamos de políticos (qué pereza) y de teatro (más pereza todavía) Pero eran majos y una chica muy guapa resultó, según me dijeron después, ser una actriz del Cámera Café, programa que no aguanto (lo intenté hace tiempo) En casa, de nuevo, rematé mi equipaje, que no era mucho (para cuatro días, al final tres) y me dormí, después de tres relatos que no conocía de mi adorado Saki.

He comido, ante el cambio de planes, en un restaurante cercano a mi oficina. Qué gracia, cómo son los pijos: una fauna hortera e incomprensible y yo observando entre plato y plato. No puedo creerme que eso sean las aspiraciones de mucha gente.

10.10.06

Algo inconcluso


Siempre, a raíz de situaciones concretas, me tienta escribir sobre relaciones laborales; y sobre todo ahora que, siendo un currito más, tengo que estar sobre gente, pidiéndoles cuentas (no me acostumbro: no puedo ser duro) La oficina es un territorio complejo y absurdo, tanto como una familia, y en ambas se parte de unas reglas ya establecidas cuando llegas, sólo modificables después de un tiempo de confianza, tino y perseverancia. Pero no hay más: todos trabajamos y sabemos a qué atenernos. Por eso prefiero contar una temporada de trabajo en un lugar menos habitual.

Tres semanas en Zimbabwe dan para mucho. Del trayecto en avión, eterno, recuerdo el mapa de África en el monitor y la línea de recorrido que avanzaba (desde Londres hasta Johannesburgo) sobre selvas y desiertos, como en las pelis de Tarzan. El aparato, de dos plantas, rebosaba de gente de aspecto hindú, muy pocos negros. Ya agotados tomamos otro vuelo hasta Harare, donde nos esperaba Josiah, que sería nuestro chofer y guía en todos esos días.

En el hall de la empresa había alineados unos diez pollos, muertos y pelados: después de casi 24 horas de viaje parecía un guiño perverso de nuestro cerebro exhausto. Nos recibió un señor muy british y bastante mayor (el jefe) que nos invitó a un té servido por quien parecía su esposa, de brazos escuálidos, con aspecto de quebrarse por el peso de la tetera. Después, cuatro horas en jeep hasta Gweru, justo en el centro del país y nuestro destino de trabajo.

En la verja del hotel, formado por bungalows, jardines y estanques bastante artificiosos, colgaba el cartel “Flamboyant Dinners”, que tiene su gracia (más tarde comprobamos hasta que punto eran flamboyantes) El dueño era una especie de Johnny Hallyday de orígen británico, fumador de puros, borrachín e indolente, el único blanco entre demasiados empleados negros que casi barrían nuestros pasos.

Me disperso: quería hablar de mis compañeros de viaje (dos polacos muy majos, Marius y Maciej, y Carlos), de los que conocimos allí (Decent, el jefe de la central telefónica y su hijo Alan, de cuatro años, que no se separó de mi y que aparece en muchas fotos en mi regazo) y de nuestras relaciones, que en un entorno tan curioso pasan de laborales a personales. Me voy por las ramas, me pueden los recuerdos de los que voy tirando para escribir este post, momentos más vivos que en los que estoy ahora (y por eso me recreo)
Encima sigo perezoso, nervioso (como siempre) ante el viaje de mañana y me cuesta escribir y concentrarme. Así que sigo otro día, suponiendo que merezca la pena.

2.10.06

Retorno

Me cuesta escribir: uno se acostumbra pronto al papel receptor, la pereza me puede e impide ordenar mis pocas ideas y ponerlas por escrito. Será una cuestión de práctica, porque en estos meses blogless me han pasado cosas bien interesantes. Todo es empezar. Y lo hago relatando un fin de semana más bien insustancial, con más pena que gloria (igual para desanimar al lector airado del post anterior) El caso es ir cogiendo práctica y volver al ritmo de hace unos meses: me sentaba bien esta gimnasia mental.

El viernes, entre pusilánime y vegetal, me quedé en casa, dándole vueltas a mi desgana. Me enganché a una película documental sobre emigrantes españoles en la Alemania de los sesenta, con más regusto tristón que reivindicativo, de visión obligada para cualquier xenófobo contemporáneo. Allá cada cual. Le siguió otra , de pinta infame pero con un protagonista cañón de labios enormes, que no me sonaba de nada. Ni el gañán ni Enma Suárez consiguieron que aguantara poco más de diez minutos. Eché un vistazo a Stop Making Sense, que acababa de bajarse de internet: no recordaba lo absolutamente geniales que eran los Talking Heads, así que la disfrutaré en la tele cuando sepa grabar DVD´s . Me dormí entusiasmado y con una sonrisa.

Por la mañana quedé con Arantxa y familia. Olivia, hasta hace poco un bebé más, estaba más que guapa (varias personas se volvieron a mirarla y comentarlo) Tuve un momento crítico, ya en su casa, cuando me acerqué al pájaro con ella en brazos. Con sus manos fuertotas, de panadera, le dio un manotazo a la jaula y yo intenté agarrarlos a ambos a la vez, la jaula y Olivia, que se deslizaba por mi cuerpo mientras yo gritaba pidiendo ayuda. Jesús, su padre, me socorrió cuando el alpiste, el agua y Olivia bajaban por mi pierna. Qué nervios, no vuelvo a cogerla en una temporada, con lo achuchable que está.

Por la noche me acerqué a ver a Israel, encamado con un ligue post-adolescente, guapo y tímido. Me escapé para dejarlos hacer; medio había quedado con Javi en el Eagle. Me hicieron quitar la camiseta a la entrada, una vez dentro me la puse de nuevo. O yo estaba poco receptivo y/o sociable o aquello estaba acabado. Qué panorama; a mi lado había un chico al que le ponían pinzas de tender en la polla o por esa zona, a los que yo miraba con desidia entre trago y trago. Javi apareció, más destroyer que nunca, quejándose de todo y no escuchándome nada. Es un tío muy raro, quizá el más extraño de los que conozco, pero tan perdido (vive en una furgoneta) que es inevitable tomarle cariño, otro espíritu libre a mi listado. Por puro aburrimiento nos fuimos al Strong, lleno por no sé qué fiesta. Me entró un abogado cordobés que no me gustaba nada (aunque soy incapaz de negarle conversación a nadie) y del que me escapé con disculpas. Aparecieron Javi y Pablo, amigos de Javi que cada día me caen mejor (en Berlín hicimos buenas migas una noche). Pablo es igualito que Mesa (física y de carácter, en sus buenos ratos) hace diez años, incluso es patronista. Tengo que encontrar a alguien como el yo de esa época y presentárselo. Para remate apareció CC. A las cuatro estaba durmiendo, harto de todo y de mi mismo, agotado.

Tomé el sol, como cada domingo, en las escaleras hippies del Rastro. La estética tronca, de camisetas de rayas, malvas, rastas y sandalias, concentrada en esa zona, siempre tiene nuevos acólitos, que se mezclan con los de toda la vida y con polis macarras castizos, buenos y malos. Siempre leo el País allí, aunque ayer pasé de todo y me dediqué a lo que más me gusta: ver pasar gente.
Por la tarde, en el Paraninfo de la Universidad había actos con motivo del aniversario del voto de la mujer, etc y me fui con Álvaro e Israel. Allí, pardiez, me encontré con Maripi, Gemuchi y Anita Fenomenal, recién llegados de Venezuela y delgados como nunca. Evitamos a Dani, rehuyendo tiranteces, y vimos un atardecer de colores chicles e intensos, como de Pierre et Gilles, alucinante. Cena en el paseo marítimo, tostas ricas, Protos y risas.
Como colofón entré en el messenger y estaba Misho, un búlgaro con el que hablo a veces y al que no conozco. [Apenas he chateado en mi vida, me da mucho corte y lo de él fue antes de mi primer viaje a Bulgaria, aunque nunca nos vimos. Me falta práctica y envidio a la gente que chatea y además queda con gente. Me tendré que soltar un día] El caso es que tenía CAM y me invitó a verlo. Es guapo, de piel muy clara y con una sonrisa sana y bonita: era la primera vez que lo veía. Siempre es divertido y charlamos mezclando inglés, español y las cuatro tonterías que sé en búlgaro. Al despedirme me ofreció enseñarme “su pecho”. Total, que acabó tirando de pantalón, aunque me dijo que estaba en un ciber. Qué gracia, qué tío más majo, guapo y divertido.