Simon y las montañas
Estaba agotado: había vuelto de madrugada al hotel, después de pasar horas en un club, que encontré por casualidad. Primero: con un grupo de estudiantes de Educación Física, que nada más ponerme a su lado me pasaron un porro de maría y, después, con Lucasz, estudiante de música y tan borracho como yo (me ha escrito diciéndome que a ver cuando nos vemos en otra fiesta) .Ese día hice turismo de exteriores: pateo por calles y monumentos, visita ocasional a alguno (me agobian las iglesias por dentro y son todas parecidas) y buena comida polaca (bigos, pierogi...)
Quería probar en la sauna Spartakus, igual hasta me sentaba bien. Estaba nervioso: por mucho que me lance en los viajes me incomodan los sitios así. Además me costó mucho encontrarla, había algo que me impedía (y con razón) llegar allí. Pedí mi equipo y me desvestí en una cabina minúscula que hacía de armario. En total, en un edificio de tres plantas tipo cabaña, éramos unas seis personas, incluido el camarero-recepcionista que viendo mi estado (no podía entender su inglés, por mis nervios) me trató muy rudamente. En el bar un chico, que no estaba mal, veía una serie americana muy antigua [En Polonia se hace traducción simultánea y es muy marciano oír recitar, en un tono monocorde y hastiado, los diálogos de todos los personajes al mismo hombre (incluso a mi me parecía la misma voz a todas horas)] Apuré mi cocacola en un vaso precioso y me di una vuelta. Las chanclas me estaban grandes y pesaban mucho; a cada paso se desinflaban con mi peso y hacían mucho ruido, seguro que sólo yo lo oía pero me parecía un escándalo. En el vapor un señor gordo se me plantó delante, masturbándose, así que me duché y escapé de aquel antro; total: menos de media hora.
De vuelta al hotel pregunté a Tomeck (rubio, guapo, tímido y encantador: un cielo) la forma de ir al aeropuerto de Katowice al día siguiente e intentó concertarme un minibús, sin éxito. Me puse nervioso: el dueño el hotel, al teléfono, me dijo que no me preocupara, que era tarde (las diez de la noche) para hablar con las compañías y que en el desayuno lo tendría todo arreglado. Hice la maleta y, aunque cansado, me decidí por el Kistch, que no estaba lejos y al que el día anterior no había ido porque lo definían como moderno, lo último y gay friendly: el local de moda de Cracovia (cuando una guía dice que algo es moderno me tira para atrás). Recorrí la calle Wielopole y me metí donde oí ruido. El sitio estaba animado: chicos y chicas guapos, inmensos, diferentes espacios. En el baño había una cola tremenda, detrás de mi se puso un chico (bromeamos sobre que eso es más usual en los baños de chicas) y hablamos. Acababa de llegar de su ciudad, Zywiec (lo recuerdo porque es el nombre de la cerveza más popular y Simon me lo comentó entonces) para retomar los estudios ("Ingeniería de Productos") después del largo puente (la fiesta nacional de Polonia es el 3 de mayo) Era guapo: pelo castaño claro, revuelto y una perilla que le sentaba muy bien. Me dijo que sus amigos estaban un poco bebidos y que prefría tomarse un cerveza conmigo. Hablamos mucho: le gustaba escalar y un bar que se llamaba Sol Latino, por los bailes y la forma de moverse de las chicas latinas. Me dijo que si conocía el bar de arriba y dije que no, que de qué iba. Hizo unos gestos muy raros, también con las manos y “bueno, de chicos que se juntan con chicos y chicas que se juntan con chicas”. Yo, que me dí cuenta entonces de que no estaba en el club que pensaba, le dije que era estupendo, así podías elegir. Seguimos hablando y me preguntó si me gustaban las chicas polacas, así que tuve que decirle que era gay y, aunque un poco azorado, me dijo que sin problemas. Dije: “igual yo debería intentarlo arriba” y sonrió. Seguimos hablando pero, estúpidamente y sin sentido, me preocupaba que Simon pensara que me lo intentaba ligar (no me habría importado nada, pero sé los límites) y, cuando se fue de la barra y tardó un poco en volver decidí irme. Lo busqué y estaba, de nuevo, en la cola interminable del baño. O sea que probablemente pensaba volver y seguir charlando conmigo (estábamos muy a gusto). Bueno, como ya lo tenía decidido, me despedí y me subí al, ahora si, Kistch.


