juancorre

10.5.06

Simon y las montañas

Estaba agotado: había vuelto de madrugada al hotel, después de pasar horas en un club, que encontré por casualidad. Primero: con un grupo de estudiantes de Educación Física, que nada más ponerme a su lado me pasaron un porro de maría y, después, con Lucasz, estudiante de música y tan borracho como yo (me ha escrito diciéndome que a ver cuando nos vemos en otra fiesta) .

Ese día hice turismo de exteriores: pateo por calles y monumentos, visita ocasional a alguno (me agobian las iglesias por dentro y son todas parecidas) y buena comida polaca (bigos, pierogi...)

Quería probar en la sauna Spartakus, igual hasta me sentaba bien. Estaba nervioso: por mucho que me lance en los viajes me incomodan los sitios así. Además me costó mucho encontrarla, había algo que me impedía (y con razón) llegar allí. Pedí mi equipo y me desvestí en una cabina minúscula que hacía de armario. En total, en un edificio de tres plantas tipo cabaña, éramos unas seis personas, incluido el camarero-recepcionista que viendo mi estado (no podía entender su inglés, por mis nervios) me trató muy rudamente. En el bar un chico, que no estaba mal, veía una serie americana muy antigua [En Polonia se hace traducción simultánea y es muy marciano oír recitar, en un tono monocorde y hastiado, los diálogos de todos los personajes al mismo hombre (incluso a mi me parecía la misma voz a todas horas)] Apuré mi cocacola en un vaso precioso y me di una vuelta. Las chanclas me estaban grandes y pesaban mucho; a cada paso se desinflaban con mi peso y hacían mucho ruido, seguro que sólo yo lo oía pero me parecía un escándalo. En el vapor un señor gordo se me plantó delante, masturbándose, así que me duché y escapé de aquel antro; total: menos de media hora.

De vuelta al hotel pregunté a Tomeck (rubio, guapo, tímido y encantador: un cielo) la forma de ir al aeropuerto de Katowice al día siguiente e intentó concertarme un minibús, sin éxito. Me puse nervioso: el dueño el hotel, al teléfono, me dijo que no me preocupara, que era tarde (las diez de la noche) para hablar con las compañías y que en el desayuno lo tendría todo arreglado. Hice la maleta y, aunque cansado, me decidí por el Kistch, que no estaba lejos y al que el día anterior no había ido porque lo definían como moderno, lo último y gay friendly: el local de moda de Cracovia (cuando una guía dice que algo es moderno me tira para atrás). Recorrí la calle Wielopole y me metí donde oí ruido. El sitio estaba animado: chicos y chicas guapos, inmensos, diferentes espacios. En el baño había una cola tremenda, detrás de mi se puso un chico (bromeamos sobre que eso es más usual en los baños de chicas) y hablamos. Acababa de llegar de su ciudad, Zywiec (lo recuerdo porque es el nombre de la cerveza más popular y Simon me lo comentó entonces) para retomar los estudios ("Ingeniería de Productos") después del largo puente (la fiesta nacional de Polonia es el 3 de mayo) Era guapo: pelo castaño claro, revuelto y una perilla que le sentaba muy bien. Me dijo que sus amigos estaban un poco bebidos y que prefría tomarse un cerveza conmigo. Hablamos mucho: le gustaba escalar y un bar que se llamaba Sol Latino, por los bailes y la forma de moverse de las chicas latinas. Me dijo que si conocía el bar de arriba y dije que no, que de qué iba. Hizo unos gestos muy raros, también con las manos y “bueno, de chicos que se juntan con chicos y chicas que se juntan con chicas”. Yo, que me dí cuenta entonces de que no estaba en el club que pensaba, le dije que era estupendo, así podías elegir. Seguimos hablando y me preguntó si me gustaban las chicas polacas, así que tuve que decirle que era gay y, aunque un poco azorado, me dijo que sin problemas. Dije: “igual yo debería intentarlo arriba” y sonrió. Seguimos hablando pero, estúpidamente y sin sentido, me preocupaba que Simon pensara que me lo intentaba ligar (no me habría importado nada, pero sé los límites) y, cuando se fue de la barra y tardó un poco en volver decidí irme. Lo busqué y estaba, de nuevo, en la cola interminable del baño. O sea que probablemente pensaba volver y seguir charlando conmigo (estábamos muy a gusto). Bueno, como ya lo tenía decidido, me despedí y me subí al, ahora si, Kistch.

9.5.06

Kosice, Udo

Estoy tristón, con la sensación, más física que mental, de desasosiego y melancolía. Tendrá que ver con la vuelta a la normalidad, cuando he sido feliz muchos ratos del viaje. En un momento optimista diría que tengo suerte de vivir esas aventuras; en uno como ahora, que ésta es mi vida y no esas escapadas lejanas. A ver si me animo contando uno de esos días buenos...

Llevaba un día intenso, visitando parajes preciosos y alguna ciudad con encanto (en Eslovaquia normalmente hace de plaza una calle alargada y ancha llamada Hlavná Ulica, alrededor de la cual se dispone la parte histórica). Llegué a Kosice casi de noche; de camino al centro en busca de un hotel, vi que era una ciudad interesante, con muchos edificios bonitos, calles peatonales y gente: viva. Alguien me indicó uno que resultó el más raro y cutre del viaje, muy barato, pero no tenía opción. Me duché y me eché a la calle. Alrededor de la Hlavná había un laberinto de callejuelas y pasajes con muchos bares y restaurantes, no mucha gente pero animado. Frente al teatro había una fuente musical, algo que me parece marciano y que nunca había visto: chorros y luces que bailan al son de la música de fondo. Pensé que era una ocasión especial, pero al dia siguiente vi que era algo continuo y normal.

Me metí en una bar en el que había animación: en ese momento dos gañanes bailaban agarrados y se separaron al entrar yo. Uno me comentó algo, que no entendí y el camarero le dijo algo. Seguidamente se sentaron donde el resto del grupo, en una mesa circular repleta de cervezas. Eran seis o siete hombres y una mujer, que parecían celebrar algo, pero que se quedaron mudos (o ya lo estaban antes) al llegar yo. De vez en cuando comentaban algo, pero todo muy soso. Uno de ellos susurró algo al oído de otro, que era muy guapo y éste lo aparto, pero sin brusquedad. El primero, sin mediar palabra, dio una patada a la mesa y derramó todas las cervezas, rompiendo algunos vasos. Yo, muy digno, intentaba aparentar calma, pero me puse nervioso. Sobre todo cuando lograron echar al camorrero pero echaron la cancela de la puerta (yo estaba en la mesa de al lado). Pregunté al camarero pero nadie hablaba inglés (bueno, nadie hablaba). Cuando salí a la calle observé alrededor y anduve rápido, hasta el primer sitio del que salía música y entré.

Era un bar acogedor, con balcones a la calle y con grupos pequeños en mesitas o en la barra. Allí me situé, justo al lado de un señor rubio que parecía meterle mano a un joven muy guapo. Se volvió y hablamos: Andrew, de Arkansas, gastando una herencia recibida hacía poco y borracho. Me recordó mucho a Capote, tanto físicamente como en su gestos afectados y en su morro: le entraba a cualquier polla que estuviera cerca. No tardó en decirme “You´re so cute” y en echar mano a mi pierna. A mi me estaba poniendo malo: era física y personalmente asqueroso. Cuando me dijo de dormir en su hotel, dije un no rotundo y me dejó en paz. Me puse a hablar con la chica de al lado, que era la novia del que Andrew acosaba al principio. Había vivido en Zaragoza unos meses (coincidimos en el tiempo) y hablaba castellano muy bien. Era una chica muy sociable, le gustaba le gente y conocer y me presentó a los camareros. De repente me dijo que su novio se había ido a casa, sin decir nada, por primera vez en su relación. Estaba muy nerviosa y un poco borracha. Yo le quité hierro al asunto (le dije que igual su chico se había agobiado con Andrew) e intenté consolarla. No dejaba de mirar a un reloj en la pared, preguntando horas de autobuses. Pusieron su canción preferida y se le escaparon unas lágrimas, que recogimos con sendos pañuelos la camarera y yo para que no se estropeara su maquillaje. Aún así era una tía divertida y locuaz, que se reía cuando se olvidaba de su novio. Andrew le estaba entrando a unos tíos con muy malas pintas y salió con ellos, aunque, el cabrón, no pagó nada de lo que había bebido. Yo consolaba a Luny, convencido de que todo se arreglaría pero cómplice de su desasosiego, claro. Sonó su móvil varias veces y lo cogió una de ellas, su novio le preguntaba por qué no iba a casa. Ella, dolida, ni le contestó. Cerraron el bar, Luny se fue en el coche del camarero (no quería, no lo conocía apenas, pero apenas había buses) Nos despedimos y quedamos en escribirnos. Ya me contará como acabó todo.

Yo estaba contento, todo iba saliendo bien y con muchas cosas que contar, etc y me metí en un club llamado Monopost, que quedaba cerca. Era un sitio moderno, decorado a lo minimal y con poca gente. Pedí una cerveza y me senté en unos taburetes en un rincón, sin darme cuenta de que había unas chaquetas en ellos. Llegaron dos chicos y les pedí disculpas por quitarles el sitio, pero en seguida nos pusimos a hablar. Estaba estudiando “Technical” y, después de unos días duros de exámenes, habían decidido salir esa noche. Sergej, rubio y casi fornido y Udo, moreno, alto, un poco desgarbado, ojos grises y semicresta: perfecto. Los dos muy jóvenes, vieron a unas rubias en la pista y allá fuimos los tres. Sergej se arregló, al poco, con una de ellas, mientras Udo hablaba con la otra y conmigo. Bailamos los tres, enlazados, lo estábamos pasando bien y muy contentos. Seguimos socializando con el resto de la pista: pocos pero bien avenidos. Yo trataba de invitar a Udo a tomar algo, pero no quería beber más. Me preguntó por mi canción preferida de Madonna... Nos fuimos los tres a un rincón, ya era tarde. Udo y su chica comentaban algo: ella se acercó y me dijo que a Udo le gustaban mis pestañas (no sabían la palabra en inglés, así que me las tocó). Yo dije que bueno y de repente me dijo que ¡Udo quería besarme! Yo me pellizcaba para ver si estaba soñando, qué fuerte. Dije que bueno y ella (que parecía el puente entre los dos, no sé por qué) se lo djo a él, pero se cortó y salimos todos a la calle, como si nada hubiera pasado. Anduvimos, Sergej y su chica ya del brazo y el trío restante por detrás (ellos dos hablaban en eslovaco, yo no sabía dónde íbamos: estaba tan alucinado por lo que había pasado que iba como flotando). Me despedí, cansado, quedamos para el día siguiente en un bar y nos dimos la mano. Con Udo, que era tierno, guapo y encantador, se me escapó un abrazo y, el resto, cómplices, nos jalearon con un ¡Oooooohhh! muy significativo. No acudí a la cita, me fui a otra ciudad, con miedo de que se rompiera el encanto y acobardado ante una gente tan joven. He escrito todo muy rápido, contando objetivamente lo que pasó, creo que Udo salió del armario esa noche y su amiga era su primera confidente, no sé. Luego, buscando el hotel me perdí durante una hora en la que no encontré a nadie y en la que le di vueltas a asunto, sonriente y feliz.

8.5.06

Ja, igen, ano, tak!


Estoy exhausto, necesito recuperarme de un viaje muy divertido e intenso. Es duro y deprimente volver a las rutinas, a las caras tristes en el metro... No voy a hacerlo: mi moral bien alta siempre.

Todo comenzó mal: quizá esperaba demasiado de Budapest (que sigue siendo una ciudad alucinante) después de la anterior visita con Carlos. En realidad no me ocurrió nada malo [Excepto cuando no podía abrir mi apartamento a la vuelta de Szentendre. Había dos llaves circulando y pensé que me había equivocado y cogido la errónea al salir. Nenad , que me había alquilado una habitación, se había ido a Belgrado (o eso creía yo) Recordé que su novio daba masajes en la sauna Magnum y me presenté allí donde arreglamos todo]
El primer día en Bratislava fue un desastre: el sitio que había reservado, el tiempo y mi estado de ánimo, acentuado por haber dormido poco. Juraj, mi host, me había dado un plano terrible, fotocopiado y me pasé una tarde/noche perdido mirándolo continuamente mientras se deshacía en mis manos por la lluvia.
De repente todo cambió y desde entonces hasta el fin del viaje ha sido una locura: he visto sitios preciosos, he conocido gente estupenda y me lo he pasado muy bien, de verdad. Me apetece escribirlo aquí, que me sirva de diario recordatorio (no he apuntado nada, confundí mi moleskine con una agenda que tenía por casa y además me daba pereza escribir, o sea que todo será de memoria) cuando tenga algún bajón en el futuro.

Ayer, con tres quilos menos, barba de cuatro días y casi sin dormir aterricé en Madrid, después de escalas y minibases varios. Además perdí una lentilla por la mañana y sólo veía bien por un ojo. En el metro había varios eslavos que me hicieron el tránsito a occidente mejor. Un chico guapo me miraba mucho, así que, por primera vez en mi vida, me bajé en su estación para seguirlo. Seguía andando pero se volvía para mirarme y yo corriendo detrás, con mi maleta, desastrado y cegato. Grité: “¡Espera!” y el chico, muy nervioso y tímido se volvió y nos saludamos. Era brasileño y no hablaba castellano.Le dije que estaba cansado (me preguntó si había sitios gays en Chueca, donde estábamos, no conocía nada, su primera vez aquí) pero le di mi teléfono para que me llamara hoy (que no hará: seguro que conoció a mucha gente después, tan guapo, aunque me preguntó a qué hora salía de trabajar) Un buen final para un viaje de los mejores.