El tiempo...

Llevo días queriendo escribir algo, cosas curiosas (como el finde en el pueblo o las prometidas aventuras griegas, que no tenían desperdicio) pero entre pitos y flautas (y que me da corte escribir en el trabajo, ahora sí, nuevo. De hecho ahora mismo lo hago incómodo y pensando que todo el mundo me está mirando) se me ha ido pasando el tiempo... Y de eso quería hablar hoy. El lunes fue monotemático: o yo o el día nos empeñamos en asustarnos de que el tiempo vuela.
Quedé con mi hermana para comer, cerca de donde trabaja, fuera de Madrid. Calculé mal: tardé casi una hora en ir y otra en volver. Pedimos unos platos muy ricos (como me llevaba asegurando ella hace años) en el comedor de funcionarios de Psicología. Estaba muy triste (con razón) y yo, que tampoco estaba para echar cohetes, no sabía muy bien cómo animarla. Se me ocurrió el tema de mi gaydad y lo de salir del armario en el trabajo (decidido: a la primera de cambio lo hago) y, como sabía que ocurriría, se puso muy combativa y me contó lo que me quería y lo que me había defendido, indirectamente, ante comentarios homófobos. Después, en los pasillos y césped de la Facultad había grupos de universitarios, tan jóvenes y lejos ahora de mí (primer toque). Me sentí mayor, supongo que no lo soy: todo es relativo.
Segundo: Esa misma tarde, por pereza, tomé un bus que me acerca (una parada) al metro, a la salida de la oficina. Mientras esperaba, un señor muy mayor, muy guapo y muy elegante (en el mejor sentido de la palabra: iba perfectamente vestido, con muy buen gusto) me miraba como queriéndome hablar. Así lo hizo, en cuanto pudo. Hablamos de cosas triviales, no recuerdo todo, y me di cuenta de que era gay y que probablemente me había mirado con ojos golositos. De repente eso me tocó la fibra: vi reflejado mi futuro (con suerte, porque a sus ochenta y tantos era un señor estupendo y de lo más digno). Cada día me voy acercando (todos lo hacemos) a la vejez y a la muerte. Sin dramas: las cosas como son (que se lo digan a mi estómago, sensible como nunca estos días).
Así, meditabundo y perturbado, me senté en un banco en el andén del metro. Al hacerlo, un chico infinitamente guapo levantó su cabeza y apenas me miró. Pues bueno, era tan guapo que me dio un escalofrío y me puse muy nervioso e inquieto. ¿No es eso amor? Mira que digo que veo gente guapa cada día y lo comento, pero pocas veces una mirada me ha hecho removerme en mi asiento. ¿Os imagináis que, ahora mismo, él estuviera escribiendo algo similar en su blog? No estaría mal...
Después, mientras esperaba por mi shiatsu con una cerveza, estuve hablando con otra gente que estaba en ello (tercero), desconocida. Les dio por comentar programas de televisión antiguos y épocas pasadas durante más de media hora. A mi ni me apetecía ni me molestaba, pero intentando ser sociable (más por Ester, la novia del masajista, que por el grupo) mantuve, con desgana, la conversación y las sonrisas. Disfruté del masaje y, después, con Dani, su novio Fran y su amigo Antonio , de una conversación, entre irreal y terrorífica, sobre un problema que tenía, éste último, con un alumno que lo ha denunciado por difamación, etc (lo que, cuando éramos adolescentes, decíamos “el profe me tiene manía”, pero llevado a altas instancias). Antonio estaba asustado y los demás sólo le decíamos que si estaba seguro de hacer bien su trabajo que no se preocupara, pero entiendo su estado.
Así que, de vuelta a casa, me dio por pensar en que el tiempo pasa y que no hay que perder ni un minuto. Este pensamiento tan insulso y evidente deberíamos tenerlo en cuenta cada día, pero siempre lo olvidamos y seguimos con nuestras chorradas habituales y nuestros miedos.
No sé, tengo la impresión de que se me olvidan cosas; estos días quería postear y dejar constancia de lo que iba pensando o me iba pasando; pero ahora mismo no se me ocurre nada más sin cambiar de tema.
Por cierto, ¿qué margen se le da a un libro antes de abandonarlo, 20, 50, 100 aburridas páginas?
...ese gran escultor.


