juancorre

15.2.06

El tiempo...


Llevo días queriendo escribir algo, cosas curiosas (como el finde en el pueblo o las prometidas aventuras griegas, que no tenían desperdicio) pero entre pitos y flautas (y que me da corte escribir en el trabajo, ahora sí, nuevo. De hecho ahora mismo lo hago incómodo y pensando que todo el mundo me está mirando) se me ha ido pasando el tiempo... Y de eso quería hablar hoy. El lunes fue monotemático: o yo o el día nos empeñamos en asustarnos de que el tiempo vuela.

Quedé con mi hermana para comer, cerca de donde trabaja, fuera de Madrid. Calculé mal: tardé casi una hora en ir y otra en volver. Pedimos unos platos muy ricos (como me llevaba asegurando ella hace años) en el comedor de funcionarios de Psicología. Estaba muy triste (con razón) y yo, que tampoco estaba para echar cohetes, no sabía muy bien cómo animarla. Se me ocurrió el tema de mi gaydad y lo de salir del armario en el trabajo (decidido: a la primera de cambio lo hago) y, como sabía que ocurriría, se puso muy combativa y me contó lo que me quería y lo que me había defendido, indirectamente, ante comentarios homófobos. Después, en los pasillos y césped de la Facultad había grupos de universitarios, tan jóvenes y lejos ahora de mí (primer toque). Me sentí mayor, supongo que no lo soy: todo es relativo.

Segundo: Esa misma tarde, por pereza, tomé un bus que me acerca (una parada) al metro, a la salida de la oficina. Mientras esperaba, un señor muy mayor, muy guapo y muy elegante (en el mejor sentido de la palabra: iba perfectamente vestido, con muy buen gusto) me miraba como queriéndome hablar. Así lo hizo, en cuanto pudo. Hablamos de cosas triviales, no recuerdo todo, y me di cuenta de que era gay y que probablemente me había mirado con ojos golositos. De repente eso me tocó la fibra: vi reflejado mi futuro (con suerte, porque a sus ochenta y tantos era un señor estupendo y de lo más digno). Cada día me voy acercando (todos lo hacemos) a la vejez y a la muerte. Sin dramas: las cosas como son (que se lo digan a mi estómago, sensible como nunca estos días).

Así, meditabundo y perturbado, me senté en un banco en el andén del metro. Al hacerlo, un chico infinitamente guapo levantó su cabeza y apenas me miró. Pues bueno, era tan guapo que me dio un escalofrío y me puse muy nervioso e inquieto. ¿No es eso amor? Mira que digo que veo gente guapa cada día y lo comento, pero pocas veces una mirada me ha hecho removerme en mi asiento. ¿Os imagináis que, ahora mismo, él estuviera escribiendo algo similar en su blog? No estaría mal...

Después, mientras esperaba por mi shiatsu con una cerveza, estuve hablando con otra gente que estaba en ello (tercero), desconocida. Les dio por comentar programas de televisión antiguos y épocas pasadas durante más de media hora. A mi ni me apetecía ni me molestaba, pero intentando ser sociable (más por Ester, la novia del masajista, que por el grupo) mantuve, con desgana, la conversación y las sonrisas. Disfruté del masaje y, después, con Dani, su novio Fran y su amigo Antonio , de una conversación, entre irreal y terrorífica, sobre un problema que tenía, éste último, con un alumno que lo ha denunciado por difamación, etc (lo que, cuando éramos adolescentes, decíamos “el profe me tiene manía”, pero llevado a altas instancias). Antonio estaba asustado y los demás sólo le decíamos que si estaba seguro de hacer bien su trabajo que no se preocupara, pero entiendo su estado.

Así que, de vuelta a casa, me dio por pensar en que el tiempo pasa y que no hay que perder ni un minuto. Este pensamiento tan insulso y evidente deberíamos tenerlo en cuenta cada día, pero siempre lo olvidamos y seguimos con nuestras chorradas habituales y nuestros miedos.

No sé, tengo la impresión de que se me olvidan cosas; estos días quería postear y dejar constancia de lo que iba pensando o me iba pasando; pero ahora mismo no se me ocurre nada más sin cambiar de tema.

Por cierto, ¿qué margen se le da a un libro antes de abandonarlo, 20, 50, 100 aburridas páginas?

...ese gran escultor.

3.2.06

Chema Madoz y Josh

Ayer me revisé los ojos. Siempre me da un poco de miedo porque los médicos le dan más importancia a mi problema del que yo desearía; busco unas palabras de ánimo que nunca me ofrecen. Bajé, por primera vez a mi ambulatorio de la zona, armado de gafas y sonrisas lelas. Cuando definieron el término andrógino debieron pensar en mi oftalmólogo/a: me pasé toda la consulta sopesando e intentando saber si era hombre o mujer, tampoco iba a preguntárselo: allá ella/él. Claro que me da igual, pero acostumbrado a una amplia gama de sexos es frustrante no poder encajar (como simple juego) a alguien en uno de ellos. Para rematar la jugada se me ocurrió, ya en la oficina, mirar el sello de su consulta ¡y se llama Marinel!

Por la tarde me acerqué a la exposición de Chema Madoz en Telefónica. Me fié a ciegas (porque no abrí el fichero con las fotos que me mandó) de Marta, que me lo había recomendado esa mañana. Aún ahora sigo sin investigar nada en internet del artista, porque quiero escribir lo que yo sentí con sus fotos, sin influencias de otras opiniones. Y aluciné, vaya si me gustó. Odio la poesía escrita pero supongo que Madoz es poético. Las fotos, artificiosas, son en blanco y negro, formalmente preciosas. Pero el encanto es la composición en sí, lo que sugieren o lo que directamente cuentan. En realidad se trata de varios conceptos simples (al menos tres o más) que están dispuestos y mezclados. Como concepto me refiero a una cosa u objeto, a su definición. No fotografía la amistad ni un paisaje. [Ahora es cuando me enervo ante lo inasible de las palabras, a mi falta de dominio sobre ellas, que envidio de otra gente: no sé explicarme]. Por ejemplo, en la foto del post hay una polea, agua (se supone) un cubo y un rincón y el artista juega con la paradoja que supone sacar agua con un cubo del mismo cubo... Me explico muy mal, mejor os pasáis a ver la exposición o en internet, que estará todo. En otras fotos hay más ironía, otras son más absurdas, pero siempre hay un juego y mucha mucha imaginación (cada foto que iba viendo me asombraba por igual, ninguna me dejó indiferente). Me recordó mucho a Joan Brossa y a la maravillosa exposición (montada entre sábanas blancas ondeantes) que algunos tuvimos la suerte de ver hace tiempo en el Reina Sofía. Vamos ¡id ya!

Por la noche (me da igual GH con lo que queda en la casa) quedé con Josh para tomar unas cañas. Me pasé antes por la casa de María y Fernando, donde, con Mario, hablamos ¡del Estatut! Josh se lió con el sitio de la cita: lo malo de quedar en la puerta del teatro si vives cerca de tres. [Nos conocimos en el penúltimo concierto de Yurena, en verano: Josh me comentó cómo le gustaba mi camiseta de Raspberry Reich y su lema “heterosexuality is the opiate of the masses” que llevaba en mi espalda. Después nos hemos visto de vez en cuando, con más pena que gloria (por mi parte, mira que es un tío majo)] Fuimos a La Chilostra, donde me van a poner un monumento por habitual, y estuvimos a gusto, mejor que otras veces. Hablamos de Philadelphia (vivió un año allí) y de los sitios que ambos conocíamos y nos gustaban. De los pueblos, europeos y norteamericanos... Me fascinaron las historias de su pueblo, en Nuevo Méjico, con sus paseos a caballo y sus ambientes a lo Shirley Jackson (La lotería es uno de mis cuentos de terror preferidos; me encanta esa escritora) y, más moderno, en plan The Straight Story. El disfruta con ese encanto rural (que conocemos poco de los USA) y con su sabor local y sus cotilleos. Más que pueblos (el punto de reunión es el Mall) son granjas o ranchos con mucho terreno deshabitado alrededor, paisajes y campos de labranza, donde casi todo el mundo se conoce. Me encantó todo. Además aprendí el significado de crave (antojo), mi colonia de ayer, y cornhusker (que es la gente que quita las hojas que cubren la panoja del maiz). New México, The Land of Enchantment.

Igual no he elegido la mejor foto de Madoz, pero no quería perder mucho el tiempo: todas son buenas.

2.2.06

Metrobús: fotos

Mis primeros meses en Madrid fueron de asombro (contenido) y continuo. Mis ojos, entonces sanos, no paraban de registrar y, en cierto modo, admirar todo lo que me pasaba alrededor. El metro era mi sitio preferido. Ahora, después de tanto tiempo, no me siento tan fascinado por la gente (hace mucho que leo en el trayecto) pero entonces era casi mejor que el cine. Recuerdo esa sensación y también que el ruido de la línea verde, mi primera vez, fue insoportable (ahora ni lo oigo) como de aviones sobrevolando trincheras. Repito que ahora parece absurdo, pero entonces me dedicaba a elucubrar sobre las vidas de la gente que tenía delante y, bueno, a disfrutar del paisaje: para un pueblerino como yo aquello era viajar en el Arca de Noe...

Hace unos días, en el trasbordo de Núñez de Balboa, casi atropello a dos colegialas estupendas. Me encantan los uniformes de colegio y la gente que los lleva (no hablo de sexo, es algo puramente estético). Las dos chicas se dirigían muy solícitas a darle unas monedas a un chico negro que tocaba un saxofón y yo me crucé en su camino, a todo gas. En el choque a todos nos entró la risa, incluido al músico, que tuvo que dejar de tocar para reírse a gusto y aceptar mis disculpas (aunque yo no sabía a quién dárselas en el embrollo). Qué majos todos.

Ayer me senté al lado de un trío de búlgaros borrachos, un poco desarrapados y tristones (y mira que es raro, ambas cosas). Compartían vino de cartón y bromeaban, sin mala intención, con alguna chica que se sentó cerca. Todo muy cortés, aunque su conversación en búlgaro debía ser una sarta de perrerías continua (como siempre ocurre, aprendí pronto las peores palabras y las pude reconocer mientras los oía). Mira, los tíos estaban más beodos que serenos, pero tenían una chispa y un gracejo que daban ganas de meterse en la ronda del vinazo y pasar del trabajo.

Hace un tiempo el metro se quedó parado (una entre tantas, que cruz) unos minutos, en Gran Vía. En el silencio se oyó un trote, cada vez más cercano, resonado en los pasillos hacía el andén. Apareció un travestí tremendo, que nos miró con indolencia y orgullo, se apostó en la puerta del vagón para que el conductor no arrancara y gritó un nombre, tipo Yessica, hasta que ésta apareció, otro penco con tacones. Los demás estábamos entre acobardados y divertidos y casi no nos atrevimos a mirar a las dos torres durante el trayecto.

Hace unos días montaron en mi vagón dos bakalas tremendas. Pelo moreno y rizado y unos pendientes de aro por el que pasaría un tigre de un circo. Se despidieron de un chico que se quedó en el andén, amigo suyo y, nada más cerrarse las puertas se pusieron a hablar ¡en alemán perfecto! Qué gracia...

Una historia, quizá apócrifa, de un amigo que compró una barra de metal y la apoyó verticalmente. El vagón se llenó de gente y varios se agarraron a la barra, que claro, se vino abajo.

Y... bueno, me eternizaría con estos pequeños “sucesos”, apuntes del transporte público, que no van a ninguna parte pero constatan que todo el mundo es bueno... menos yo: Una noche, en el odiado búho, me levanté para bajar en mi parada. A mi lado, un chico que conocía de vista de otras noches, se desplomó sobre mi, desmayado (y no iba borracho) y yo grité: ¡Que alguien se ocupe de este chico que yo me bajo en ésta parada! Que cutre y que falta de humanidad, qué escena.