
Esta historia es un poco larga; creo que todo es importante y no quiero dejar a nadie fuera…
Conocí a un chico en una plaza de Estambul; ni siquiera se trataba de sexo, quería charlar con alguien desde el primer día. Bebimos cerveza y paseamos, hablamos mucho. Acabamos en un parque donde se oía la música de un festival en un auditorio cercano. Me ofreció de su cerveza y bebí. Mi siguiente recuerdo es en la entrada de mi hotel, con un dolor terrible en mi pie izquierdo y respondiendo que no al recepcionista, que me creía borracho. Al despertar mi pie estaba hinchado y dolorido y habían desaparecido mi pasaporte y el dinero que llevaba conmigo en la noche. Nunca supe cómo llegué al hotel (creo que en taxi) ni como me rompí el hueso. Después de mil gestiones con el consulado (que me hizo un salvoconducto y me prestó dinero, porque mi tarjeta no funcionaba) acabé en el Hospital Americano, de dónde salí con una férula, una especie de tacón elefantino para apoyarme, unas muletas y unas prescripciones que nunca cumplí (como la de mantener el pie en alto en tres días, etc). O me volvía a Madrid o seguía con mis vacaciones, recién comenzadas. Me quedé.
Lo que había en mi bebida me tuvo dos días medio drogado, en un estado extraño que no puedo explicar (tengo una foto que no recuerdo dónde ni quién me la tomó). Por la noche, ante mi desánimo,
Ramazan, un zascandil que paraba por el hotel, me propuso tomar algo en un pub cercano. El bar era de estilo occidental y algunas chicas bailaban en la pista, mientras a mi colega le chispeaban los ojos al verlas. Salimos y él, más que excitado, me arrastró al Hipódromo, donde nos masturbamos uno al otro y mancillamos esas piedras milenarias. No sé por qué lo hice,
Ramazan no me gustaba nada; por eso creo que seguía drogado. De vuelta me hizo jurar que no diría nada a los del hotel, sus amigos.
Quien si me gustaba era
Ahmet, otro de los botones (el que encontró mi lentilla al despertarme de la noche aciaga). No era guapo (o sí), pero tenía unos ojos y piel claros y una sonrisa inmensa y lo mejor: travieso y gestual, expresivo como un payaso orgulloso y divertido, un poco como el protagonista de
Delicatessen (una vez lo
pillé robando un terrón de azúcar, masticándolo y haciendo muecas extremas al darse cuenta que lo estaba observando, para acabar en su sonrisa tan bonita).
Mi segunda noche escayolado,
Ahmet me sacó a pasear por el parque frente al hotel, el paseo donde se enfilan los obeliscos y que acaba en la Mezquita Azul. Apenas hablaba inglés, pero me ofreció su brazo y recogió, con todo tipo de aspavientos divertidos de los que él no era consciente, una flor del parque y me la colocó en un ojal de mi camisa. Podéis imaginar mi sonrisa y mi pecho henchido durante el paseo, mientras
Ahmet intentaba enseñarme en turco, señalando con su brazo libre, como se llamaba todo lo que íbamos encontrando. Decía de si mismo, entre guiños y sonrisas pícaras, que era un sultán, como el famoso en Turquía con su mismo nombre; pero tenía una novia formal, que vivía en un barrio muy lejano y a la que veía los fines de semana. A la vuelta me regaló su pulsera metálica, de verdad bonita y que me pongo muchas veces.
Cada noche terminaba en el
hall del hotel con
Yasin, el más formal y que hablaba inglés bien,
Ahmet, y un chico alto, desgarbado y tímido:
Ali (aunque casi siempre había algún extraño que pasaba a tomar una cerveza con nosotros).
Ahmet preparaba unas tortillas inmensas o pedíamos kebab y cerveza por teléfono y cenábamos, entre risas y malentendidos.
Ali, de inglés nulo y semblante serio, apenas hablaba. Una noche pasaron por televisión una especie de película antigua, clavada a muchas de nuestros años 70 (de
Gracita Morales y tal, con situaciones y personajes exactos, pero con actores turcos y, bueno, que tienen su gracia). Y me reí, junto con
Ali, que me miró cómplice y no dejó de llamarme la atención en cada escena graciosa, para reírnos juntos. [A estas alturas, harto de escayola, había usado unas tijeras enormes para destrozarla y andar libre y cojo: ya me curaría en Madrid a la vuelta] Por la mañana me levanté justo cuando
Ali acababa su turno de noche; me saludó con alegría y me indicó que lo esperara para salir. En la calle, un chico kurdo muy siniestro que había conocido días antes, me sugirió un plan para ese día: unas islas donde no hay coches, solo bicis y carruajes, no recuerdo el nombre. Le explicó todo a
Ali, que salía a mi encuentro y éste decidió acompañarme en la excursión, sin haber dormido nada.
Ali rondaba los 18, hacía poco tiempo que había llegado de su pueblo en Anatolia a buscarse la vida en la capital. Físicamente no era el típico turco (a saber qué otras tipologías hay: es un país grande): alto, rubio pajizo, ojos azules, manazas campesinas y mejillas rojas y un cuerpo a medio hacer (alguien fuerte que parece débil). No era mi tipo, aunque su descripción suene así.
En el puerto, comprar los billetes le resultó arduo (yo habría tardado menos) y se notaba que no lo había hecho antes. Me daba ternura verlo así, perdido, pero también me ponía un poco nervioso y como apenas nos entendíamos, me dejaba llevar.
Cogimos el barco, junto con familias que iban cargadas de compras, de vuelta a casa. Es un trayecto, como cualquiera regular por el Bósforo, con mucho encanto, poco turístico y con mucho
color local.
Ali me arrastraba por las estancias, pero estaba bastante más despistado que yo. Me compró una rosca con sésamo llamada
simit e insistió en que me la acabara. Cuando lo hice le di las gracias e indiqué, tocando mi barriga, que estaba lleno y
Ali, nervioso, desapareció. Volvió con unas cuantas roscas más: en turco mi gesto significaba que tenía hambre; nos costó mucho entendernos, entre risas.
Subimos a la cubierta y echamos trozos de
simit a las gaviotas, que volaban a nuestro lado. Ali tenía sueño y nos acomodamos en un banco a cubierto. Me recosté sobre él y me abrazó con fuerza. [Tengo mucho sueño hoy, espero explicarme bien: todo esto no tiene nada que ver con el sexo. Es más la sensación de querer o ser querido, por definición y sin más, como se quieren a algunos amigos, familia…] Era una sensación tan pura, tan simple (o química) que ambos estábamos eufóricos, nos brillaban los ojos y eso nos hacía querernos más. Curiosamente al no poder hablar, de vez en cuando nos abrazábamos o besábamos en las mejillas, todo muy casto.
La isla no estaba mal, aunque las vistas en el trayecto habían sido increíbles. De vuelta, una turca muy guapa se sentó a mi lado y hablamos. Medio en broma le indiqué a
Ali que intercambiáramos los sitios para sentarse él a su lado y, muy serio, me dijo que no y “I love you”. Seguro que era una de las pocas frases que sabía en inglés y que quiso decirme que prefería mi compañía, pero reconoced que es emocionante, fuera como fuera. Que tíos, estábamos a punto de hundir el barco con el peso de nuestro cariño.
Ali se puso a cantar y yo intenté seguirlo. Ahora no recuerdo nada, pero entonces logré memorizar dos o tres estrofas, sin saber lo que decían.
Ali estaba eufórico al oírme cantar en turco y no dejamos de hacerlo hasta casi llegar hotel (bueno,
Yasin me tradujo más tarde las letras y eran canciones de amor intenso).
Ali durmió un rato y después nos encontramos en un pasillo. Se abrazó a mi con fuerza, llorando y diciendo “my brother, my brother”.
Creo que ha sido mi mejor viaje. Ocurrieron más cosas pero ya me he extendido demasiado. En Madrid me escayolaron de nuevo (no conté nada al médico y a mi familia menos: no volverían a dormir con cada viaje si supieran todo sobre mi accidente) y estuve tres meses soldando mi hueso roto. Con él barrunto lluvias y mal tiempo, aunque no siempre, y se resiente cuando quiere. A veces me escribo con
Yasin, siempre pregunto por los demás. Con él no ocurrió nada tan curioso, pero hablamos mucho cada noche (mi problema, estar cojo, fue una suerte en ese viaje) y nos tomamos cariño.
Volví a Estambul tres años después y me alojé en el mismo hotel, donde me esperaba
Yasin. Su tío, el dueño, me dijo que
Ali estaba en la mili y que
Ahmet no trabajaba allí y que ahora estaba calvo (yo no se lo pregunté),
Ramazan pasaba por allí de vez en cuando, como antaño.
Yasin iba a clases de español y me estuvo preguntando dudas, que no supe explicar bien. Cenamos y nos pusimos al día de nuestras vidas.
Hace año y pico estallaron dos bombas la misma noche en Estambul. No le di mucha importancia cuando lo ví en televisión. Lo de siempre: pena que por cuatro gatos unos se hagan ideas equivocadas de otras gentes. Pero en el bus a Zaragoza leí la noticia en el periódico, y uno de los hoteles (sin víctimas mortales) era el de
Yasin y mis amigos. Estuve inquieto y nervioso hasta que
Yasin contestó a mi correo preocupado: había heridos, nadie grave, él no estaba allí en ese momento y ya pensaban en reconstruir las dos plantas destruidas. Seguro que está mejor que entonces y que la terraza donde se desayuna sigue teniendo las mejores vistas de la Mezquita Azul de toda la ciudad.
Para el que haya llegado aquí: prometo no volver a escribir una entrada tan larga. Tengo fotos de todos.