juancorre

31.12.05

Ángela II

“A., 6-2-91
Salamanca

Hola Irene, ¿cómo estás? Espero que bien. Yo bien y con ilusión pues sigo con la idea de hacerme esa operación y además estoy ahorrando para cuando llegue septiembre o octubre y hacérmela como te dije. Pues Pin no lo sabía, pero luego no sé cómo salió la conversación, que se lo dije, claro. Pero él decía, ahora no se puede y yo le dije para el próximo invierno y todavía me dijo que no. Entonces yo le dije que yo voy a ahorrar y yo creo que de aquí a octubre pues ya tengo el dinero.
Bueno, en resumidas cuentas, es que yo estoy ahorrando y ya tengo 31.000 ptas pues cojo 1000 ptas diarias* así que para agosto o julio ya tengo pensado tener el dinero de la operación.

Irene, tú no digas nada de esto a nadie pues es un secreto entre tú, yo y mis 2 hermanas y luego, cuando me opere, diré en el pueblo que me operé del tabique porque no podía respirar. El que se lo quiera creer que se lo crea y el que no allá él. Irene yo voy a mirar si lo puedo hacer por aquí, en Salamanca también hay un médico muy bueno, mejor dicho, un gran especialista de cirugía plástica y tengo aquí en Salamanca dos buenas amistades médicos y uno de ellos es muy amigo de ese especialista y estoy esperando a ver lo que me dicen, si puedo ir a su consulta o sólo tiene en la Seguridad Social y tampoco sé lo que vale aquí en Salamanca.
Irene cuando me escribas me dices cuánto te costó porque no te entendí bien si era 235.000 ptas o 275…. Tu cuando tengas tiempo me escribes y me lo dices y me mandas todos los datos de donde tú te lo has hecho para ir yo antes del verano a consultarlo.

Irene, mis hermanas se pusieron muy contentas cuando se lo dije y la que está en Inglaterra me dijo que si yo quería ella me ayudaba a pagarla. Yo le dije que no, que esto es un capricho mío, aunque ella algo me mandará porque ella trabaja y su marido y tiene dos hijos y también trabajan y están económicamente bien. Pero bueno, como yo no tengo idea de hacérmela hasta octubre pues tengo mucho tiempo y si veo que aquí en Salamanca no puedo, pues me voy a ese tuyo, mejor dicho, al especialista que te operó a ti, pues tengo una prima de Pin ahí que se queda conmigo el día que me operen.

Irene, ¿qué te parece? ¿a que lo tengo súper preparado? Dios quiera que se me logre y que pueda disfrutar de la cara guapa o mejor que ahora por lo menos 20 años, porque acabo de cumplir 42 años, así que si me la hago para el próximo invierno ya casi tengo 43, más 20 son 63, yo espero pasar aunque sea los 70, eso si Dios quiere.

Bueno Irene, esperando noticias tuyas me despido con un fuerte abrazo.
Saludos a tus hermanos.
Ah, te llamé por teléfono 2 veces y no estabas, pero de todas formas a mi me gusta escribir cartas.
Ángela”

* tienen un bar en el pueblo, se referiría a la caja

Suerte y sucedáneos

¿Existe la suerte? Marta dice que no y Woody Allen que sí. Yo creo que sí, no como conjunción astral ni arrugas en las palmas de mis manos; más bien como una buena respuesta, a tiempo, a una situación favorable (o adversa). Llevado al extremo todo es consecuencia de circunstancias espaciotemporales y no existe lo aleatorio…

Por si acaso siempre hago los rituales de buena suerte. Si hay que dar siete vueltas al escarabajo gigante en el templo de Karnak, me uno a la troupe de japoneses con máscaras protectoras y trato de no perder la cuenta mientras giramos juntos. Si se trata de adivinar el color del manto de la Pilarica, que cambia cada día, me lo voy pensando a medida que me acerco a su vera (acerté, después de muchos intentos: ese día era blanco). En Verona, hace dos meses, pedí deseos amorosos (para mí y mis amigos) bajo el balcón de la casa de Julieta

En la noche de San Juan, hace unos años, nos reuníamos un grupo de gente en la salida del metro de Lago. Cada uno llevaba a sus amigos y comida casera para compartir (allí comí las empanadas chilenas más ricas del mundo: en sucesivos años siempre intentaba sentarme cerca de donde estuvieran) que disponíamos en manteles en un claro de la Casa de Campo. Antes de cenar buscábamos ramitas para hacer la hoguera (en un pote grande, para no provocar incendios) y, a lo tonto, íbamos contactando con los desconocidos (igual nos juntábamos 70 personas) Acabada la comida, escribíamos en un papel las cosas que queríamos quemar y en otro un único deseo sobre el que tenías que dormir hasta el 21 de diciembre. Los textos seguían un encabezamiento ritual curioso, dictado por Flor (una chica genial, con una vara de mando y un novio armenio, un gigante de ojos azules) y que nadie acababa de oír entre el alboroto. Después hacíamos una serie de rituales (en los que aprendí a pedir por el resto de la gente querida) y quemábamos nuestros malos rollos y confiábamos en el destino [Todo esto suena a sectario: al contrario, sólo éramos un grupo de gente con buenas intenciones; que yo sepa, todos agnósticos o bastante descreídos]. La fiesta acababa saltando la hoguerita de la mano de nuestros amigos o con algún recién conocido.

Bueno, pues siempre, siempre se me ha cumplido todo (falta algo que, de momento, va bien). Y eran deseos concretos; aunque no del tipo que me toque la lotería (porque me da igual). Ahora viene la moralina: la más evidente es la cita de Santa Teresa que todos conocemos… Y en otro plan, recordad un capítulo de los Simpsons en el que encontraban una mano de mono de los deseos… Tened cuidado con lo que pedís y especificad al máximo, no dejéis cabos sueltos, que por ahí surgen los problemas.

Mis mejores deseos para el 2006, ahora que estamos tan cerca. Un fuerte abrazo.

29.12.05

Estos días

Miércoles: King Kong, excepto algún momento dinosaurio, me encanta. Además, detrás tenemos a tres mejicanos que no paran de comentarlo con gracia, es imposible cabrearte con ellos si te mueres de risa con sus chorradas. A Israel le aburre la peli, tanto que ni quiere tomar algo a la salida.

Jueves: veo GH con Nerea, cenamos de nuestras cestas y disfrutamos del programa juntos, que es como debe ser.

Viernes: quedo con Marta e Inma que tienen problemas amorosos, cada una el suyo. El de Marta llega después, pegado a un móvil y a un muñeco sin ojos, tipo clic de Famobil. Están tristes y no se me ocurre la manera de consolarlas (seguro que nada es grave). Quedo con un grupo muy majo al que hace tiempo que no veo y después, semiborracho, me escapo a un sitio gay donde conozco a un chico. No me fío de mis elecciones etílicas pero tampoco me lanzaría así si no lo estuviera. Un dilema. Lo olvidaba: un rato antes me saludo con otro y recién presentados me ofrece “azotarme el culo y después metérmela a fondo”. Nadie me lo había dicho antes, me hace sonreír, le doy un pico y salgo corriendo. Así que, de vez en cuando, se me acerca y me dice “Venga, Juan, vamos…” lo que me hace sonreír más. Encima es un tío guapo y majo.

La Nochebuena es la más tranquila de las que recuerdo: bien. Lo que puede llegar a cansar una familia si no tienes dónde escaparte (yo tengo).

Domingo mañana: fresco y alegre visito a los padres de una ex-amiga. No han cambiado nada desde hace ya casi 15 años: las mismas risas y obsesiones. Me hablan como si me hubieran visto el día antes, me siento entre acogido e ignorado.
Por la tarde quedo con Israel y cenamos en mi casa. Le ha dado por una vena “antitodo lo establecido” un poco simple, que no deja de ser de manual e irritante (anti-cine americano, anti-Navidad…¿qué mas da? ¡Disfruta de lo bueno de todo ello!) Nos escapamos al Gris, diría que mi bar preferido, donde esa noche la música es un poco rayante y los jóvenes modernos nos miran con buenos ojos (algunos): para ellos somos maduros interesantes. Vuelvo al sitio gay y me enamoro (es un decir: a simple vista) de un chico estupendo. Me siento a su lado, pero muerto de miedo. Un chico gordito se me adelanta y huyo cuando llego al momento en el que mi adorado le dice al otro “Eso se lo dirás a todos…” Con esta frase mi interés por él baja un 1 %, lo suficiente como para escaparme.

Lunes tarde: quedo con Maribel y Jezabel para darnos un shiatsu entre caña y caña. Están muy majas e incluso me invitan a su casa… [ Un día paseaba con ellas, Maribel con su microfalda habitual y sus piernas perfectas y Jezabel también rompedora, cuando un borrachín callejero me dice “Tío, qué suerte tienes con esas dos…” Si él supiera, que curioso] Después, en casa, zapeo y recuerdo lo cutre que es la tele (la veo tan poco que se me olvida)

Martes tarde: vino en casa de Gema, con Maripi y Dani y una gata que se acomoda en mi pierna y me clava las uñas cuando ronronea. Gema dice que es porque está a gusto: la gente también nos encogemos, de frío y de gustito. Quedo con Josito, que está en una dinámica que no entiendo (o que entiendo, pero no acepto y me enerva) y me escapo a casa de Israel, que está con Jon y fumamos maría. Nos reímos mucho. Como no estoy acostumbrado me da tanta sed que siempre tengo la boca seca: a ellos les da hambre. Después vamos a uno de los sitios que más odio de Madrid, el Why Not?, y huyo a casa con las pupilas extralarge.

Miércoles: en el AVE hay un chico clavado a Jude Law. En todo, físico, actitud e incluso ropa, como british. Como no abre la boca (rellena un libro llamado Sudoku Master) me imagino que estoy con el actor. En realidad estoy convencido de ello hasta que no abraza a una chica bajita y gorda que viaja a su lado. Me suena que no es su novia, quién sabe.

Todos estos días he comido con mi familia, así que he viajado en metro mucho.

27.12.05

Una historia de narices

Mi hermana tenía una nariz grande y fea; aunque no mucho, ni lo uno ni lo otro. Después de oír una conversación en el metro en el que dos chicos se mofaban de ella ("mira, doña Urraca") llegó a casa y, entre llantos, nos aseguró que sus primeros ahorros serían para operarse. A mí la idea me encantó, más por ella misma que por su nariz, que no era nada extraña. El día antes de la operación nos despedimos de su nariz original y la acompañamos a una clínica muy famosa en la que le asignaron una habitación llamada Amapola y con decoraciones en rojo. Todo salió bien y ahora nadie se acuerda de su imagen pasada.

Meses después mi hermana recibió esta carta…

"22-1-91
A., Salamanca
Hola Irene, soy la mujer de Pin. Hace unos días me enteré por Antonio el peluquero de Roque que te habías hecho una operación en la nariz y luego hablé con tu madre y me dijo que habías quedado muy guapa de lo cual me alegro mucho. No sé si tu te acordarás algo de mi pero yo también me gustaría hacerme esa operación. Siempre me la quise hacer pero valía mucho dinero, pero hoy, aunque yo tenga 42 años sigo con esa idea de operarme. Hace un año salió en el periódico un buen especialista de estética y decía que lo que más trabajaba era de nariz pero todavía son las fechas que no he ido a consultarlo. Pero ahora, cuando hablé con tu madre, de verdad que estoy decidida. Yo no tengo miedo a la operación pues ya he entrado a quirófano 4 veces por otras operaciones. De todas formas no es ningún plato de gusto pero como se suele decir el que algo quiere algo le cuesta.
Me gustaría que me escribieras y me cuentes algo y si me puedes decir cuanto te costó en total pues yo le pregunté a tu madre y me dijo que 200.000 ptas, que todo muy bien y en una clínica. Dime si el chequeo que hacen te lo hacen ellos o es aparte y cuantos días estás en la clínica y si tienes que tener el vendaje mucho tiempo y me escribes. Dime si hay que pedir día y hora y me mandas la dirección pues yo tengo idea de ir a Madrid dentro de un mes y quizás me acerque a la consulta del médico que te operó. Dime si tiene o se puede llamar por teléfono. Irene, yo la verdad estoy muy decidida, mi marido no mucho pues él no se cree que estoy tan decidida. La cosa que si les gusta verte guapa y arreglada pero en cuanto les hablas del dinero ya cambian. Por eso me gustaría que antes de yo ir a esa consulta me gustaría que tu me dijeras como va todo y, lo principal, por cuanto me va a salir para decírselo a Pin.
Bueno, muy agradecida espero tu contestación.
Un abrazo.
Ángela.
Irene, perdona por las faltas de ortografía, mis estudios fueron muy bajos"

… que fue la primera de seis cartas geniales y muy especiales en las que Ángela nos fue conquistando a golpe de ternura: todas tienen frases preciosas y memorables. Creo que pocas veces habíamos hablado con Ángela antes de esto: es una mujer seria (aunque a mí siempre me había caído bien) De hecho, ella no sabe que las leíamos mis hermanas y yo y que nos encantaban. Por aquella época estábamos enganchados a Cristal y a estas cartas, con ambos se nos escapaban algunas lagrimitas (las de Cristal de pura risa)

Ángela se operó y luce nueva nariz desde hace ya unos años. Hoy, aprovechando estas reuniones familiares le he preguntado a Irene por las cartas y me las ha pasado. Siguen teniendo el encanto de entonces y me recuerdan por qué Ángela es de lo mejor de mi pueblo.

20.12.05

Desencuentros

Sé de alguno que me va a matar cuando lea lo siguiente.

Ayer Luis y Julia estaban esperándome a la salida de la piscina. Según salíamos, un chico vestido de blanco entró y me quedé mirándolo, me parecía guapo en extremo y muy atractivo. Hoy, en teoría mi penúltimo día en esta ciudad, volví a nadar. En las duchas me ha parecido ver al chico de ayer, pero con mis problemas de visión no podía asegurarlo. Tenía un cuerpo precioso, con una piel blanca que seguramente es la más suave del mundo. Cuando ha salido de la ducha se ha acercado a los vestuarios, donde yo estaba secándome y ha dicho (a si mismo), en un susurro, ay dios mío… He pensado que igual lo había dicho porque se había dado cuenta de que lo miraba (y no le gustaba) y me he cortado mucho. He salido y, al terminar de ponerme mis lentillas en el servicio exterior, me lo he encontrado de nuevo. Casi hemos salido juntos, se ha vuelto a mirarme antes de montar en su coche. Después he estado diez minutos en la esquina, mirando al coche y decidiendo si saludarlo o no y él ha seguido en su coche, sin arrancar… Bueno, que me he cortado mucho y no me he atrevido a decir nada. Como siempre; no sé qué coños me pasa pero estas cosas (estos “encuentros”) me ocurren cada cierto tiempo y no soy capaz de superarlas. Es, evidentemente, un problema de inseguridad y de autoestima y quizá de falta de práctica, pero me muero literalmente de miedo enfrente de alguien que me gusta mucho. Así me va… Lo ridículo de todo es que hoy, el chico probablemente estaba más asustado que yo (o no, no sé) porque no pasaba de 25 y seguro que me veía como un treintañero con experiencia y seguro de mi mismo; vamos, que el primer paso lo debía haber dado yo.

Cuando viajo me pasa justo al contrario: todo me importa un pimiento y no me corto nada y conozco a mucha gente muy interesante. No entiendo como no puedo hacer lo mismo aquí, nada me lo impide, pero hay un bloqueo que no me lleva a nada bueno.

17.12.05

Orleans Parish Prison

Acabo de ver Down By Law, estoy encantado. Qué película más genial. Después de la decepción (tenía demasiadas expectativas) de Broken Flowers reconforta reencontrarse con el Jarmusch que me gusta, el de Stranger Than Paradise (cuando la vimos en la Filmo, Carlos se sentó sobre una señora muy pequeña pensando que el asiento estaba libre: llegamos tarde y estaba oscuro). Me gustan mucho Ghost Dog y Night on Earth, tampoco he visto muchas más. En ésta John Lurie me da mucho morbo y cada frase de Roberto Benigni es más divertida que la anterior. Con lo poco fan que soy del histrión, Benigni arriesga y roza el límite pero se apodera de un personaje divertido que habla inglés a voces con un acento italiano descacharrante (miedo me da imaginar su doblaje al español) No quiero destripar escenas, porque las hay soberbias, desde el principio, tanto las “serias” como las divertidas. Necesitaba ver algo así, después de la paliza (física, moral y mental) de El Jardinero Fiel, que ví hace poco (y me encantó).

Hoy hago dos turnos seguidos en mi trabajo (16 horas en total) y me quedan unas cuantas más películas por ver. El problema, después de ésta, es que las que tengo me dan miedo: Leolo, Funny Games, Men with Guns… de echarse a temblar.

Anteayer tuvimos una visita curiosa: un grupo de cincuenta orientales (yo diría chinos) cargados cada uno con una cámara y que nos hicieron fotos sin parar. Llevaban varios traductores: uno de castellano a inglés y otro de inglés a chino. Cuando uno de nuestros jefes ha soltado “I am director of this” con un inglés vallecano y tocándose el pecho cual King Kong, el resto hemos agachado la cabeza para poder sonreír a gusto. Dos rezagadas se han puesto a preguntarme cosas pero apenas se enteraban de lo que les contaba. En dos años podremos comprar trenes chinos a precio de saldo: lo de las cámaras me sonada a espionaje industrial.

Me queda poco por aquí: pronto cambio de trabajo. En el próximo (crucemos los dedos para que todo salga bien) tendré que ir de traje y corbata y no estoy acostumbrado. Me fastidian esas pretensiones: seguiré siendo un currito, pero disfrazado de vendedor de Tecnocasa (por poner un ejemplo). A ver si me apaño hasta las rebajas, que paso de gastar un duro en trajes.

Ayer me encontré a Gasama en la piscina, después de casi un año sin vernos. No acaba de gustarme, hay algo oscuro en él (bromas aparte: es negro) que hace que no me mate por saludarlo y me hice el despistado. Con otra gente sería natural no haberlos visto, sin lentillas veo fatal, pero Gasama es el único negro en esa piscina. En 30 segundos me contó que volvió a su país (Uganda, creo) que se deprimió con lo que vio y tuvo que descansar en la Costa Brava después y que se cayó desde seis metros y se rompió algo.

16.12.05

Wilwood, NJ


Uno de mis sitios preferidos del mundo es Wildwood, New Jersey. No sé por qué ni recuerdo desde cuándo mi fascinación por los moteles norteamericanos… Supongo que, como muchas cosas más, tiene que ver con el cine. Me acuerdo ahora de Heat, de Paul Morrissey, donde casi toda la película transcurre en la piscina del típico motel americano de dos plantas y forma de u, en la que lo único memorable es el propio escenario y el cuerpo, siempre desnudo, de Joe Dallesandro. También me encantan los autobuses escolares amarillos, los autocines (drive-in) etc, etc. Hablo de objetos o lugares, que hay otras muchas cosas de los USA que me gustan; y otras tantas que detesto…

Bueno, el caso es que Jay, sabiendo mi motelmanía, planeó unos días en Wildwood. El camino hacia la costa pasa por bosques con leyendas oscuras y nombres antiguos (leñadores fantasmas con hachas voraces, batallas de independencia, ciervos descarriados… muy Hawthorne). La primera parada fue en Atlantic City, paraíso kistch de casinos repletos de jubilados autómatas con un vaso inmenso de plástico con monedas y decoraciones de cartón-piedra dignas de la más infame Cortilandia. Después, de camino, nos hicimos una foto con Lucy, la preciosa casa-elefanta de madera que aparece en la película de Malle. Y se continúa atravesando puentes con peaje entre lagunas y entrantes marinos donde se ven unas casas costeras (altas, blancas, grises, azul pálido, el tejado en varias inclinaciones…) que podrían haber inspirado a Hopper y a sus cuadros más desolados y luminosos.

Llegamos al motel reservado, pintado en amarillo y verde y con la planta típica. El recepcionista era un señor mayor muy afable, con ganas de conversación. Me pareció un americano con otro ritmo, vivía en el tiempo de las batallas que nos contaba; me gustaba mucho. La habitación tenía colores y decoración de los cincuenta, con un baño en rosa chicle increíble. Dimos un paseo en coche por la ciudad entusiasmados con los moteles. Todos son de los cincuenta/sesenta, con una arquitectura muy cálida y cuidada y con los carteles con sus nombres y la tipografía de esa época. Los sitios se llamaban La Riviera, Madrid, La Vita, Montecarlo, Saratoga Inn, Hawai Kai, Admiral… en ese plan. Os aseguro que todos, todos, eran fascinantes (y había cientos). Jay me contó que muchos estudiantes de arquitectura pasaban temporadas en Wildwood estudiando esas construcciones. Curiosamente la ciudad no tiene demasiado encanto para el americano medio: es un sitio de playa barato donde muchas familias pasan sus vacaciones, un Benidorm o un Salou cualquiera (aunque hay apasionados de la zona, que he visto muchas páginas en internet de fans).

Después dimos un paseo a pie por el centro donde compramos fudge (un dulce parecido al toffe, un poco empalagoso pero una delicia para golosos como yo) y recorrimos el paseo marítimo, hecho de tablones de madera, precioso. A un lado, pegando al mar, estaba el parque de atracciones, repleto de barracas luminosas, trenes de la bruja y norias, montañas rusas y gritos de susto y alegría. Nos cruzamos con varias parejas de marineros con el uniforme blanco de pantalones acampanados y visera marcial y nos asomamos a un salón donde un grupo de negros cantaba espirituales. Varios niños paseaban con sus perros y comían algodón de azúcar. Jay, que había veraneado allí con su familia muchas veces, estaba tan asombrado como yo por tanta acumulación de cosas anacrónicas y tan homogéneas. Parecíamos pasear dentro de un cuadro de Norman Rockwell; sentía nostalgia en un escenario que no era ni había sido mío (eso nos pasa a los que estamos maleados por la cultura). Por la noche fuimos a las zonas de marcha, bares y discos que nos devolvieron al tiempo presente, más feo que los cincuenta, esos años pop que extrañamos tanto sin haberlos conocido.

Siempre he pensado en volver a Wildwood, con mi cámara y una bici para sacar fotos a todos y cada uno de los moteles. Desde aquí invito a quien quiera acompañarme.

14.12.05

Simit

Esta historia es un poco larga; creo que todo es importante y no quiero dejar a nadie fuera…

Conocí a un chico en una plaza de Estambul; ni siquiera se trataba de sexo, quería charlar con alguien desde el primer día. Bebimos cerveza y paseamos, hablamos mucho. Acabamos en un parque donde se oía la música de un festival en un auditorio cercano. Me ofreció de su cerveza y bebí. Mi siguiente recuerdo es en la entrada de mi hotel, con un dolor terrible en mi pie izquierdo y respondiendo que no al recepcionista, que me creía borracho. Al despertar mi pie estaba hinchado y dolorido y habían desaparecido mi pasaporte y el dinero que llevaba conmigo en la noche. Nunca supe cómo llegué al hotel (creo que en taxi) ni como me rompí el hueso. Después de mil gestiones con el consulado (que me hizo un salvoconducto y me prestó dinero, porque mi tarjeta no funcionaba) acabé en el Hospital Americano, de dónde salí con una férula, una especie de tacón elefantino para apoyarme, unas muletas y unas prescripciones que nunca cumplí (como la de mantener el pie en alto en tres días, etc). O me volvía a Madrid o seguía con mis vacaciones, recién comenzadas. Me quedé.

Lo que había en mi bebida me tuvo dos días medio drogado, en un estado extraño que no puedo explicar (tengo una foto que no recuerdo dónde ni quién me la tomó). Por la noche, ante mi desánimo, Ramazan, un zascandil que paraba por el hotel, me propuso tomar algo en un pub cercano. El bar era de estilo occidental y algunas chicas bailaban en la pista, mientras a mi colega le chispeaban los ojos al verlas. Salimos y él, más que excitado, me arrastró al Hipódromo, donde nos masturbamos uno al otro y mancillamos esas piedras milenarias. No sé por qué lo hice, Ramazan no me gustaba nada; por eso creo que seguía drogado. De vuelta me hizo jurar que no diría nada a los del hotel, sus amigos.

Quien si me gustaba era Ahmet, otro de los botones (el que encontró mi lentilla al despertarme de la noche aciaga). No era guapo (o sí), pero tenía unos ojos y piel claros y una sonrisa inmensa y lo mejor: travieso y gestual, expresivo como un payaso orgulloso y divertido, un poco como el protagonista de Delicatessen (una vez lo pillé robando un terrón de azúcar, masticándolo y haciendo muecas extremas al darse cuenta que lo estaba observando, para acabar en su sonrisa tan bonita).

Mi segunda noche escayolado, Ahmet me sacó a pasear por el parque frente al hotel, el paseo donde se enfilan los obeliscos y que acaba en la Mezquita Azul. Apenas hablaba inglés, pero me ofreció su brazo y recogió, con todo tipo de aspavientos divertidos de los que él no era consciente, una flor del parque y me la colocó en un ojal de mi camisa. Podéis imaginar mi sonrisa y mi pecho henchido durante el paseo, mientras Ahmet intentaba enseñarme en turco, señalando con su brazo libre, como se llamaba todo lo que íbamos encontrando. Decía de si mismo, entre guiños y sonrisas pícaras, que era un sultán, como el famoso en Turquía con su mismo nombre; pero tenía una novia formal, que vivía en un barrio muy lejano y a la que veía los fines de semana. A la vuelta me regaló su pulsera metálica, de verdad bonita y que me pongo muchas veces.

Cada noche terminaba en el hall del hotel con Yasin, el más formal y que hablaba inglés bien, Ahmet, y un chico alto, desgarbado y tímido: Ali (aunque casi siempre había algún extraño que pasaba a tomar una cerveza con nosotros). Ahmet preparaba unas tortillas inmensas o pedíamos kebab y cerveza por teléfono y cenábamos, entre risas y malentendidos. Ali, de inglés nulo y semblante serio, apenas hablaba. Una noche pasaron por televisión una especie de película antigua, clavada a muchas de nuestros años 70 (de Gracita Morales y tal, con situaciones y personajes exactos, pero con actores turcos y, bueno, que tienen su gracia). Y me reí, junto con Ali, que me miró cómplice y no dejó de llamarme la atención en cada escena graciosa, para reírnos juntos. [A estas alturas, harto de escayola, había usado unas tijeras enormes para destrozarla y andar libre y cojo: ya me curaría en Madrid a la vuelta] Por la mañana me levanté justo cuando Ali acababa su turno de noche; me saludó con alegría y me indicó que lo esperara para salir. En la calle, un chico kurdo muy siniestro que había conocido días antes, me sugirió un plan para ese día: unas islas donde no hay coches, solo bicis y carruajes, no recuerdo el nombre. Le explicó todo a Ali, que salía a mi encuentro y éste decidió acompañarme en la excursión, sin haber dormido nada.

Ali rondaba los 18, hacía poco tiempo que había llegado de su pueblo en Anatolia a buscarse la vida en la capital. Físicamente no era el típico turco (a saber qué otras tipologías hay: es un país grande): alto, rubio pajizo, ojos azules, manazas campesinas y mejillas rojas y un cuerpo a medio hacer (alguien fuerte que parece débil). No era mi tipo, aunque su descripción suene así.

En el puerto, comprar los billetes le resultó arduo (yo habría tardado menos) y se notaba que no lo había hecho antes. Me daba ternura verlo así, perdido, pero también me ponía un poco nervioso y como apenas nos entendíamos, me dejaba llevar.

Cogimos el barco, junto con familias que iban cargadas de compras, de vuelta a casa. Es un trayecto, como cualquiera regular por el Bósforo, con mucho encanto, poco turístico y con mucho color local. Ali me arrastraba por las estancias, pero estaba bastante más despistado que yo. Me compró una rosca con sésamo llamada simit e insistió en que me la acabara. Cuando lo hice le di las gracias e indiqué, tocando mi barriga, que estaba lleno y Ali, nervioso, desapareció. Volvió con unas cuantas roscas más: en turco mi gesto significaba que tenía hambre; nos costó mucho entendernos, entre risas.
Subimos a la cubierta y echamos trozos de simit a las gaviotas, que volaban a nuestro lado. Ali tenía sueño y nos acomodamos en un banco a cubierto. Me recosté sobre él y me abrazó con fuerza. [Tengo mucho sueño hoy, espero explicarme bien: todo esto no tiene nada que ver con el sexo. Es más la sensación de querer o ser querido, por definición y sin más, como se quieren a algunos amigos, familia…] Era una sensación tan pura, tan simple (o química) que ambos estábamos eufóricos, nos brillaban los ojos y eso nos hacía querernos más. Curiosamente al no poder hablar, de vez en cuando nos abrazábamos o besábamos en las mejillas, todo muy casto.

La isla no estaba mal, aunque las vistas en el trayecto habían sido increíbles. De vuelta, una turca muy guapa se sentó a mi lado y hablamos. Medio en broma le indiqué a Ali que intercambiáramos los sitios para sentarse él a su lado y, muy serio, me dijo que no y “I love you”. Seguro que era una de las pocas frases que sabía en inglés y que quiso decirme que prefería mi compañía, pero reconoced que es emocionante, fuera como fuera. Que tíos, estábamos a punto de hundir el barco con el peso de nuestro cariño. Ali se puso a cantar y yo intenté seguirlo. Ahora no recuerdo nada, pero entonces logré memorizar dos o tres estrofas, sin saber lo que decían. Ali estaba eufórico al oírme cantar en turco y no dejamos de hacerlo hasta casi llegar hotel (bueno, Yasin me tradujo más tarde las letras y eran canciones de amor intenso). Ali durmió un rato y después nos encontramos en un pasillo. Se abrazó a mi con fuerza, llorando y diciendo “my brother, my brother”.

Creo que ha sido mi mejor viaje. Ocurrieron más cosas pero ya me he extendido demasiado. En Madrid me escayolaron de nuevo (no conté nada al médico y a mi familia menos: no volverían a dormir con cada viaje si supieran todo sobre mi accidente) y estuve tres meses soldando mi hueso roto. Con él barrunto lluvias y mal tiempo, aunque no siempre, y se resiente cuando quiere. A veces me escribo con Yasin, siempre pregunto por los demás. Con él no ocurrió nada tan curioso, pero hablamos mucho cada noche (mi problema, estar cojo, fue una suerte en ese viaje) y nos tomamos cariño.

Volví a Estambul tres años después y me alojé en el mismo hotel, donde me esperaba Yasin. Su tío, el dueño, me dijo que Ali estaba en la mili y que Ahmet no trabajaba allí y que ahora estaba calvo (yo no se lo pregunté), Ramazan pasaba por allí de vez en cuando, como antaño. Yasin iba a clases de español y me estuvo preguntando dudas, que no supe explicar bien. Cenamos y nos pusimos al día de nuestras vidas.

Hace año y pico estallaron dos bombas la misma noche en Estambul. No le di mucha importancia cuando lo ví en televisión. Lo de siempre: pena que por cuatro gatos unos se hagan ideas equivocadas de otras gentes. Pero en el bus a Zaragoza leí la noticia en el periódico, y uno de los hoteles (sin víctimas mortales) era el de Yasin y mis amigos. Estuve inquieto y nervioso hasta que Yasin contestó a mi correo preocupado: había heridos, nadie grave, él no estaba allí en ese momento y ya pensaban en reconstruir las dos plantas destruidas. Seguro que está mejor que entonces y que la terraza donde se desayuna sigue teniendo las mejores vistas de la Mezquita Azul de toda la ciudad.

Para el que haya llegado aquí: prometo no volver a escribir una entrada tan larga. Tengo fotos de todos.