juancorre

8.4.08

Little Amsterdam

Hace unos años, de camino a Philadelphia, recalé en Schiphol unas horas. Supongo que por mi aspecto, porque no había abierto la boca todavía, un chico (si, bien guapo) me preguntó en español (con acento portugués) si le podía hacer una foto. Claro. Y, lo mejor, me pidió una foto mía, con su propia cámara predigital. Posé, como mejor pude, entre el asombro y el rubor. Salí, como siempre en estos casos, disparado y unos milisegundos después, como casi siempre, renegando de mi poco arrojo y rapidez mental. La enésima vez que debería haberla cazado al vuelo… y me escapo.

Johan trabaja en KLM y como acababa esa noche (de hace dos semanas) poco después de la llegada de mi vuelo, quedamos en ir juntos a la casa de Nadia, mi host en Ámsterdam (que viajaba por Sudamérica). El tranvía, casi vacío, nos dejó en un barrio residencial de bloques grises de poca altura. En principio la casa de Nadia me pareció bonita, pero un tanto básica, desatendida. Después le ví la gracia y, por así decirlo, me cayó bien. [Una casa vacía. Es casi inevitable hacerse una idea de su dueño observando los objetos que contiene. Fotos de estudio de un adolescente negro, de su infancia... Comida, la mitad indescifrable, en la nevera. Decenas de ungüentos y productos de belleza en el baño, como muchas mujeres, a medio usar, desplazados por nuevos botes y reclamos. Etc. Lo miré todo sin tocarlo, de pasada, respetando la habitación cerrada de Nadia, tan negra como ¿su dueña?]

Por la mañana me acerqué al centro siguiendo la vía del 17. Dos hermanas mejicanas me preguntaron por la casa de Ana Frank; nos acercamos juntos. Seguían una especie de gincana cultural de dos semanas, espantadas de los precios europeos (y eso que no habían llegado a Madrid) Las dejé en la cola, no quería esperar. Me acerqué a la Dam, céntrica y rodeada de calles comerciales. De ahí a la estación central y el barrio rojo que, aunque lo sepas de antemano, impresiona ver tantas putas en los escaparates. Por el escenario, por lo extraño de estar a centímetros de una mujer desnuda, por la urgencia del paseo o no sé porqué, me parecieron irreales, maniquís sexuales sin gracia (claro, no me excitan las mujeres y, casi, ni los desnudos) Olía, toda la ciudad (otro tópico, pero cierto) a porro. Y, por seguir ahí, y según Johan: ¡todo el mundo tiene una bici!

El resto del viaje es lluvia y nieve. Un frío horrible, soportable, y el agua (sin caer a cántaros, pero siempre presente) que se colaba en mi poncho de plástico (odio los paraguas) y que abandoné por aburrimiento. Una pena, porque la ciudad debe lucir radiante y preciosa en días soleados, perfecta para pasear entre sus canales.

Por la noche, con mi mapa chorreando y borroso me acerqué al Prik (un bar gay más: muchos grupos de amigos y risas, lo de siempre). El Cuckoo's Nest era de otra calaña, más directo. Me senté sobre un taburete con una cerveza, posicionándome y observando el percal, poco apetecible. Respondí a la sonrisa de un chico que parecía un poco achispado. Mientras hablábamos, Ahmed (de Marrakech) rozaba su paquete con mi pierna y le propuse bajar a las cabinas. Nos entendimos, pero no rematamos, problemas logísticos. Después de otro malentendido volé hacia el de Barderij, muy recomendable. La barra en forma de u (mira que me gustan) era gobernada por una señora cincuentona, con ropa de su edad dorada. El público, de la quinta de la camarera (aunque salpicado de alguna pareja joven, mixta) charlaba con empeño, como en un bar de pueblo. Sonaba una especie de folclore holandés (supongo) como remate a una decoración sobria en madera, alterada sólo por unas lámparas de cristales blancos arracimados. O estaba borracho (que puede) o me pareció el bar más acogedor del universo. Y eso que lo observaba desde mi taburete, incapaz de pegar la hebra con nadie.

Me da pereza escribir más (tampoco la noche dio mucho de si).

Descubro, nunca es tarde, que Little Britain está hecha del humor que valoro y que disfruto. Me muero de risa con subtítulos.