Sebastien

Hace cuatro años, en esas horas muertas estivales que tanto me gusta pasar en el pueblo, apareció de repente en la plaza un grupo numeroso de ciclistas, altos y rubios. Era la hora del café y la partida, únicos remedios contra la galbana. En eso estaríamos cuando, rojos de cansancio, varios ciclistas intentaron hacerse entender con Jesús, detrás de la barra. No recuerdo cómo pero acabé traduciendo las demandas del pelotón que me iba diciendo Sebastien, encantado de hablar en inglés con alguien. Charlamos de su viaje (una especie de ruta de Santa Teresa) y de la imagen que tenían de los españoles después de un atropello sin consecuencias, pero con malas maneras por parte del camionero, a uno de ellos. Saciaron hambre y sed ( Sebastien, absorto conmigo, apenas bebió agua) tomaron algunas fotos de las mesas de dominó y mus y se pusieron en camino. Me ofrecí a acompañarlos un rato con mi bici, pero a los dos kilómetros, harto de una rara y molesta lluvia, me volví, intentando memorizar el correo que Sebastien me ofreció a última hora. Me gustó, tenía algo en su porte y su sonrisa, algo franco y limpio, claro como sus ojos. Una especie de flechazo, supongo que ante casi cualquier persona ajena al pueblo que me sonriera. En el café, de vuelta, pedí un boli y apunté lo que pensé era su correo, harto difícil.
Logré contactar, no sin esfuerzo y probando a escribir variaciones de lo que había apuntado, hasta que Sebastien contestó. Me dijo que había sido una tarde muy especial, de las mejores del viaje, por mi conversación. La verdad es que me emocioné y no quise hacerme ilusiones (ni siquiera era mi tipo: tan joven y rubio) pero notaba cierta corriente entre los dos, mucho entusiasmo alimentado por triviales charlas al messenger durante meses (quería estudiar una ingeniería y después irse voluntario para Médecins Sans Frontières. Otra mañana me reprendió porque fui a trabajar sin haber dormido, de empalmada, etc) Me estaba creando una especie de amor virtual sin frutos, entre mi arrebato y mi secano sentimental prolongado, que acabó extinguiéndose por si mismo.
El viernes, casi saliendo del trabajo camino al aeropuerto, me acordé de Sebastien y le escribí con mi plan y mi móvil. Ya en casa de Marc (mi anfitrión de ebab) recibí un sms de Sebastien y quedamos esa noche en la Grand Place, después de varios mensajes cada vez más entusiastas por ambas partes. Ni siquiera estaba seguro de recordarlo, hacía tanto tiempo…Me esperaba, junto a su novia, bajo la bandera belga de la torre mayor. Parecía cambiado o distinto a lo que recordaba: ahora un pelo castaño imposible y alocado, cuerpo más hecho, los mismos ojos sonrientes y claros. Estudiaba en una ciudad al sur, cerca de su puebloy de Charleroi, pero estaba esos días visitando a su novia en Bruselas. Se marchaba al día siguiente (fue pura casualidad nuestro encuentro) Buscamos una estatua a la que si acaricias se cumple un deseo (en obras) el Manneken Pis (preguntamos y ¡nadie sabía dónde estaba!) y al final un bar donde había cientos de cervezas distintas. Éramos tres turistas en una ruta propia de turistas.
Sebastián es una especie de doncel, en todos los sentidos. Piel blanca y fina, labios gruesos, ojos verdes grandes, pelo castaño y libre, como ciertos retratos medievales. Su guapa novia también tiene pinta de princesa de cuento. Estuvo un año en un centro de acogida para niños, en Mejico y hablaba español con soltura. Nos sentamos los dos frente a ella en un banco, con una cerveza oscura y rica, servida en una botaza de cristal por la que había que pagar una fianza. Cierto: estábamos contentos de vernos de nuevo. Hablamos mucho. Después de medianoche, claro, tenían que irse porque salía el último tranvía al apartamento de ella.
Di un paseo a solas. Encontré un edificio con una luminaria impresionante, un rascacielos multicolor y juguetón, fascinante. Cerca de casa dos moros me pidieron un cigarrillo y uno de ellos se ofreció a dormir conmigo, en español. Estaba tan agotado que le dije que no con una sonrisa.
Logré contactar, no sin esfuerzo y probando a escribir variaciones de lo que había apuntado, hasta que Sebastien contestó. Me dijo que había sido una tarde muy especial, de las mejores del viaje, por mi conversación. La verdad es que me emocioné y no quise hacerme ilusiones (ni siquiera era mi tipo: tan joven y rubio) pero notaba cierta corriente entre los dos, mucho entusiasmo alimentado por triviales charlas al messenger durante meses (quería estudiar una ingeniería y después irse voluntario para Médecins Sans Frontières. Otra mañana me reprendió porque fui a trabajar sin haber dormido, de empalmada, etc) Me estaba creando una especie de amor virtual sin frutos, entre mi arrebato y mi secano sentimental prolongado, que acabó extinguiéndose por si mismo.
El viernes, casi saliendo del trabajo camino al aeropuerto, me acordé de Sebastien y le escribí con mi plan y mi móvil. Ya en casa de Marc (mi anfitrión de ebab) recibí un sms de Sebastien y quedamos esa noche en la Grand Place, después de varios mensajes cada vez más entusiastas por ambas partes. Ni siquiera estaba seguro de recordarlo, hacía tanto tiempo…Me esperaba, junto a su novia, bajo la bandera belga de la torre mayor. Parecía cambiado o distinto a lo que recordaba: ahora un pelo castaño imposible y alocado, cuerpo más hecho, los mismos ojos sonrientes y claros. Estudiaba en una ciudad al sur, cerca de su puebloy de Charleroi, pero estaba esos días visitando a su novia en Bruselas. Se marchaba al día siguiente (fue pura casualidad nuestro encuentro) Buscamos una estatua a la que si acaricias se cumple un deseo (en obras) el Manneken Pis (preguntamos y ¡nadie sabía dónde estaba!) y al final un bar donde había cientos de cervezas distintas. Éramos tres turistas en una ruta propia de turistas.
Sebastián es una especie de doncel, en todos los sentidos. Piel blanca y fina, labios gruesos, ojos verdes grandes, pelo castaño y libre, como ciertos retratos medievales. Su guapa novia también tiene pinta de princesa de cuento. Estuvo un año en un centro de acogida para niños, en Mejico y hablaba español con soltura. Nos sentamos los dos frente a ella en un banco, con una cerveza oscura y rica, servida en una botaza de cristal por la que había que pagar una fianza. Cierto: estábamos contentos de vernos de nuevo. Hablamos mucho. Después de medianoche, claro, tenían que irse porque salía el último tranvía al apartamento de ella.
Di un paseo a solas. Encontré un edificio con una luminaria impresionante, un rascacielos multicolor y juguetón, fascinante. Cerca de casa dos moros me pidieron un cigarrillo y uno de ellos se ofreció a dormir conmigo, en español. Estaba tan agotado que le dije que no con una sonrisa.

2 Comments:
Tus relatos, tu vida, lo que sea son una¡¡¡!!!! visualización de emociones. Me alegro de recuperarte.
Gracias, mbi. Si tú supieras... intento evitar lo gris y anodino en lo que cuento, cuando mi sensación real va más en ese sentido.
¡Un abrazo!
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