28.3.06
27.3.06
AYOR

A veces, entre risas, comentamos, Israel y yo, la posibilidad de escribir un blog más sexual, teniendo en cuenta mis últimas experiencias, entre raras y extremas. Al final todo es un juego y como tal habría que tomarlo, darle la importancia que tiene (mucha, si follas poco y poca si no paras) Yo soy de los primeros (no por falta de ganas: más bien me falta arrojo, autoestima e inconsciencia) así que o recopilo experiencias anteriores o esto se queda más pelado de lo que está últimamente.
El sábado, con Asier, fui a una sauna. Miento si digo que era la primera vez (y casi lo era: no cuentan mis aventuras húngaras ni una noche en Bilbao, bien borracho, ambas de vacaciones y fuera de lugar y contexto) [Me fascina la gente que no pierde los papeles nunca. Paseando con Jordi hace unos días, cerca del mar, me comentó que en esa plaza había quedado por primera vez con un chico del chat. Yo le pregunté si se había puesto nervioso y me contestó un rotundo y cordial "no" que me dio mucha envidia: yo sería incapaz] El caso es que (de perdidos al río) me puse muy nervioso, bombeando a mi corazón toda la sangre que se negaba a bajar a mi polla. Quizá es puro y simple pudor o la asfixiante presencia del sexo o, mejor, un sentido del ridículo (decenas de chicos, hombres, paseando en chanclas, con una minitoalla a la cintura no deja de ser surrealista) justificado; más que morbo todo me daba risa o miedo. Asier, consciente de todo y en parte tan asustado como yo, le quitó hierro animando y haciendo bromas (fácil, si alguien pasa a tu lado con la toalla ondeando bajo una erección inmensa) Por lo bajo, eso sí, que la cosa era muy seria.
La verdad es que había una gente muy guapa y no es fácil estando todos desnudos y oteando. Había un chico semirruso (que resultó no serlo) y que una hora después había perdido todo el encanto y la apostura en brazos de múltiples cervezas (justo entonces echó mano bajo mi toalla y salí corriendo), hombres gordos y flacos, con más o menos pelo… Había gente maja (se notaba en sus ojos, en su forma de moverse) y no tan maja. Un grupo de gente menuda, los filipinos de La Finca de Susana o sus primos hermanos, que me daban miedo: parecían duendes lascivos que me raptarían y me violarían o algo peor (y seguro que ni me vieron). Bajaron algunos travestis de En Plan Idem, de calle (bueno, si alguien fuera por la calle en taparrabos) y que yo había conocido una noche en el Le ki. A cierta hora, cuando cerraban las discos, la gente llegó en tropel: musculocas tristes, buscando lo que habían obviado y despreciado horas antes, pandas de amigos, etc. ¡Estaba todo Madrid! [No quiero ponerme serio ni analítico, pero algo funciona mal cuando la gente acaba en un sitio así (no estoy juzgando: yo estaba allí) y no sonríe a un desconocido o charla tranquilamente en un bar, a las once de la noche…]
Conocimos, con más o menos fortuna y cada uno por su lado, a algún chico, pero no acababan de convencernos. A cierta hora estábamos más aburridos que cortados (y yo más relajado: era tan ridículo que no tenía sentido tomárselo en serio) y con ganas de irnos. Me di una última vuelta, encontré a un chico muy majo y nos encerramos en una habitación, compartimento, cabina o como se llame. Al otro lado alguien voceaba, borracho, pero nos dio igual e hicimos lo que pudimos (además de despellejarnos la cara con nuestras barbas de varios días) que no fue poco: me encantaban sus ojos brillantes de sexo, su sonrisa encantada, sus abrazos y besos tiernos.
Me despedí y en las duchas me encontré a Roberto, el chico más optimista del mundo y con la vida más triste y dura (de verdad, no como nosotros que nos quejamos de vicio) que conozco. Se alegró mucho de verme y me preguntó por el resto, desnudos bajo la misma ducha, qué situación. Actúa como travesti (éste muy low class, el pobre) en un bar y prometí que iría a verlo una noche, con Pepa y Marta. Allá iremos ¿verdad?
6.3.06
Paros
Cuando viajo solo, la parte crítica, donde me pongo muy nervioso, tiene que ver con los hoteles. Al llegar a un sitio necesito saber dónde voy a dormir, soltar mi equipaje y, ya tranquilo, darme una vuelta por los alrededores. Hay países donde, si no tienes demasiados escrúpulos, es fácil: en Bulgaria, por ejemplo, en todas las estaciones de tren (Gara) hay oficinas de turismo donde te acomodan en hoteles o casas particulares. En general, si no te importa el presupuesto (y tirando de tarjeta) siempre hay un hotel por el que puedes pagar caro la imprevisión. En Grecia, mi primer viaje a solas, después de unos días en Atenas por libre (y con ese miedo/pereza a buscar en cada destino) contraté un paquete por las islas en una agencia de viajes donde, a la vuelta, conocí a Alejandro (y con el que me ocurrieron escenas surrealistas, que contaré otro día)En Mikonos conocí a Judith y Fabiana, dos argentinas locas con las que pasé varios días isleños, un temporal tremendo y horas de charlas, buenas y malas. En Syros nos separamos, pero coincidimos de nuevo en un ferry rápido (y mareante: las olas nos llevaban como en una montaña rusa) que acabó en Paros. En el puerto un taxista nos condujo al High Mill, un hotel mastodóntico (nuevo y a medias: todavía había cables sueltos) en lo alto de una colina, que llevaban un matrimonio risueño y amable y ocupado esos días únicamente por nosotros tres. No estaba mal (el peor de los del tour) pero no estaba preparado para el mal tiempo: no había calefacción ni aire acondicionado. Lo primero que nos dicen, muy tranquilamente, es que al día siguiente no hay ferrys a ninguna parte y, sin mucho sentido, nos entra un ataque de pánico: queremos ir a Santorini, el próximo destino para los tres. Hay varios kilómetros hasta el centro (recuerdo ahora a Fabiana arrastrando sus botas de cowboy inmensas en cada ida y vuelta) pero decidimos disfrutar del momento y cenar. La noche fue tormentosa y fría, dormí vestido, bajo una manta inútil.
Al día siguiente nos apuntamos a una lista de espera de un avión que vuela a Atenas, pero que está completo. Las chicas llaman cada dos por tres a la agencia de viajes, pero es algo que escapa a su control. Compramos unos canapés salados que comemos en el hotel. De vuelta al centro nos sigue un chucho simpático, a distancia, pero que no nos abandona un momento. Buscamos un cibercafé, para escribir a nuestros amigos y mirar las previsiones meteorológicas. Está lleno de gente que se ha quedado en tierra, como nosotros, y unos chicos que de lejos parecen gays. Me acerco y, bingo, están viendo cosas de Madonna (Fabiana sólo quiere saber, ni idea de por qué, si son pareja, no deja de preguntármelo). Hablo con ellos de Madonna, no hay nada mejor que hacer, y se ofrecen para cenar con nosotros en un restaurante recomendado por el "mesero" del cíber. Es un sitio moderno, caro, de alta cocina y pedimos todos pasta (los chicos, que no se han "declarado", afirman que los italianos son muy guapos…). El vino nos saca los colores y nos vuelve locuaces: ellos gritan, ante nuestras caras de risa y asombro, que les encantan los negros musculosos con pollas grandes. Judith, por cambiar de tema, habla de ¡la caverna de Platón! y ellos se proclaman: Giorgos (moreno, superpetardo) "socialista" y Kostas (de Kostantin, rubio y tímido) "comunista" y se lían con declaraciones antiamericanas trasnochadas y borrachas. La relación entre ellos es más que curiosa, Giorgos le mete caña verbal, en inglés y griego, a Kostas, que agacha la cabeza y se deja hacer: es muy angustioso para el resto.
Llueve a mares; ya sin ellos acabamos la noche en un pub con lugareños, un poco raro. Al salir diluvia y subimos por las calles, contra corriente de riadas que nos llegan por los tobillos. Nos para un coche y ¡un japonés! más que majo que se ofrece a llevarnos al hotel (tiene un restaurante cerca; lleva 20 años en la isla). Hace un frío terrible, nadie en recepción y Judith abraza todas las llaves de habitaciones, las agarra por el chirimbolo, como de peón de ajedrez (que hay en muchos sitios: que incómodo). Corremos, borrachos y gritando, por los pasillos del hotel vacío (del Resplandor) abriendo habitaciones como locos y buscando mantas (frazadas, dicen ellas). La 115 es un poema: desastrada y sucia, parece un picadero: "Esto es un kilombo" dicen ellas (y luego le pongo ese nombre al perro). Entre prisas, gritos y carreras la llave de la 115 se rompe y la dejamos abierta (el dueño del hotel se da cuenta porque aparece con los restos de la llave en el desayuno, sin decir nada, por delante de nosotros)…
Tampoco quiero enrollarme: estuvimos dos días más en la isla, con más pena que gloria, hartos los unos de los otros, pero con buenos momentos (siempre acompañado de Kilombo, que dormía en mi terraza y me despertaba cada mañana). Me da la impresión de que a mi relato le falta gracia, un poco de fuerza (la desventaja, por otra parte, de haberlo apuntado todo y no dejar que mi cabeza seleccione lo interesante: lo emocional) Tengo ganas de viajar de nuevo, donde sea, añoro ese hormigueo en los aeropuertos…
Octavilla
Echo de menos escribir en el blog, pero no tengo tiempo o estoy cansado y/o desganado.Esta tarde, en casa lo retomo y cuento algo. Hasta entonces, transcribo lo que me acaban de dar dos pijas en la calle:
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"
Dan ganas de llamar ¿qué será?

